Los años y las horas
Como el corazón y el cerebro tienen electricidad, la ciencia ya sabrá explicar si hay diferencia cualitativa en la “energía” cuando una persona reza. Arnaldo Pérez Watt.
Luis XIV, quien manifestó su intención de gobernar como monarca absoluto de Francia, preguntó cierta vez al cardenal Melchor de Polignac qué hora era. "La hora que Su Majestad desee", fue la respuesta. Sin embargo, a pesar de tratarse del rey Sol, su poder no llegaba a tanto como para modificar la hora solar. Si se trata de horarios, cualquier presidente puede decretar su cambio. Pero si adelanta una hora por razones de política económica, luego tiene que devolverle al pueblo los 60 minutos sustraídos.En todo caso, como excepción, el presidente Hipólito Yrigoyen, sin poseer el origen divino que el rey de Francia se atribuía, hizo envejecer un cuarto de hora a los argentinos. En efecto, mediante decreto del 24 de marzo de 1920, se estableció que a las 12 de la noche se adelantase el reloj. Pero no una hora, que es juego de niños, sino 16 minutos, 48 segundos y dos décimas.La mayoría no chilló por haber perdido un cuarto de hora; y así fue como comenzamos a bailar al compás del meridiano de Greenwich (dejamos el de Córdoba, que usábamos antes por disposición del presidente Sarmiento).Luego, el presidente José Félix Uriburu decretó, en 1930, que los relojes se adelantasen los días 1º de septiembre y se atrasasen por igual tiempo el 31 de marzo. Como el general había derrocado a don Hipólito, muchos yrigoyenistas mantuvieron su reloj adelantado.De tal forma, a los que no se les había pasado la bronca hasta el fin del año, podían brindar dos veces para la llegada del nuevo. Claro que en ese caso se diluye, si no la energía, a lo mejor sí el entusiasmo colectivo. Ya en esa época, a la gente no le gustaba perder el tiempo. Hablaban de santiamén, que dura lo que dura cuando se pronuncia: "Espíritu Santo, amén", que es más largo que un tris, onomatopéyico que dura el ruidito que hace una cosa al quebrarse. Hoy se habla del "nanosegundo", que es la mil millonésima parte de un segundo. Y en el próximo 11-11-11, dentro de un siglo, esa medida resultará grande.Entonces, la multiplicación de la fantasía desordenada podrá mezclar todo en confusas abstracciones y así hacer terminar la vida del planeta. Pero también podrá ordenar todo y hacer que renazca el espíritu como baluarte permanente sobre los cambios.Aún no sabemos qué es pensar. Es muy probable que los científicos lo sepan antes de que transcurran dos 11-11-11 más. Con el avance de la neurociencia, podrá monitorearse todo el movimiento neuronal de un paciente. Se detendrá esa filmación y se leerá en la pantalla: "Aquí está el centro del recuerdo de su primer día de clases", etcétera.Como el corazón y el cerebro tienen electricidad, la ciencia ya sabrá explicar si hay diferencia cualitativa o sólo cuantitativa en la "energía", cuando una persona, un grupo de santones de la India, o en un templo religioso o en el Uritorco, un conjunto de personas decida elevar preces con un fin determinado.Quizá resulte cómico o tragicómico, en ese futuro, contemplar, al mirar hacia el pasado, a los seres que hoy, frente a los cambios, tienen que refugiarse en cábalas, en horóscopos, en cultos mágicos o en modernas pitonisas.De todos modos, siempre con optimismo podremos pensar que, como la imaginación también se proyecta hacia el futuro, no se nos podrá quitar la posibilidad de sustraernos de la tiranía de los malos recuerdos y conservaremos la facultad de saltar hacia una vivienda ideal coloreada con nuestros mejores deseos.Por eso, en las Fiestas de fin de año y en el instante del brindis del nuevo, los que están reunidos expresan sus deseos con el anhelo de la llegada de mejores tiempos.

