¿Amor es-cupido?
El amor con acento judío requiere cuidados y trabajo. No se logra con grandes fascinaciones momentáneas. Marcelo Polakoff.
¿Cuál es la diferencia entre el concepto del amor en Occidente y el concepto del amor que sostiene el judaísmo? La idea occidental está indudablemente embebida del mito de Cupido, ese angelito simpático y gordinflón que, volando con sus delicadas alas y dotado de su arco y flecha, le dispara a un hombre y a una mujer y... listo, ya están "flechados" y, por ende, enamorados.Como ven, estamos ante un concepto en última instancia facilista. Pasa o no pasa. Y no requiere trabajo alguno. No hay esfuerzo ni compromiso con el otro. Es instantáneo y, por ende, muchas veces efímero. Es como algo que no se elige y del que uno es la "víctima".Distinto es el criterio judío.Aquí no hay nada netamente instantáneo. Se requiere de trabajo. Y mucho…Si no me creen, revisen en la historia del Génesis cuánto tiempo trabajó el patriarca Iaakov (Jacob) para lograr casarse con Rajel (Raquel). Francisco de Quevedo lo describió elegantemente en los siguientes versos (aunque algunos sostienen que los tradujo del portugués original de Luis de Camoens, quien antecedió al ilustre madrileño por algunas décadas): "Siete años de pastor servía / al padre de Rajel, serrana bella, / mas no servía a él, servía a ella, / que a ella sólo en premio pretendía. // Viendo el triste pastor que con engaños / le quitan su Rajel y el bien que espera / por tiempo y por lealtad bien merecida, / volvió a servir de nuevo otros siete años / y mil sirviera más si no tuviera / para tan largo amor tan corta vida". Es ese texto –el mismo texto de la Torá– el que nos relata que Dios ubicó a Adán y a Eva, esa primera pareja mítica, en el Edén, en el Paraíso, para " leovdá uleshomrá "; precisamente, "para trabajarlo y para cuidarlo".Es por ello que el amor con acento judío requiere cuidados y trabajo. No se logra con grandes fascinaciones momentáneas, ya que el crecimiento y el compromiso del ser humano con lo más noble, se produce siempre en forma gradual y cotidiana.Lo que hace crecer el amor, lo que promueve un amor comprometido y lo que lo consolida se halla en aquello que acontece a diario.En cada pequeño gesto, en cada momento compartido, en cada saludo, en cada silencio y en cada diálogo, por más nimios que parezcan. Así, entonces, se nos revelará que es más trascendente el enamorarse cada día, que el Día de los Enamorados.Porque el cuidado amoroso tiene que ver con eso. Con descubrir la eternidad de cada instante, en lugar de esperar un instante de eternidad. Con construir ladrillo por ladrillo y disfrutar de ese proceso aunque se transpire mucho, en lugar de armarse un castillo ideal en el aire.Con descubrir que la felicidad no es un qué –allá lejano en el tiempo– sino que se trata de un cómo cotidiano.El amor es, en última instancia, ir hacia el otro sin llegar jamás, sencillamente porque en cada viaje emprendido se nos revela una faceta más de su ser, un halo maravilloso que hasta recién nos era desconocido. Paradójicamente, tal vez sea por esto que el secreto del verdadero amor no radique en mirar al otro –por más hermoso que nos resulte– sino en dejarse descubrir y ser visto, ser percibido tal cuál se es, quizá por vez primera. El amor, por cierto, también tiene mucho de divino. Será a lugar entonces recordar que nuestros cabalistas, aquellos tiernos místicos profundamente enamorados de toda la Creación, afirman que la presencia divina reside exactamente allí donde una pareja se ama.Con amores así, es claro que no hace falta Cupido.

