A mediados de 2020, Alberto Fernández concedió dos entrevistas al diario británico Financial Times. La publicación del 19 de julio fue la primera que el Presidente concedió a un medio extranjero, y en esa presentación internacional ante el mundo de las finanzas pronunció una frase que todavía hoy resuena con potencia: “No creo en los planes económicos”.
“Francamente –dijo Fernández–, no creo en los planes económicos. Creo en metas que podemos establecer nosotros mismos, para que la economía pueda funcionar para alcanzarlas”.
Era una extraña declaración para hacer en una entrevista cuyo interés central era conocer cuál sería la conducta argentina en la negociación por la deuda.
El título del artículo fue elocuente: El presidente de la Argentina les dice a los acreedores: ‘No podemos más’.

En la segunda entrevista, publicada el 25 de julio, la nota central fue ilustrada con una fotografía en la que el presidente argentino posaba junto a un cuadro que caricaturiza a su perro, Dylan, vestido como granadero. El cuadro cuelga en su oficina de la Casa Rosada.
Creo en Henry Ford
En esa segunda publicación, también con referencias que mezclaron números con religión, Fernández se esforzó por presentarse como un mandatario que, si bien no cree en los planes económicos, sí cree en un dogma mayor: el capitalismo.
Elogió a Henry Ford, el empresario fallecido hace más de 70 años, para diferenciarse de lo que llamó el capitalismo especulativo. Afirmó también que Dios lo había iluminado durante la pandemia y por eso le permitió hacer lo opuesto al mundo desarrollado. “Vimos lo que en Estados Unidos no quisieron ver y los resultados fueron muy buenos”, comparó.
Hoy, cuando sólo faltan cinco meses para que se cumplan los plazos fatales que otorgó el Club de París y que marcan los desembolsos previstos para 2022 con el Fondo Monetario, se puede apreciar la dimensión y, sobre todo, las consecuencias de aquella afirmación.
En las últimas semanas, se ha repetido el encendido de luces rojas provenientes de los países que son miembros permanentes del Club de París y que cortan las cartas en el Fondo Monetario.
En todas esas advertencias, la frase “plan económico” resalta en lo alto del semáforo. El universo parece conspirar para hacer realidad las pesadillas de la administración Fernández y le exige una conversión religiosa; le exige al Presidente que comience a creer en los planes económicos.
El presupuesto nacional para 2022, lo más parecido a un plan económico que puede mostrar el Gobierno, ni siquiera contempla pagos para el FMI.

El ultimátum más terminante lo pronunció el Gobierno de Estados Unidos a través del embajador que acaba de designar el presidente Joe Biden.
A la Argentina no le funcionan las ruedas
Ante un comité del Senado, el abogado texano Marc Stanley dijo el 26 de octubre que su gobierno apoyará las negociaciones con el FMI. Pero aclaró que antes el Gobierno argentino debe presentar un plan macroeconómico que les diga a los acreedores cuál será el rumbo que prevé tomar el país en los próximos años para pagar sus miles de millones de dólares en deuda.
Stanley usó expresiones demoledoras, casi al borde de la ofensa. Definió a la Argentina como “un hermoso autobús turístico al que las ruedas no le están funcionando correctamente”. Todos sabemos lo que le sucede a un colectivo cuando las ruedas no le funcionan de manera correcta.
El mismo Biden prefirió las imágenes turísticas para responder en el brevísimo cruce que tuvo con Fernández en el encuentro romano del G-20. “Ustedes tienen un bello país”, fueron las únicas palabras que recibió el argentino a cambio del elogio que le dedicó al norteamericano, que llevaba semanas negándose a recibirlo en un encuentro privado: “Su triunfo ha sido muy beneficioso para el mundo”.
“El problema es que es responsabilidad de los líderes argentinos elaborar un plan macroeconómico para devolver (el dinero al FMI) y aún no lo han hecho. Dicen que ya viene uno”, comentó Stanley ante los senadores de su país.
Creyente por obligación
Luego fue Héctor Torres, el exrepresentante argentino ante el FMI, quien señaló que lo que Argentina necesita con urgencia para negociar su deuda “es acordar un plan económico que evite una profundización de la actual crisis económica”, más que una discusión en torno a la sobretasa que debe pagar el país al organismo de crédito.
Hubo otras voces, hoy más marginales, como la del exministro de Economía Domingo Cavallo, quien esta semana señaló que el Gobierno se niega a presentar un plan económico que permita negociar con el FMI “porque sospecha que el mismo exigiría incluir medidas como las que provocaron el Rodrigazo”, el traumático plan de ajuste que aplicó el ministro Celestino Rodrigo en 1975.
Desde la oposición, referentes como Horacio Rodríguez Larreta también resaltaron que es “muy difícil” que Argentina arribe a un acuerdo con el FMI porque la administración de Alberto Fernández carece de plan económico. “Para conseguir mejores condiciones de plazo y de tasa, tenemos que mostrar para dónde vamos, tenemos que mostrar que si hacemos estas cosas vamos a poder crecer. Y en la medida que podamos crecer, vamos a poder pagar. Pero hay que explicarlo”, opinó en una entrevista con CNN Radio.
Todos los carteles del camino que transita el presidente Fernández tienen la misma indicación: se necesita plan económico. Nunca es tarde para empezar a creer.

