Ahora, el aborto
Lo primero que hay que conseguir es eliminar las expresiones que ubican a unos como asesinos de bebés y a otros como fanáticos religiosos. Ricardo G. Rizzi
Para estos días está previsto que se trate en comisiones de la Cámara de Diputados de la Nación el proyecto de ley que legaliza la interrupción voluntaria del embarazo.
La iniciativa, rubricada por 33 diputados de distintos bloques, contempla que "toda mujer tiene derecho a decidir la interrupción voluntaria de su embarazo durante las primeras 12 semanas del proceso gestacional". Se propone que "toda mujer tiene derecho a acceder a la realización de la práctica del aborto en los servicios del sistema de salud, en las condiciones que determina la presente ley".
El marco legal contempla desde la edad gestacional límite para su realización hasta las causas que autorizan su ejecución, pasando por los derechos y obligaciones de las mujeres y del sistema sanitario público.
Los antecedentes de este proyecto de ley son las presentaciones oportunamente realizadas por Vilma Ibarra (Nuevo Encuentro) cuando era senadora (2007) y por Florentina Gómez Miranda (Unión Cívica Radical), en 1989; Alfredo Bravo (bloquismo sanjuanino), en 1994, y Rubén Giustiniani (Partido Socialista), en 2002, todos en la Cámara de Diputados.
La controversia más intensa, tanto entre los legisladores como en la sociedad, será sin dudas la de cuándo se produce el comienzo de la vida, seguida del principio de autonomía de la mujer.
Sin consenso. La Organización Mundial de la Salud (OMS) y la Federación Internacional de Ginecología y Obstetricia (Figo) definen que el embarazo empieza con la implantación del cigoto en el cuerpo del útero. Lo justifican aduciendo que las fases anteriores del proceso reproductivo a menudo no resultan en un embarazo. Agregan que la fecundación en una cubeta de laboratorio, seguida de las primeras etapas del desarrollo del preembrión in vitro, no significa un embarazo hasta que es implantado en la mujer.
Por ello, las organizaciones definen el embarazo como "la etapa del proceso reproductivo durante la cual el cuerpo de la madre y el nuevo individuo en desarrollo se interrelacionan, es decir, durante la fase iniciada con la implantación y terminada cuando se producen un aborto o un nacimiento".
Del otro lado, la Iglesia Católica -fundamentalmente desde 1854, cuando el papa Pío IX proclamó el dogma de la Inmaculada Concepción- adhirió de manera implícita a la teoría de que la vida comienza con la concepción. Éste es un principio indiscutible para la grey católica.
Para la Iglesia Católica y también para la Constitución de la Nación Argentina promulgada en 1994, la vida comienza con la fertilización o unión del óvulo femenino y el espermatozoide masculino.
Resumiendo las posiciones, unos dicen que un huevo fertilizado es una vida humana; los otros, que un huevo fertilizado tiene potencial para convertirse en un nuevo ser, pero que eso es distinto a una vida humana real.
No caben dudas de que esta controversia tiene escasas probabilidades de terminar en consenso. Las posiciones son tan opuestas que no las pueden resolver ni la medicina ni la teología.
Autonomía de la mujer. La siguiente discusión será acerca de la autonomía de la mujer. Algunas de las consideraciones al respecto son que durante las primeras 12 semanas, el principio de decisión hace prevalecer el derecho de la mujer por sobre el del embrión y feto, etapa en que recién comienza la vida cerebral y debe quedar posibilitado el aborto para mujeres violadas, embarazos por incestos y casos de malformaciones incompatibles con la vida, reconocidas por métodos confiables.
Por su parte, los grupos contrarios a cualquier posibilidad de aborto no reconocen esa facultad privativa de la mujer ni el derecho a tomar resoluciones que hacen a su vida actual y futura, incluyendo la propiedad de su cuerpo.
Para lograr el "consenso entrecruzado", postulado por el filósofo estadounidense John Rawls, lo primero que hay que conseguir es eliminar las expresiones que ubican a unos como asesinos de bebés y a otros como fanáticos religiosos.
A partir de allí, las partes deberían reconocer que a ninguna mujer le gusta abortar, que hay abortos evitables, que no se debe utilizar el aborto como una práctica de planificación familiar, que el aborto inseguro es un problema de la salud pública por su alta tasa de morbilidad y mortalidad materna, y que es necesario reconocer la equidad de género.
Parece utópico. Puede que lo sea. Si sale una ley de aborto no punible o no es votada en forma mayoritaria, será secundario que los argentinos estemos dispuestos a debatir entre quienes no opinamos de igual manera, con altura, generosidad y grandeza y, sobre todo, que lo que de allí resulte -aborto sí o aborto no- ayude a disminuir la cantidad excesiva de muertes de mujeres jóvenes por la acción del aborto inseguro, la principal consecuencia del embarazo francamente indeseado.
*Médico, profesor titular de la Facultad de Ciencias Médicas de la UNC

