Una agenda cargada de opciones y disgustos
La Presidenta es la dueña del poder político y suele repetir que no le debe nada a nadie. Por eso es también la dueña de los silencios. Carlos Saccheto.
Bien se dice que nada es para siempre. Se acaba la euforia desbordante de un triunfo electoral que marcó récords históricos y llevó al cristinismo a su máximo nivel de adhesiones y organización política. Baja también su intensidad ese clima de religiosidad melancólica con el que el oficialismo y sus seguidores alimentaron la construcción del mito, al recordar el primer año de la inesperada muerte de Néstor Kirchner.El país comienza a mirar hacia lo que viene, que es menos emotivo y más desafiante para quienes ocupan la cima del poder.Salvo la imprecisa consigna de "profundizar el modelo", que se ha escuchado más como expresión de deseos que como resumen de medidas concretas, poco se sabe de los caminos que tomará el Gobierno en la nueva etapa.Todo indica que la Presidenta utilizará la vieja técnica de los contrapesos para intentar que su gestión no se vuelque a favor del pensamiento de un sector interno en desmedro de otro. Los secretos. Según cuenta un funcionario con despacho en la Casa Rosada, Cristina Fernández sólo ha hecho brevísimos comentarios sobre la capacidad de uno u otro para ocupar lugares en el gabinete. Pero nunca ha definido con nombre y apellido quiénes integrarán su equipo después del 10 de diciembre. Es la dueña del poder político y suele repetir que no le debe nada a nadie. Por eso es también la dueña de los silencios y, aunque, hay ansiedad entre quienes aspiran a llegar o a conservar un cargo en el Gobierno, nadie se queja.Más allá de las vanidades personales, importan algunos indicios que se comentan en las primeras líneas del cristinismo y que tienen que ver con las incógnitas sobre el futuro de algunas áreas consideradas estratégicas.Pocos dudan de que el manejo de los medios públicos y semipúblicos –ámbito en el que el Gobierno ha invertido mucho para dar lo que llama "la batalla cultural"– no quede en manos de los sectores ideológicamente más duros. Allí habrá una fuerte influencia de los grupos intelectuales que dan sustento teórico al kirchnerismo.No será confrontativa, en cambio, la relación con la Iglesia Católica. La finalización del mandato del cardenal Jorge Bergoglio al frente del Episcopado será aprovechada por Cristina para redefinir el vínculo en favor de una convivencia más armónica.Se viene el postergado debate en el Congreso por la legalización del aborto y, aunque se sabe que habrá duros cruces con la jerarquía eclesiástica, la Presidenta pretende que haya canales de comunicación más fluidos.Otro sector bajo análisis es el de las relaciones internacionales. En los pasillos del Gobierno, se dice que si bien la política exterior no sufriría cambios drásticos, Cristina querría más protagonismo de la Argentina en el mundo.La solicitud de una reunión con ella por parte del presidente de los Estados Unidos, Barack Obama, tras el abrumador triunfo electoral del domingo pasado, fue interpretada como un gesto de respeto al Gobierno, pero también es vista como la oportunidad de limpiar las desprolijidades que registra la relación diplomática.En todas esas desprolijidades, tuvo activa participación el canciller Héctor Timerman. ¿Se quedará en el Gobierno? Algunos funcionarios de alto rango aseguran que no. Un inoportuno. Más temprano que tarde, cuando no se habían terminado los festejos de la victoria ni las emociones por el aniversario fúnebre, comenzaron las tensiones. Bajo el pedido expreso de reserva de sus nombres, dos cristinistas muy próximos a la Presidenta calificaron en duros términos al titular de la CGT, Hugo Moyano.Le reprochan haber intentado marcarle la cancha a la jefa del Estado, al definir cuáles son algunas de las cosas que le falta hacer al Gobierno. "Eso no lo puede hacer ningún compañero, y menos en un acto de homenaje a Néstor", dijo uno de ellos.Dio la impresión de que la figura del camionero es cada día que pasa un bocado más intragable en la Casa Rosada.Moyano disparó la necesidad de lograr la participación de los trabajadores en las ganancias de las empresas y tuvo la inmediata y lógica respuesta de los empresarios. Una discusión que para el Gobierno es en principio inoportuna y que adelanta los tiempos imaginados por Cristina. Por eso, se interpretó como una innecesaria provocación del sector gremial.Para contrarrestar ese disgusto, cuyas consecuencias comenzarán a verse pronto, otros sectores kirchneristas celebraron el costado ideológico de la medida que obliga a mineras y petroleras a liquidar en el país las divisas que surgen de las exportaciones. "Es una señal de que no queremos privilegios para nadie", dijeron.Muchos se ilusionan ahora, bajo la necesidad de poner fin a la incontrolable fuga de capitales, con un avance oficial sobre los sectores financieros. Pero eso no coincide, por ahora, con los mensajes que el Gobierno reservadamente les envía.

