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Opinión

Debate. Los admiradores del mono acumulador de bananas

Para muchos, los escándalos Adorni, $Libra y robo de los fondos para tratamientos de discapacitados, entre otros, sólo empiezan a importar ahora porque la economía no está dando a la sociedad los resultados prometidos.

15 de mayo de 2026, 17:46
Los admiradores del mono acumulador de bananas
El presidente Javier Milei en Neura.

“Si un mono acumulase más bananas de las que puede comer mientras los otros monos mueren de hambre, los científicos se preguntarían qué demonios pasa con él. Pero cuando los humanos hacen lo mismo, salen en la portada de la revista Forbes”.

Esta es una idea que el lúcido Emir Sader repitió en varias de sus conferencias y en un memorable ensayo de los tantos que escribió el sociólogo brasileño, en los que cuestiona las nuevas corrientes puramente economicistas del liberalismo.

Habría sido interesante que Ludwig von Mises pusiera bajo la lupa de la praxeología la codicia que atraviesa todas las fronteras de lo razonable y lo útil. También que explicara por qué muchos discípulos suyos que crecieron en la clase media, como Javier Milei, sienten tanta admiración desclasada por aquellos cuya acumulación de riqueza empequeñece y debilita al sector social del cual provienen.

Otra pregunta inquietante es por qué la sociedad argentina se indigna con la corrupción, la mediocridad, el extremismo y la arbitrariedad de sus líderes sólo cuando la economía no genera crecimiento ni expectativas, sino restricciones y angustia social.

Vínculos y tensiones

La respuesta está en la dimensión cultural de la política: cuando la cultura democrática es vigorosa, el éxito de un gobierno en lo económico no les otorga impunidad a sus corrupciones y miserias humanas. Pero, en sociedades donde predomina la cultura autoritaria, el gobernante puede ser impresentable, vulgar, arbitrario y grotesco si la economía funciona bien.

Para muchos, los escándalos Adorni, $Libra y robo de los fondos para tratamientos de discapacitados, entre otros, sólo empiezan a importar ahora porque la economía no está dando a la sociedad los resultados prometidos.

Las industrias y los comercios cierran, los sistemas de salud y educación se deterioran y los salarios se desbarrancan, mientras los impuestos siguen asfixiando a las pymes, a profesionales y a monotributistas de todos los rubros, cuando poderosas empresas mineras gozan de exenciones y pueden poner en peligro glaciares y otros recursos naturales.

Quienes en lugar de exigir transparencia, educación y tolerancia se callan mientras la política económica en marcha genera expectativas tienen la mente formateada en culturas autoritarias.

Si fueran cultural y moralmente liberal-demócratas, aunque acuerden con el rumbo económico y obtengan beneficios, reaccionarían contra lo repudiable aun cuando todavía hay expectativas positivas.

Al Presidente le habría sido útil que alguien en su entorno personal y entre sus seguidores le dijera lo que es evidente y quizá pudo haber corregido: debe dejar de actuar como un personaje grotesco, violento y vulgar.

Su histrionismo es impresentable y su medianía lo fanatiza con líderes controversiales, como Donald Trump y Benjamin Netanyahu. Peor aún, confunde sus enamoramientos ideológicos personales con alianzas entre estados.

“Tengo alianzas estratégicas con Estados Unidos y con Israel”, afirma erróneamente. Cree que Estados Unidos es Trump y que Israel es Netanyahu. Pero no lo son. Por el contrario, el extremismo de ambos es cada vez más cuestionado en la potencia occidental y en el país de Oriente Medio, además de abrumadoramente criticado en el mundo.

Actuar como un fan de Trump va dejando en solitario a Milei. Cada vez son menos los líderes que lo elogian públicamente, incluida la ultraderecha europea. Al mismo tiempo, Trump mantiene cumbres amigables con líderes como Lula Da Silva y Xi Jinping, dos “comunistas” con los que el presidente argentino descartaba la posibilidad de tener trato. Ahora, el que hace acuerdo con ellos y los elogia es el jefe de la Casa Blanca.

La cuestión cultural

La inflación sigue, la economía y el consumo languidecen, la angustia social crece y todos los días aparece una nueva prueba de que también continúa la corrupción.

El gobierno de Milei muestra indigencia moral y cultural. Igual que sus antecesores, promueve “periodismo militante” y mantiene a legiones de sicarios que intentan censurar la crítica insultando y denostando a los críticos.

La pregunta es si toda esa oscuridad importaría si en el escenario económico hubiera lo que no hay: señales de éxito y prosperidad.

Si en Argentina predominara una cultura liberal-demócrata, se rechazaría una retórica presidencial y oficialista que promueve la codicia además del odio social y político. No importaría si la macroeconomía crece y la gente siente sus beneficios en el bolsillo.

Importaría que la corrupción, el sectarismo, la violencia retórica y una política exterior manejada con desconocimiento y en primera persona no son aceptables como rasgos de un mandatario, de sus funcionarios y de sus seguidores fanáticos.

Cuando la cultura liberal-demócrata rige con el vigor con que hizo grandes, libres y prósperas a las democracias noroccidentales, las sociedades rechazan la vulgaridad, la corrupción y la arbitrariedad aunque la economía dé buenos resultados.

También rechazan a quienes se comportan como el mono acumulador de bananas, aunque aparezcan en la portada de la revista Forbes.

Periodista y politólogo