Abajo las armas
La exhibición y el uso de armas de fuego durante los actos de vandalismo en Córdoba revelan un alarmante estado de anomia que debe ser afrontado por toda la sociedad.
Algunas escenas registradas a lo largo del caos iniciado el martes en Córdoba parecen retrotraernos a un escenario decimonónico, aquel de poblaciones enteras atrincheradas a la espera del malón. Pero lo que en un momento de la historia puede ser entendido en el contexto de un país en vías de organización, bien entrado el siglo 21 se vive como una cachetada a la razón. Las imágenes de ciudadanos armados, montando barricadas y disparando al aire –en el mejor de los casos– hablan de una sociedad que se plantea resolver por la fuerza lo que otros no componen ni previenen. El ejercicio de una lógica tan certera como perversa: si quienes están obligados no atienden mis demandas –parece razonarse–, debo proceder por mi cuenta y con los medios que se encuentren a mi alcance. Y las guerras civiles, huelga recordarlo, se nutren de tales flaquezas cívicas.No se trata de cuestionar el derecho de cada uno a la legítima y proporcional autodefensa, apartado específico del Código Penal que todos deberíamos repasar con la mayor atención. Ni del derecho a adquirir y tener armas dentro de la ley, aunque en este aspecto el marco legal argentino es uno de los más rigurosos que se conocen. Pero algo está desdichadamente quebrado en una sociedad en la que muchos se arman para defenderse de sus vecinos.No deben de ser pocos los factores que precipitan las cosas en esa dirección, como por ejemplo la creciente desconfianza de la población respecto de la eficacia, el rigor y la dedicación de quienes portan armas y uniformes para ejercer el monopolio de la fuerza que el Estado les ha encomendado.Quien empuña un arma, llevado por una comprensible decepción, ingresa de este modo en el peligroso juego de la retaliación, ese concepto que dominó los años de la Guerra Fría e implicaba para cada acción una reacción aun más dura. O, como lo reseñaban paradójicamente los analistas militares: al diseño de un blindaje más eficiente siempre habrá de contraponerse un misil más poderoso, y así hasta el infinito.De la violencia, en suma, siempre se sabe cómo empieza pero todos ignoran cómo termina.Urge que las aguas vuelvan a su cauce, pero sobre todo que la sociedad deje de asistir al espectáculo desvergonzado de la impunidad ajena ejercida en todas sus formas, dar la lucha frontal contra la anomia que nos lleva a aceptar lo extraordinario como normal. Y que las armas –legales– de cada uno estén seguras y a buen recaudo, para su estricto uso deportivo.Si aceptamos que todos los diques caigan y que cada uno está por las suyas, ya no habrá sociedad posible. Habremos ingresado en ese territorio que bien podría definirse parafraseando a Heinrich Heine: "Se comienza quemando libros y se termina quemando personas".

