La triste campaña de los aspirantes a llanero solitario
Si la planta municipal hubiera aumentado al mismo ritmo que la población, el municipio habría tenido el año pasado unos 220 millones de pesos en recursos propios para inversiones. Adrián Simioni.
Los días tienen la mala costumbre de ir pasando. Y, aunque estamos recién en febrero, para las elecciones provinciales y municipales faltan apenas, como máximo, siete meses. Todo depende de lo que definan el gobernador Juan Schiaretti y el intendente Daniel Giacomino. Y todo indica que, otra vez, seremos espectadores de una campaña sin debates que vayan al hueso, sino apenas de una competencia por enumerar objetivos muy bonitos que no incluyen el menor atisbo sobre cómo serán cumplidos. Lamentablemente, Córdoba necesita mucho más que eso por parte de sus candidatos y organizaciones políticas, después de décadas de crisis cíclicas y de barrer bajo la alfombra los problemas que las causan. La falta de soluciones de fondo a esas situaciones prueba que ningún poder ejecutivo –municipal o provincial– tuvo nunca suficiente inteligencia, poder o voluntad para resolverlos. Y, por ende, da la impresión, sólo con acuerdos muy básicos entre las principales fuerzas se podrá encararlos. Hay dos ejemplos ya clásicos que han asfixiado a un gobierno tras otro. Y sobre los que, en campaña, no se habla. Para qué elegir intendente. Como en cada fin de mandato, el Sindicato de Obreros y Empleados Municipales (Suoem) reclama el pase a planta de contratados y facturaros que cada intendente va dejando como capa geológica en la administración. Esta vez, son entre 1.700 y 1.800 puestos. En la última década –sin contar los empleados de las estatales Tamse y Crese– el plantel municipal creció 29 por ciento, mientras la población de la ciudad aumentó sólo 3,5 por ciento. Y nadie percibe que ese crecimiento se haya traducido en más y mejores servicios. Al contrario. Es un círculo vicioso que viene de lejos y que perfeccionó Luis Juez, que tiene el récord en esto de darle en concesión la ciudad al Suoem a cambio de no afrontar costos políticos. Durante su mandato el personal creció más que nunca: alrededor de 50 por ciento contra 29 por ciento del promedio de la década, contando las jubilaciones anticipadas que rápidamente volvió a cubrir (en enero de 2004 la planta era de 7.152 y luego hubo unos 3.600 nombramientos).Cuanto más empleados son, más poder tiene el gremio municipal y menos dinero tiene la ciudad para poner a trabajar a ese plantel. Le faltan máquinas, herramientas, obras, proyectos. Si la proporción de empleados por habitante se hubiera mantenido constante en la década, sólo en 2010 el municipio hubiera podido invertir, como mínimo, 220 millones de pesos de recursos propios. Es un montón: en todo 2010 la Municipalidad compró bienes de capital por apenas 18 millones de pesos; la constructora que edifica la nueva sede del Concejo Deliberante lo hace a cambio de recibir un terreno que se valuó en unos 48 millones de pesos.La consecuente pobreza franciscana de los servicios municipales y la decadencia de la ciudad van licuando sin remedio el poder político de los intendentes ante vecinos desilusionados. En este círculo vicioso, los intendentes se van transformando en corderitos cada vez más indefensos ante el Suoem.La incorporación de personal obedece, según quienes han pasado por allí, a que sin "tropa propia" no hay cómo hacer que el municipio funcione, por la sencilla razón de que no hay ni un marco legal ni poder suficiente para lograr que el conjunto de los 10 mil empleados municipales sean productivos, más allá de las obvias excepciones.¿Cómo retomar el control político de la sociedad sobre el municipio, para que deje de ser, de hecho, propiedad del gremio? Esa es la gran cuestión que deberían acordar los candidatos. Romper el círculo vicioso requiere sí o sí de algo más que un llanero solitario.El intendente que quiera encarar por ahí necesita que la oposición no lo cascote con demagogias. Esa actitud facilista rinde mucho para desgastar a quien está sentado en el Palacio 6 de Julio y para ganarle la próxima elección. Pero ojo: también refuerza el círculo vicioso y garantiza que la misma picadora de carne procesará al siguiente intendente. Nos jubilemos todos. En la Provincia, la espada de Damocles de la que nadie quiere hablar es la Caja de Jubilaciones, diseñada para que la Provincia quiebre cada vez que quiere pagarles a sus ex empleados como dice la ley. En estos años zafamos porque José Manuel de la Sota y Schiaretti se las amañaron para arrancarle al Gobierno nacional multimillonarios recursos para solventar el déficit. Pero hay dos objeciones. Una es discutible, y es que esos dineros podrían tener mucho mejor destino. La otra es indiscutible: en 2012 vence el acuerdo con la Nación.El futuro gobernador puede fantasear hoy, si quiere, con otras veleidades. Pero el día después de asumir tendrá que viajar a Buenos Aires a rogar que no le quiten el salvavidas. Del resultado de esa gestión dependerá que su administración llegue al final con mínima estabilidad financiera, que disponga de mínimos recursos para hacer algo y que la deuda provincial no vuelva a dispararse, como ya ha sucedido tantas veces, para disimular el déficit estructural de la Caja.Curioso. Schiaretti ha tenido la honestidad de avisarles a sus posibles sucesores, varias veces, que no les deja un lecho de rosas; que la última reforma previsional, cuyos costos políticos pagó él solo con los legisladores peronistas, no basta para despejar el horizonte por varios años. La última vez que les propuso buscar una solución conjunta fue en la apertura de sesiones de la Legislatura, hace dos semanas.Los opositores acusan a Schiaretti y a De la Sota, con algo de razón, de haber restituido el pago del 82 por ciento que había decretado Ramón Bautista Mestre –otro llanero solitario– y de haber elevado el déficit con la jubilación anticipada. Pero saben que el 82 por ciento fue ordenado por la Corte Suprema y que las anticipadas ya están absorbidas por el sistema: quien se jubiló antes de tiempo hace unos años a esta altura ya se hubiera jubilado en forma ordinaria. La acusación les sirve para esquivar el bulto. Pero no les servirá para gobernar, si les toca.El próximo gobernador, como el próximo intendente, necesitará que los opositores –los que tienen chances de ser gobierno alguna vez– no le tiren a matar en caso de que decida cortar el nudo gordiano. Si no, en el mejor de los casos, los próximos gobiernos languidecerán, alimentando un sistema basado en la deglución de débiles llaneros solitarios.

