Sin excusas
Con semejante arsenal, el kirchnerismo debería ir pensando en dejar de lado la paranoia que muchas veces enarboló para justificarse. Ya no hay otro poder mayor al suyo. Adrián Simioni.
El abrumador respaldo que acaba de obtener Cristina Fernández en las urnas encierra innumerables consecuencias y oportunidades. Por empezar, para el Gobierno nacional implica una cuota de poder con pocos antecedentes y en un contexto macroeconómico muy favorable. Incluso si la crisis internacional impactara en la Argentina –cosa que hasta ahora no ha sucedido–, ese golpe será al parecer inferior en términos relativos al que está recibiendo la mayor parte de las naciones del globo. Todas las llaves. El Gobierno tendrá el control del Senado y, si en octubre se repite la votación del último domingo, contará con 125 diputados propios (le faltarán apenas cuatro legisladores para el quórum propio). Además, frente a la Rosada, ya hay una oposición debilitada y dispersa. Y las provincias son más dependientes que nunca de los recursos nacionales.Por último, el Gobierno nacional ejerce un control discrecional del 30 por ciento del producto interno bruto (a eso equivale el presupuesto nacional). Y comerciantes e industriales están yendo a comer más que nunca de la mano de los funcionarios, que determinan si pueden importar o exportar, si les renuevan o les aumentan su protección, si les autorizan o no un aumento de tarifas y precios.Con semejante arsenal, el kirchnerismo debería ir pensando en dejar de lado la paranoia que muchas veces enarboló para justificarse. No hay otro poder mayor al suyo. Ya tiene lo que quería.Y lo tiene con el aval de más del 50 por ciento de los votos, obtenidos en comicios cuyo trámite –si no se cuenta el uso de la multimillonaria publicidad estatal como propaganda partidaria– nadie ha cuestionado, porque fueron incuestionables.Eso sí, el Gobierno tendrá poco espacio para las excusas. Debería aprovechar esta circunstancia, por ejemplo, para emprolijar aspectos inexplicables de la gestión, que no pueden defender ni los kirchneristas informados más convencidos. Algunos ejemplos: La discrecionalidad en la remisión de fondos presupuestarios es sólo un aspecto, demasiado notorio en Córdoba y en otras jurisdicciones. Las contrataciones sin licitación de organizaciones transformadas en organismos paraestatales, con fondos que pertenecen a otras jurisdicciones, quedaron expuestas con el escándalo de Sueños Compartidos y los enfrentamientos con cuatro muertos en Jujuy. La evidente inequidad en los sistemas de subsidios de energía y transporte, que define a ciudadanos de primera y de cuarta en todo el país, ya es añeja. Si la presidenta Cristina Fernández tiene ante sí la posibilidad de ser magnánima –privilegio que pocos gobernantes llegan a conocer–, para las múltiples oposiciones políticas la única buena noticia es que pueden aprovechar la debacle para empezar desde cero.Algunos opositores podrían dejar de centrar su existencia en el pronóstico de cataclismos; otros, como los socialistas y los radicales, podrían reconocer, con todas las letras, que tienen el mismo programa ideológico y político que el kirchnerismo y que sólo creen que podrían ejecutarlo con más prolijidad democrática y republicana; por último, otros opositores, como los del PRO y tal vez algunos peronistas disidentes, deberían dejar de bailar o de cultivar el mutismo para blanquear, también con todas las letras, qué harían ellos. Deberían tener la valentía de defender esas posiciones, en tiempos que no son propicios para hacerlo.Para todos ellos, también deberían terminarse las excusas.

