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La silueta de lo que está por venir

La urgencia de un nuevo rumbo económico será la resultante más evidente, pero no la única. Otra de las consecuencias será la necesidad de redefinir los términos del federalismo fiscal.

08 de julio de 2013 a las 02:00 p. m.
La silueta de lo que está por venir

Cuando pasado mañana un personaje oscuro del gabinete que maneja la economía argentina ingrese a los tribunales, imputado por abuso de autoridad, sumará una duda nueva a certezas ya existentes.

Lo incierto para Guillermo Moreno será el rumbo que adopte el juez que lo investiga, Claudio Bonadío. Lo indudable, el fracaso de la política de mentira y garrote que aplicó durante años para controlar la inflación.

El billete de máxima denominación que admite el Estado argentino para su moneda es el de 100 pesos. Su devaluación oficial en un año, frente al dólar, alcanzará este mes el 20 por ciento.

En la mesa de los argentinos, esa amargura se está
percibiendo en el más básico de los productos: el pan. En el bolsillo de los trabajadores comprendidos en negociaciones paritarias, la pérdida de valor, sumada a la inédita presión impositiva dispuesta 
sobre el salario, se lleva casi todo lo obtenido como aumento tras arduas negociaciones. En las empresas, torna inviable cualquier inversión 
proyectada para márgenes 
racionales de rentabilidad.

El ritmo de caída de las
reservas de divisas del Banco Central es el más preocupante en toda una década, pero las autoridades prevén intensificar la emisión sin respaldo
para apuntalar el consumo en los meses previos a las elecciones. Ninguna de las medidas restrictivas para el tipo de cambio ha dado los resultados esperados y una incipiente 
rebelión en tres de las cuatro jurisdicciones más importantes despierta dudas sobre el éxito del blanqueo de capitales dispuesto con exención de multas y amnistía de delitos para evasores de impuestos y lavadores de dinero.

Voces respetadas en el estudio de los comportamientos económicos reconocen, no 
obstante, que por el momento no sería imprescindible un ajuste macroeconómico 
traumático por efecto de una crisis de la cuenta corriente o un estrangulamiento de vencimientos de deuda.

Con el mismo énfasis, advierten que si se quiere evitar ese abismo, ya no hay margen para que el Gobierno siga 
eludiendo su responsabilidad de gastar mejor y el sector privado la de incrementar sus 
inversiones.

Con ese desafío entre 
manos, Argentina se dirige hacia una elección que definirá el contorno de lo que está por venir. Los sondeos de
opinión realizados por consultoras que acertaron con sus 
estimaciones en los dos últimos comicios generales registran hoy una fotografía en la que el oficialismo no se impondría en ninguno de los principales distritos del país.

En caso de que las urnas confirmen el cálculo, el 
Gobierno deberá obviamente trasladar al desván de los 
herrumbres los sueños de 
perpetuación, pero esto no
implicaría por sí mismo la
solución a aquellos laberintos de una economía en deterioro.

Si, como dicen los expertos en ingeniería electoral, los ciudadanos votan menos por lo que tienen que por aquello que les falta, el oficialismo
está en problemas y se avecina una hora de definiciones para quienes se han distanciado de ese eje o nunca estuvieron próximos a él.

La urgencia de un nuevo rumbo económico será la resultante más evidente, pero no la única. Otra de las consecuencias que ya se pueden prever
será la necesidad de redefinir los términos del federalismo fiscal y su impacto en la organización del sistema político.

Como nunca antes, la sucesión del poder mayor –aquel que reside en Balcarce 50–
estará condicionada por el desempeño de nuevos actores políticos ajenos a la liga de 
gobernadores que, por iniciativa o veto, pergeñó los tinos y desatinos de la crisis de 
principios de siglo.

Que el principal candidato que desafía a Cristina Fernández sea el intendente de Tigre no es sino una previsible paradoja.

Fue la Presidenta la que enarboló las banderas de la 
intransigencia federal en los debates de la última reforma constitucional.

"Si mañana salimos de esta Convención Constituyente con una definición de federalismo light –advertía Cristina en su discurso del 4 de agosto de 1994–, no le vamos a poder echar la culpa a nadie, ni a (Carlos) Menem ni a (Domingo) Cavallo, porque no son convencionales constituyentes. Los que sí somos convencionales constituyentes somos nosotros".

La década kirchnerista, sin embargo, fue la más centralista desde la restauración democrática. Su fundador conocía desde adentro el poder de 
bloqueo de esa entente de 
gobernadores que desconoció todo acuerdo político hasta el interinato de Eduardo Duhalde. Ya consolidado en el 
Gobierno, Néstor Kirchner 
hizo del puente hacia las intendencias la ruta de rigor en la relación con las provincias.

Podrá argüirse que Sergio Massa es sólo un alcalde que compite en la rumbosa Buenos Aires. Es un pretexto placebo: si algo no oculta Massa, es su ambición presidencial.