Un secreto que sólo guardan los genocidas
En ninguno de los juicios se ha logrado obtener de boca de los represores dos cuestiones cruciales: un gesto de arrepentimiento y la verdad sobre el destino final de los desaparecidos. Carlos Paillet.
En todos los juicios que se han ventilado en el país por delitos de lesa humanidad perpetrados por la dictadura militar, han salido a la luz aspectos sustanciales de esas aberraciones. Se constató quiénes fueron los jerarcas de tanta barbarie y cómo operaban los grupos de tareas en las decenas de centros clandestinos de detención de personas que operaron en todo el país. Sin embargo, en ninguno de esos procesos judiciales se ha logrado obtener de boca de los represores dos cuestiones cruciales: un gesto de arrepentimiento y la verdad sobre el destino final de miles de víctimas que continúan en condición de desaparecidas. La profusa información aportada hasta ahora obedece, en la mayoría de los casos, a los testimonios de sobrevivientes de esas cuevas clandestinas. O por acciones imprevistas, similares a la ocurrida el miércoles, cuando un grupo de obreros de la construcción halló restos humanos en las inmediaciones de lo que fue la cárcel militar de Campo la Ribera. Pero hay que ser cautos: las pericias determinarán si esos restos pertenecen o no a desaparecidos durante aquellos años de plomo. Al promediar en Córdoba uno de los juicios que terminaron con la condena a prisión perpetua de Luciano Benjamín Menéndez, una mujer, madre de un joven desaparecido, se paró frente al lote de procesados, entre ellos el degradado ex jefe del Tercer Cuerpo de Ejército, y les imploró que dijeran dónde está su hijo. Silencio brutal. Nuevos juicios aguardan la recreación de testimonios con nuevos y repetidos acusados. Pero el mérito de la recuperación de la verdad, como el hallazgo de tumbas comunes, jamás será en función del sinceramiento de los represores. El Equipo Argentino de Antropología Forense realiza una tarea encomiable de exploración, en el marco de las investigaciones judiciales. Así fue posible descubrir una fosa con decenas de cadáveres en el Cementerio San Vicente, un foco crítico en materia de enterramientos clandestinos desde antes del golpe militar del 24 de marzo de 1976.

