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Se vive con la esperanza de llegar a ser un recuerdo

Pretendió camuflar ese objetivo bajo un discurso de perestroika. Así le fue. Un fracaso, que sus seguidores podrían releer en las estratagemas de manual del viejo Schopenhauer: “De este modo los malos abogados pierden una buena causa. Pretenden defenderla con una ley inadecuada”.

24 de junio de 2013 a las 02:20 p. m.
Se vive con la esperanza de llegar a ser un recuerdo

No tenía nada armado. No estaba cabalgando en los palcos iracundos para distraer la atención de los adversarios, mientras preparaba en las sombras el jaque sorpresivo y genial.

La conducción estratégica del kirchnerismo ingresó en la recta final de las elecciones de medio término poniéndole sello y firma a una coalición desflecada cuya debilidad pocos hubiesen conjeturado hace menos de dos años, cuando obtuvo más de la mitad de las voluntades del país.

En el presente estado de opinión pública, el mejor candidato que tenía la Presidenta para el distrito más numeroso se cortó solo. Y aunque la Casa Rosada contuvo al más parecido, bien se puede presumir que, al retenerlo, le ocasionó un daño terminal.

Sergio Massa es intendente en ese corredor de abundancias argentinas que comienza en Palermo y termina en el Delta. Su primera definición fue adversa al canon de la reelección.

Daniel Scioli, pudo haber sido candidato a la Presidencia de la Nación en la noche del 27 de octubre. Prefirió esperar. O claudicar. Las urnas resolverán el verbo.

En los grandes distritos del país, la primera novedad tras el cierre de las listas fue un contraste: las primarias serán utilizadas por buena parte de los opositores al Gobierno para dirimir sus diferencias. En el oficialismo, en cambio, el umbral del 11 de agosto no pudo ser superado sin fracturas.

En el diseño electoral de su autosucesión, Cristina llegó a esta encrucijada porque la única categoría en la que pensaba ganar de manera uniforme en todo el país no se votará. Era el cuerpo de la boleta destinado al Consejo de la Magistratura. Pretendió camuflar ese objetivo bajo un discurso de perestroika tronando en las barbas de los jueces.

Así le fue. Un fracaso, que sus seguidores podrían releer en las estratagemas de manual del viejo Schopenhauer: “De este modo los malos abogados pierden una buena causa. Pretenden defenderla con una ley inadecuada”.

Doctrina de la omnipotencia. No para aquellos cálculos electorales sino para la reforma de la Magistratura, fue el mismo argumento que utilizó la Corte Suprema.

Los historiadores deberán visitar los considerandos de un fallo sin precedentes desde 1983. Será inútil buscar en documentos cannábicos como los de La Cámpora, agrupación señera del clima de época: es en los votos de aquellos jueces y en las expresiones de la Presidenta donde se condensa buena parte del pensamiento que ha marcado el actual ciclo político.

El voto mayoritario de la Corte recordó cuál es, de los múltiples posibles, el concepto de soberanía popular que admite y proclama la Constitución Nacional. En el sistema democrático, se integra con el reconocimiento del pueblo, como último titular del poder político. Pero para cumplir con ese objetivo, adopta un régimen legal.

“Y no es posible que bajo la invocación de la defensa de la voluntad popular, pueda propugnarse el desconocimiento del orden jurídico, puesto que nada contraría más los intereses del pueblo que la propia transgresión constitucional”. Señaló algo más grave: “La doctrina de la omnipotencia legislativa que se pretende fundar en una presunta voluntad de la mayoría del pueblo es insostenible dentro de un sistema de gobierno cuya esencia es la limitación de los poderes de los distintos órganos y la supremacía de la Constitución”.

El único juez que votó en contra, Raúl Zaffaroni, recordó que había anticipado este cuello de botella como convencional constituyente: “No vale invocar en vano a Montesquieu, olvidando que fue el primer gran sociólogo del Derecho. Es factible incluso que se trate de un nuevo error político, pero no todo error político es una inconstitucionalidad manifiesta”, dijo.

Zaffaroni parece convencido del daño institucional que provocaría la ley objetada. Pero, actuando aun como constituyente y no todavía como el juez que es, se conforma con que recuerden que lo advirtió. Obra –como Cristina– según el aforismo de Porchia: se vive con la esperanza de llegar a ser un recuerdo. Su voto, no obstante, aporta algo significativo.

Por primera vez, el pensamiento oficialista admite sin escándalo una cita cercana a la República del Weimar. Menciona a Gustav Radbruch, ministro de Justicia de aquel régimen que sucumbió ante el autoritarismo. Fue contemporáneo de Hans Kelsen y Carl Schmitt.

Cuando el primero reclamaba para un tribunal superior el control de constitucionalidad y el segundo reservaba para un líder la síntesis de la voluntad popular y el rol de guardián de la constitución, Radbruch dijo: “La ley es como un navío que el legislador despide desde el muelle y al que ya no puede controlar”. Así votó Zaffaroni, en el puerto donde embarcó la ira presidencial.