La sartén por el mango y el mango también
“No es impensable que lo que esté madurando en la Argentina sea la emergencia de un nuevo liderazgo populista antiinstitucional y dudosamente democrático”, escribieron en junio de 2002.
Es demasiado lo que está en juego en el expediente que se apresta a resolver en las próximas horas la jueza María Servini de Cubría. En decenas de juzgados del país garúan finito las impugnaciones a la reforma judicial que el oficialismo nacional consiguió aprobar en el Congreso, pese a las advertencias sobre la inconstitucionalidad de su decisión.
La voluntad de la Casa Rosada de estirar los plazos de su apelación mientras corre el cronograma electoral ha transformado esos recursos en materia de competencia contra el tiempo. Por su parte, la Corte Suprema de Justicia dejó trascender que se ocuparía sin demoras si alguna vez la controversia llega a sus manos, por vía de apelación o de salto de instancia. Pero también ha hecho saber que, dada la convocatoria electoral en curso, estimaría mejor la legitimación invocada por partidos políticos antes que por asociaciones o colegios profesionales.
La elección cuestionada por ser contraria a la Constitución es la de jueces partisanos para el Consejo de la Magistratura. Una compulsa de distrito único en la que fiscaliza Servini de Cubría. ¿Por qué la incertidumbre sobre su decisión ha dado lugar a versiones insistentes sobre la suspensión de las primarias abiertas, simultáneas y sobre todo obligatorias, donde los partidos deben elegir a sus candidatos para octubre?
La respuesta es sombría. Porque con esa incógnita prohijada por el partido que ejerce el poder administrador, se ha empujado a todo el sistema político al punto de controvertir el derecho de los partidos a elegir con transparencia sus postulantes al Congreso de la Nación. En las próximas 48 horas vence el plazo para que los partidos inscriban sus alianzas, pero el kirchnerismo ha jugado, forzando los tiempos, para que no se sepa con claridad qué se elige en octubre. De modo que el fallo de la jueza expondrá, como un buen diagnóstico por imagen, el retroceso del sistema político cuyo juramento democrático cumplirá en diciembre 30 años. Cómodamente recostado sobre su prorrata mayoritaria en esa decadencia, el actual oficialismo puede especular no sólo con la identidad de sus candidatos sino con la fecha y modo de los comicios y aún más, el contenido de la norma por la cual se los convoca. En mejor romance: tiene la sartén por el mango, y el mango también.
Pero como entre las leyes cuestionadas no se encuentran las pronunciadas por Murphy, las cosas todavía pueden ir peor: que a 22 días del cierre de listas el partido de gobierno carezca de una candidatura principal en la provincia de Buenos Aires, el mayor distrito del país, no necesariamente sería el resultado de aquella especulación del oficialismo. Estaría más cerca de la resignación y el desorden que de la cautela y el cálculo. Así entrará esta vez al cuarto oscuro el sistema de partidos. Puede presuponerse que no saldrá mejor de ahí.
Hace 11 años, cinco intelectuales firmaron juntos un manifiesto que conviene ser revisado: Alejandro Bonvecchi, Hernán Charosky, Edgardo Mocca, Marcos Novaro y Vicente Palermo describieron entonces el sistema político en el ocaso de la convertibilidad y la impugnación generalizada que campeaba bajo la consigna “que se vayan todos”.
“No es impensable que lo que esté madurando en la Argentina sea la emergencia de un nuevo liderazgo populista antiinstitucional y dudosamente democrático”, escribieron en junio de 2002. Una continuación de la antipolítica por otros medios, bajo la forma de una nueva ilusión, montada alrededor de una promesa de reparación y de grandeza. Luego vino Néstor Kirchner, cuya recomposición del poder presidencial persuadió a alguno de ellos de que esa amenaza había desaparecido y convenció a otros de que permanecía vigente. A más de una década, continúa el mismo dilema: cómo hacer compatible la construcción de liderazgos eficientes en condiciones de crisis con el ejercicio normativo del poder. Una recurrencia fatídica.

