¿Qué hay de nuevo, viejo?
Sólo que esta vez, en los campamentos de aquella hegemonía, mientras no se reconozca la profundidad de la crisis, resultará insuficiente apelar nuevamente al pasado. Edgardo Moreno.
Se atribuye a Borges un sarcasmo desgranado a propósito de un filósofo argentino: "Es un presocrático. Tiene todo el pasado por delante".
La huida de escena de la intelectualidad oficial luego de los previsibles desafíos que la calle comenzó a plantearle a la tercera gestión del kirchnerismo podría encontrar allí una explicación inicial. Habiendo anclado el centro de los problemas y -especialmente- de las soluciones argentinas, en un punto lejano e ilusorio de la prehistoria; aunque camine con tenaz resolución hacia adelante, abre a cada paso mayores interrogantes sobre su capacidad de interpretar y asistir a las realidades del presente.
Sus voceros más sofisticados han dado paso, en los últimos días, a la muy sintética argumentación de Federico Luppi y a la enésima zalamería de Diego Maradona. Otro salto de calidad.
Pueden advertirse señales claras que desde el interior del pensamiento kirchnerista exhiben divergencias de una profundidad acorde a la magnitud de la caída experimentada por el prestigio del Gobierno en 2012.
Aquellos que ante la masividad de la demanda social aconsejaban tomar nota del interrogante y que frente a los tumultos de fin de año sugerían reflexionar sobre las insondables determinaciones políticas de un sector claramente excluido del progreso social, han retraído sus opiniones.
Saqueadores y compatriotas
Nadie es saqueador, advirtió, sólo por escasos días, una de esas vertientes ideológicas. "Está el concepto de pueblo de por medio, con su franja más desfavorecida, atropellada por desmoralizadas formas de vida y contradictorios pensamientos. Es preciso refinar el diálogo no asistencialista con esos compatriotas", escribía en Navidad el director de la Biblioteca Nacional.
Poco después, la Presidenta alimentó una interpretación exactamente opuesta, cuando reveló un manual de saqueos y acciones de desestabilización que ella y su partido habían convalidado en el pasado y que ahora, supuestamente, habría comenzado a incomodarle.
Esta línea bajada por la jefatura del oficialismo es la que reiteró ayer Horacio Verbitsky, al sostener que la prueba de que los saqueos de fin de año no tuvieron origen en necesidades sociales insatisfechas es que no se repitieron. Un razonamiento digno de María Antonieta.
Más propenso a ubicarse como el niño de arcabuces en la toma de la Bastilla, Ricardo Forster cerró el año con un protocolo de refutación a Beatriz Sarlo cuyo dispositivo central es la victimización del kirchnerismo, presuntamente atacado por la enjundia del progresismo y de la derecha, en un mismo y único extravío. Maldades que intentan subsumir al oficialismo de ratos en Robespierre y de a ratos en Carl Schmitt, al sólo efecto de alentar la destitución de una nueva tiranía.
En esos esfuerzos estaba cuando el Gobierno, a través de Guillermo Moreno, vino susurrarle que el esfuerzo, ahora, es ir acotando las paritarias.
Porque los números del Indec han conseguido, al cabo y sin la ayuda del FMI, el destino final de los engaños: la irrelevancia. Nadie se baja del piso del 25%, ni los sindicatos domesticados. Y el socio Ignacio De Mendiguren -como antes Hugo Moyano- ya está recordando que, después de la primavera camporista, sucedió en la historia Celestino Rodrigo.
Archipiélago Goulash
También la política opositora estará siendo interpelada por esta aceleración de los tiempos sociales. Si la estrategia inicial era postergar las discusiones de unidad hasta que cada uno demuestre en octubre cuánto del voto disconforme es capaz de captar con eficiencia; el escenario de descontrol de la inflación, combinado con la retracción de la actividad económica, esta cambiando las cosas.
Aquellos que gestionan provincias y municipios, están afrontando el costo de ser remarcadores de precios en servicios e impuestos y pronto también de ceñidores del salario en las paritarias del sector público.
Los que no administran, en tanto, podrán ensayar las más diversas variaciones discursivas, pero ahora comienzan a ser interrogados sobre su receta inconfesada para evitar el hervor del guiso.
Eludir una respuesta a eso, devolverá la mirada al desconcierto del oficialismo. Se trata del mismo círculo vicioso que, por debilidad de la propuesta alternativa, se resolvió con enormes distorsiones sistémicas en la última elección de presidente.
Sólo que esta vez, en los campamentos de aquella antigua hegemonía, mientras no se reconozca la profundidad de la crisis; resultará insuficiente apelar nuevamente al pasado, asomar el sombrero en una catacumba vietnamita y con la mejor sonrisa clase turista, escribir en la cuenta de Twitter: What´s up, doc?

