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Política y poder, en los días de Francisco

No se le puede negar a Bergoglio que hizo la diligencia. A poco de asumir, le dijo a la Presidenta que rumbeara para el lado del documento redactado por los obispos latinoamericanos en Aparecida, lugar que visitará pasado mañana.

22 de julio de 2013 a las 02:00 p. m.
Política y poder, en los días de Francisco

Aquí nomás, en el amplio vecindario, asomará en estos días la voz del argentino con más prestigio en el mundo.

Cuando el papa nacido en el barrio porteño de Flores aparezca al abrigo del Cristo redentor de Río de Janeiro, la revolución silenciosa que implicó su elección para el escenario político argentino comenzará a delinearse con palabras y gestos tan cercanos a las realidades sociales del continente, que será imposible desvincularlos de efectos inminentes y mediatos.

Aunque hable en idiomas ajenos y camine a miles de kilómetros de Luján, de Salta o de Itatí, su acento propio será reconocido y la cercanía constituirá un efecto inevitable.

Miles y miles de argentinos, más jóvenes que la actual dirigencia del país político, recordarán, en la Argentina y por el resto de sus vidas, lo que habrán de vivir desde hoy en Brasil.

Otros millones recibirán ese mensaje. La controversia sobre sus alcances, sus límites y, sobre todo, sus consecuencias dominará por un tiempo –en el presente, incierto– el debate político e ideológico en las mesas de discusión donde late y vive el país real.

No parece haberse preparado el poder en la Argentina para ponerle el cuerpo a ese desafío que excede las tendencias de coyuntura. Atravesados sus tiempos por una campaña electoral en la que acaso se defina un fin de ciclo, la mirada al impacto social del fenómeno Francisco todavía no supera para la política doméstica la fruslería de alguna que otra foto de protocolo en la plaza de San Pedro. Curioso descuido.

Es cierto que a la popularidad de Bergoglio todavía le aguarda la conquista del Vaticano cotidiano y sombrío, bajo amenaza de innúmeras conspiraciones. Pero es indiscutible, en cambio, que ya es propietario de unánime respeto en la Argentina, el país donde la dirigencia de cabotaje rinde examen cada día y en las urnas.

Desorientados. A la cabeza de esas inadvertencias, la Presidenta de la Nación asistirá a la visita del Papa cuando Francisco ya pronuncie las palabras de despedida.

Antes, sólo preparó el cuadro con una carta para el ridículo. De regreso, Roma le advirtió con paciencia que, en tránsito de morir, al final morimos todos. Aunque de todos modos le recordó afectuosamente que el mate es un buen digestivo.

Un golpe de dados no abolirá el azar: cuando Francisco aterrice en Río, Cristina estará defendiendo en el Senado a un militar cuestionado por su rol durante la dictadura con los argumentos exactamente inversos a los que utilizó para atacar a Bergoglio, cuando las vísceras le aconsejaron a la jefa del Estado aquel error. El que será indudablemente más recordado por la historia universal, si algún día se detiene en el repaso de su larga y sinuosa trayectoria política.

Esa defensa del militar criticado no apuntará tampoco a la grave novedad que el general César Milani introdujo al asumir poniendo al Ejército al servicio de una fracción política.

Tan fuerte fue la definición político-partidaria de Milani que, llevada al extremo, podría haber ofrecido refugio en cuarteles de invierno al prófugo Ricardo Jaime, si así lo requiriera el proyecto político al que ofreció la hora de su espada.

Tal vez el lujoso exfuncionario, confiado en la democratización de la Justicia, hubiese rechazado la carestía del rancho. Pero el general sumaba para hoy un mérito barato, bien que por la vía de Enrique Mosconi los caminos se están cerrando.

Horizonte. No se le puede negar a Bergoglio que hizo la diligencia. A poco de asumir, le dijo a la Presidenta que rumbeara para el lado del documento redactado por los obispos latinoamericanos en Aparecida, el lugar que visitará pasado mañana.

Cristina, para quien hoy flamean las banderas raídas de un progresismo agotado, hubiese encontrado allí nuevas claves del proceso ideológico más actual.

Durante décadas, América latina ensayó sin éxito variantes de teorías sociales en boga. De la doctrina de Prebisch, al Consenso de Washington. De la teoría de la dependencia, al populismo laclausiano. A su hora, cada una se enancó en coyunturas internacionales, que mientras fueron favorables, nutrieron sucesivos fanatismos. El último, tras una década de abundancias inéditas, ya parece en agonía: uno de cada cuatro argentinos no sobreviviría sin ayuda social y mucho más de la mitad objeta la deriva oficial hacia la intolerancia.

El temprano apoyo de Leonardo Boff a Francisco, la transición de Joseph Ratzinger a Gerhard Müller en la congregación del santo oficio, ¿están preludiando un tiempo doctrinal nuevo en la organización religiosa más extendida de occidente?

Buena pregunta para Gustavo Gutiérrez Merino, el teólogo peruano que, en reconocimiento de su tarea intelectual, recibirá esta semana en Córdoba un doctorado universitario por causa de honor.