Poder, el verbo más difícil de conjugar dentro del municipio
Dentro de la Municipalidad de Córdoba, ni el poder político ni el poder institucional garantizan lo fundamental para una gestión, que es el poder hacer. Ramón Mestre, ante su verdadero desafío. Virginia Guevara.
Ramón Mestre tiene el poder que le dieron los votos. Tiene el poder político que le brinda un bloque de concejales que hasta ahora no mostró fisuras y siempre confirmó su mayoría automática, y tiene el poder institucional que le permitió subir los impuestos y también escrachar a los vecinos morosos. Pero dentro de la Municipalidad de Córdoba, casi nada de todo eso se traduce en el poder fundamental de un intendente, que ya no es sustantivo sino verbo: poder hacer. La historia se repitió tantas veces que hasta podría prescindirse del nombre o la tendencia política del intendente de turno. Germán Kammerath llegó a no poder encender luminarias flamantes por los sabotajes a los tableros y en ocasiones no pudo siquiera llegar a su despacho en el municipio. Por la oposición de médicos que veían en ese sistema una forma de control sobre su trabajo, Luis Juez no pudo implementar el Plan Nacer, programa nacional de asistencia materno-infantil, que años después Daniel Giacomino logró instrumentar y hoy continúa.A su turno, el antecesor de Mestre no pudo aplicar un plan de tránsito diseñado en conjunto con la Universidad Tecnológica Nacional para contener el caos vehicular, que desde entonces no hizo más que agravarse. Las medidas de control no se aplicaron por la oposición de los mismos inspectores que hoy están de paro, aunque ahora porque los actuales funcionarios analizan la posibilidad de que los ciudadanos puedan dar aviso a través de fotografías de algunas de las infinitas faltas de tránsito que se suceden sin que nadie las evite, las registre ni las sancione. Los inspectores nunca lograron explicar en qué puede afectarlos esa posibilidad, que ni siquiera forma parte aún de un proyecto oficial, pero por las dudas dejaron de cumplir su función de manera total. Si Mestre logra descontarles las horas no trabajadas –como dice que hará–, tal vez pueda patentarlo como un hecho inédito en el municipio.El paro de los empleados de la Secretaría de Cultura también pretende impedir la creación del Instituto Municipal de Cultura, proyecto que se analiza en el Concejo. La denuncia de un "intento de privatización" parece eximir al gremio de explicar por qué una fundación que articule políticas culturales y busque financiamiento junto al enorme mosaico de actores culturales de la ciudad podría ser nociva para el medio millar de empleados del área, que no trabaja desde hace varios días. Y esas son las batallas que trascienden. Desde hace muchos años, dentro del municipio el "poder hacer" se define expediente a expediente –hay centenares paralizados–, en las pulseadas cotidianas entre cada director y cada delegado y en la tregua siempre momentánea, que por lo general se transa por horas extras. Todo eso casi siempre es previo al "ponerse a hacer" y por lo general causa espanto en todo funcionario municipal recién asumido. Lo más sorprendente de todo, gestión tras gestión, es lo rápido que esos mismos funcionarios suelen asumir ese trastorno y ese desgaste como algo inherente al cargo. La gestión de Ramón Mestre se encuentra en ese momento fatal en que la lógica gremial del Suoem suele imponerse a las plataformas electorales, a los presupuestos y, muchas veces, al más elemental sentido común.La pulseada recién comienza y sin dudas será ardua. Lo que se define es mucho más que un aumento de sueldos y dos proyectos en carpeta: es el lugar de cada uno dentro del municipio, incluidos los vecinos.

