La patria es el otro; el Estado soy yo
La firmeza del reclamo social y la obcecación del Gobierno chocan como vectores opuestos para conformar un bloqueo del sistema político. Edgardo Moreno.
La multitudinaria concentración de ciudadanos indignados con la Presidenta ha dejado de ser un dato irregular y sorpresivo del sistema político. Cinco meses después de su última autoconvocatoria, el movimiento regresó a las calles con mayor contundencia y esta vez apuntó sin disimulos a la defección ética del Gobierno.
El jueves pasado ha demostrado, además, la cualidad de la persistencia. La novedad es que el rechazo a Cristina ha resuelto ser terco y medio.
Nunca, desde 1983, un presidente ha sido señalado de este masivo modo por la inmoralidad de su gobierno. El derrape de Carlos Menem hacia la corrupción fue bien castigado en las urnas. La objeción a Fernando de la Rúa tuvo otros componentes más relevantes, y antes que multitud fue tragedia.
A la Presidenta se la vio sola frente al desafío, en un aislamiento en el que se ha subsumido por propia voluntad. Su equipo de gobierno ya es un elenco de circo pobre, en desgaste irreparable para asistirla. Ese equipo hace tiempo que ha olvidado la virtud de la construcción política. Al obedecer la orden de clausurar el diálogo, renunció también a la persuasión de lo distinto.
En los requerimientos al Congreso, puede observarse cómo utiliza la Casa Rosada su resto de iniciativa política.
La reforma de la Justicia quedó expuesta negro sobre blanco: un dispositivo destinado a debilitar los dos límites que le cuesta franquear al poder administrador: la Corte Suprema y la ciudadanía.
A la primera, anhela vaciarla de poder quitándole autonomía administrativa e imponiéndole por encima un tribunal de partisanos. A la segunda, ha resuelto despojarla por ley de las garantías de amparo que le resguarda la Constitución.
La Presidenta ha sincerado que la reforma de la Justicia es, en realidad, una venganza porque los tribunales le objetaron una ley mal hecha. La ley de medios ha sido declarada inconstitucional en sus groserías más evidentes. Como la de negar, por ejemplo, que la tevé por cable en la Argentina compite con las antenas de televisión satelital. Pero de esa inconsistencia legal no son culpables los jueces. Cristina padeció ese error el 7-D y camina con obcecación hacia el pasado, con la ilusión de reinventar lo ya ocurrido.
Su equipo de gobierno, en cambio, ha visto en la reforma judicial una oportunidad valiosa para obtener seguridad jurídica. Luego de una década en el poder, sólo una Justicia domesticada puede canonizar rápidamente el nuevo modelo de negocios que estableció el kirchnerismo, convirtiéndolo en cosa juzgada.
Para confirmarlo, más interesante que convocar a Horacio Verbitsky podría resultar la consulta a Lázaro Báez. Siempre en el ámbito del bloque oficialista.
Otro remanente de capital político invierte el oficialismo en despechar las movilizaciones masivas. Cuando los ideólogos dicen que el Gobierno debe asumir como un fenómeno meteorológico que un vasto sector de la sociedad no coincide con sus propósitos, también están notificando a los indignados que el ninguneo desde el poder será el estado natural de las cosas. Equivale a decir de manera solemne que la patria es el otro, mientras se aborda al Estado como un botín de mayorías.
La firmeza del reclamo social y la obcecación del Gobierno chocan como vectores opuestos para conformar un bloqueo del sistema político. Acaso el oficialismo presuma beneficios en esa disputa de resultado inerte.
El juego trabado también incluye a la oposición. Algunos referentes han comenzado a aparecer por las concentraciones masivas. Su temor al espacio público podría diluirse si decidieran marchar exhibiendo la unidad que la sensatez recomienda cuando el desafío es sistémico.
Pero esa articulación presupone saltar el cerco de las pulsiones burocráticas de los aparatos partidarios, que verían amenazada la proliferación de listas propias.
El sectarismo y la fragmentación, corresponde decirlo, suelen proveer un rédito marginal a las minorías y son su aporte más significativo al dilema de suma cero. El país, que no nació para ser dos, les continúa reclamando a unos y a otros el respeto y la unidad de los distintos.

