La política, primero
Estilo frontal Cuando los votos de 2005 le dieron el respaldo, tomó a su cargo todas las riendas del gobierno. Alejandro Mareco.
De un modo u otro, a los argentinos varias veces nos quitaron de la política. Y fueron otros argentinos, claro. Pasó con los golpes militares que en el siglo 20 derrocaron a los máximos movimientos populares para instaurar la dictadura de la fuerza, al servicio de las minorías con poder económico. Pasó con el fraude electoral de la década de 1930; pasó de un modo arrasador y sangriento en 1976.
Pero hubo formas más sutiles de desalojarnos de la política. Por ejemplo, al final de la década de 1980: atrás había quedado la primavera radical de 1983-1985 cuando Alfonsín, acorralado por la deuda externa, debió recurrir a tecnócratas en economía, hasta terminar devorado por el abismo de una crisis hiperinflacionaria. Decepcionaba la impotencia de la política frente a los que jugaban con los dados marcados de la economía, de aquí adentro y de afuera también: por la inmensa deuda contraída por la dictadura, el Fondo Monetario Internacional se arrogaba potestades para intervenir en nuestra política económica.
Sobre ese país agobiado de crisis y decepción, y que aún arrastraba la pesadumbre por la reciente Guerra de Malvinas y su derrota, Carlos Menem encendió la ilusión de las masas. Pero en un caso de estafa política que difícilmente recuerde democracia alguna, ganó con un discurso y, puesto a gobernar, hizo las cosas en la dirección contraria. Logró que muchos de los más acérrimos enemigos del peronismo, en la mayoría de los casos conservadores que defendían intereses minoritarios, lo miraran con una sonrisa y hasta le proveyeran funcionarios, sobre todo de liquidadores de las empresas nacionales.
El verano del consumo en cuotas pareció confirmar que, al fin, el rumbo del país estaba mejor en manos de los economistas neoliberales, preferentemente reconocidos en los templos de la ley del mercado, como Domingo Cavallo Cavallo, que había sido funcionario de la dictadura, fue el gran símbolo del poder de los economistas sobre los políticos. Pese a ser la figura central de la política del menemismo, el gobierno radical de Fernando de la Rúa lo llamó de urgencia a asumir como súper ministro e intentar recomponer las cosas con sus cartas de buenas relaciones internacionales. Todos sabemos cómo terminó esa historia. Fue el gran derrumbe: violencia en las calles, corralito, millones de desocupados, 60 por ciento de habitantes por debajo del límite de la pobreza.
Eduardo Duhalde consiguió sostener el país como para llamar a elecciones y en 2003, con un puñado de votos, emergió Néstor Kirchner. La decisión de Menem de no presentarse al balotaje tuvo el efecto de dejar aún más en evidencia el módico poder del ex gobernador de la provincia menos habitada del país, Santa Cruz.
El poder de la política. Pero lejos de sentirse acorralado, Kirchner creía en el poder de la política y, a la vez, en su capacidad de construir poder. Dos años después, tras imponerse con claridad en las elecciones legislativas, echó de su gabinete al ministro de Economía Roberto Lavagna. Para muchos observadores condicionados al concepto instalado de que sólo un economista de prestigio podía conducir al país, fue todo un desatino. Pero el significado estaba claro: la política volvía a tomar las riendas del país, incluido su rumbo económico.
En esas condiciones, Kirchner fue capaz de decirle no al Alca, en la cara del mismísimo “justiciero” mundial, George W. Bush, durante la cumbre realizada en Mar del Plata. Y ése “no” fue justo el sí que esperaba Sudamérica para dar un salto hacia su propia estima y empezar a pensarse como una unidad en términos de convivencia y de relaciones con el resto del mundo. Así llegamos a la Unasur –Kirchner era el secretario general–, una alternativa que se ha demostrado capaz de afrontar los desafíos de la región. El santacruceño quedará también en la memoria como uno de los impulsores de la unidad regional.
Para más, la decisión de pagar la deuda al FMI, cuestionable en su momento, tenía como objetivo mayor independencia económica. Esto queda muy claro hoy, cuando el FMI (para aliviar la crisis en Europa) sale a recomendar a los países emergentes que achiquen el gasto, otra vez.
Que se diga de él que fue un hombre controvertido, o que eligió siempre el camino de la confrontación, no necesariamente tiene una mala lectura. Los elogios de los poderes internos o externos se consiguen fácilmente cuando se es condescendiente con ellos y no cuando se los enfrenta.
Se le cuestionó y se le cuestionarán muchas cosas (ayer, incluso hubo quienes festejaron). Por lo pronto, Kirchner devolvió la política al centro de la escena. La política es el único instrumento que tienen los pueblos para forjar su destino.

