La muerte lo encontró en El Calafate, el pueblo en el que a veces se distendía
Uno de los principales destinos turísticos del país se conmovió ayer con el fallecimiento de Kirchner, quien descansaba habitualmente en ese lugar.
Murió Kirchner. La noticia estalló como lo estaba haciendo ante nuestros asombrados ojos un enorme trozo de hielo que se desprendió del glaciar Perito Moreno para sumergirse en las aguas del lago Argentino. Era una mañana soleada y sin viento que se convirtió, con el correr de las horas, en un día de 18 grados, de esos que Kirchner se ufanaba en traer cada vez que venía a El Calafate.Al principio no lo creímos porque provino de un comentario dicho al pasar por una turista chilena, pero enseguida la radio del auto nos lo confirmó y cambió nuestra rutina turística que incluía la excursión en barco por 50 pesos y un paseo extra a orillas del lago Roca.Durante la hora que duró el viaje de retorno a El Calafate (unos 80 kilómetros de bellísimos paisajes) nos enteramos de todos los detalles gracias a la transmisión de LU23 Radio Lago Argentino.Kirchner había sido ingresado al Hospital Distrital José Formenti a las 8 de la mañana aquejado de un infarto masivo que tornó infructuosos los esfuerzos médicos que se resignaron a su muerte a las 9.15."Murió en su tierra", diría luego el gobernador de Santa Cruz, Daniel Peralta, a modo de consuelo. Pero el dolor de los vecinos era amplificado por la transmisión radial con testimonios desgarrados de habitantes que, en forma invariable, se quebraban y terminaban llorando."Yo era muy chica cuando murió Perón, pero ahora me está pasando lo mismo", dijo una oyente. "Se fue nuestro conductor, una de las personas más respetadas aquí, porque hizo de todo para que la Patagonia dejara de ser el patio trasero de la patria", expresó otro.La misma idea del gobernador fue retomada también por el padre "Lito" en la misa que, a las 20, puso fin a la desorientación del pueblo calafateo que buscó durante todo el día un lugar común para elaborar el duelo. La gente que vive en El Calafate, mezclada con la multitud de turistas, en especial extranjeros, se distinguía con nitidez por su actitud cabizbaja, su mirada perdida y su conversación en voz baja.Claudia Roldán, concejala por el Frente para la Victoria, apenas podía contener las lágrimas parada frente al edificio de la Municipalidad en la omnipresente avenida del Libertador que, uno adivina, debió ser la única arteria céntrica antes de que este lugar se convirtiera en uno de los destinos turísticos más promocionados del país."Todavía no podemos reaccionar –decía–. Él era nuestro conductor, nuestro líder, todos nacimos a la política con él. No lo podemos creer y el dolor es el único sentimiento que tenemos. Es como perder a un padre o a un hermano".También sostuvo: "Era nuestro vecino, es algo que no tiene nada que ver con el hecho de que fue presidente, de que Cristina Fernández es su esposa. Él caminaba por este lugar como cualquier vecino sin que nadie lo moleste". Caminante. De ese tenor fueron casi todos los testimonios recogidos al azar entre quienes deambulaban por las calles del pueblo. Jorge Muñoz, jefe de mantenimiento y de choferes del hospital donde murió el ex presidente, esperaba en los alrededores de la parroquia Santa Teresita del Niño Jesús: "La gente se está congregando porque espera poder darle, en algún momento, el último adiós". El velatorio era íntimo, en la casa que compartía con su esposa en el momento de la descompostura. "Era un hombre que caminaba por acá –dice Viviana Hidalgo–, recorría el pueblo, era un vecino más. En esa casa (y la señala), nosotros tomábamos mate y él se acercaba a tomar mate con nosotros"."Era normal verlos caminar por acá con Cristina. No les gustaba la custodia, querían estar con la gente y la mantenían, pero alejada. Ellos son muy queridos y muy respetados en esta localidad", refuerza Marta.Mientras tanto, la familia Kirchner preservaba su dolor con un cerco policial conformado por la Policía de la Provincia de Santa Cruz, la Policía Federal y la custodia presidencial en torno a la casa de dos plantas y amplios ventanales, rodeada de álamos y sauces, a resguardo de miradas indiscretas. La residencia Los Sauces está a unas cinco cuadras del centro, a orillas de la Bahía Redonda del lago Argentino y cerca de la laguna Nimez, reserva ecológica municipal. El pueblo de El Calafate esperaba que desde allí llegara algún mensaje que los sacara de su desorientación.Pero todo lo que llegaba desde la residencia imploraba respeto por la intimidad de la Presidenta y por su dolor y el de su familia.Con ese pedido inició su arenga el cura párroco Carlos Horacio Álvarez, a quien todos conocen aquí como el padre "Lito", ante unas mil personas que participaron de una misa singular al aire libre que concluyó con un cerrado aplauso en homenaje a "Lupin".Aquí no le decían "Pingüino" a Néstor Kirchner porque todos son pingüinos. "Lupin" era el apodo cariñoso que lo distinguía como un vecino que los abandonó por sorpresa, en un día brillante y muriéndose en el hospital del pueblo.Como cualquier vecino.

