Fue como una réplica del Cordobazo
Uriburu era un hombre de extrema derecha sin respaldo en la población, que fracasó cuando buscó apoyo de intendentes y otros sectores del interior provincial. Juan Carlos Toledo.
El Viborazo está inscripto en la memoria de Córdoba como el segundo Cordobazo y al igual que el movimiento de Mayo de 1969, hizo temblar las estructuras del Gobierno nacional de facto, provocando la inmediata caída de su delegado en Córdoba, José Camilo Uriburu, mal denominado gobernador de la Provincia. El Viborazo puso fin a sus ansias de cortar la cabeza de la víbora de la "subversión marxista" que anidaba en Córdoba. Charlando con los periodistas que entonces cubríamos Casa de Gobierno, Uriburu consideraba que la cabeza de esa víbora maldita estaba en el barrio Clínicas; pero advertía además que su "peligrosa cola" se paseaba por la zona industrial de barrio Ferreira, donde era creciente el activismo de Sitrac-Sitram, gremios clasistas que habían logrado eliminar la burócrata representación de la Unión Obrera Metalúrgica (UOM) en las plantas de Fiat y Materfer.Uriburu descreía de "las buenas intenciones" y de las legítimas reivindicaciones de los movimientos gremiales y estudiantiles de Córdoba, insistiendo en que sólo se trataba de "elementos subversivos". Quizás porque su innegable adhesión a la extrema derecha lo hacía afirmar que todos los obreros y estudiantes eran "zurdos", alimentando con ello el rechazo de gran parte de la población.Esa ceguera lo llevó a Uriburu a la derrota y en los escasos días que estuvo al frente del Gobierno no logró el mínimo consenso de la sociedad; ni aun cuando movilizó a la ciudad de Córdoba a varios intendentes y fuerzas vivas del interior provincial con la promesa de instalarles en sus pueblos un casino. En caravana, los jefes municipales llegaron a Córdoba vitoreando el nombre de Uriburu y el agradecimiento por su acción en beneficio del turismo; pero cuando recibieron la información de la imposibilidad de autorizar las salas de juego se volvieron en silencio a sus pueblos, mascullando bronca por la frustración. Esa concentración fue otra parodia de este delegado del gobierno nacional en Córdoba que se creía dueño de un mandato divino y esperaba que Dios (como ferviente católico, padre de 14 hijos) le concediera el orgullo de cortar la cabeza de la víbora de la subversión marxista. Eso no ocurrió y otra vez la unión de obreros y estudiantes hizo tronar el escarmiento. Como en el Cordobazo de 1969, esos grupos en lucha fueron acompañados por vastos sectores de la sociedad que se sumaron a las barricadas y cortes de calle, que se extendieron por los estratégicos sectores industriales y barriales de la por entonces indomable capital cordobesa.

