El fantasma en la máquina
El modelo no ha sido otra cosa que una transposición simbólica elemental y falsa: consumir es producir. Pero funcionó como una máquina electoral aceitada mientras deglutía la renta exportadora. Edgardo Moreno.
Un recuerdo conocido merodea en las vacaciones, dormitadas con un solo ojo, de la Argentina política.
El clima social con el cual cerró sus ventanillas en el 2012 no fue el mejor. Una amplia irritación le demostró su herrumbre al oficialismo y a la oposición, hasta la última campanada del año. Ningún sondeo de opinión pública dejó de registrar una caída de las expectativas sociales por el futuro inmediato del país, y el descontento con la representación política.
Como el Gobierno nacional venía de un triunfo electoral contundente, el descenso fue allí más perceptible. Porque, además, nunca se privó de proveer el disparador oportuno para que el sarpullido fuese también urticaria. Cada vez que intentó forzar un cambio de imagen, la reacción fue más negativa.
No obstante, a diferencia de un proceso similar ocurrido en 2009, esta vez no emergieron figuras expectables por fuera de la coalición oficialista.
A los tropiezos, entonces, todos comenzaron el año electoral con los votantes estacionados en el balcón del escepticismo. La aclaración no huelga: las urnas del 2013 no definirán un nuevo presidente sino la renovación del Parlamento, cuya composición actual tampoco permite aspirar a grandes cambios, si lo que se espera es un número de congresistas que habiliten una reforma constitucional.
De allí que la cantidad de bancas obtenidas pueda ser menos relevante que el porcentaje de votos conseguidos en la primera legitimación electoral del Gobierno.
Esa cifra, que encierra la totalidad del triunfo y del fracaso, se establece en la provincia de Buenos Aires, y se termina de configurar en los grandes distritos restantes.
Los que hacen alquimia con las encuestas aseguran que si en ese conglomerado bonaerense el oficialismo obtiene la mayoría de las preferencias, aunque la cantidad de bancas conseguidas en el Congreso sea una suma menor, el kirchnerismo podría intentar plebiscitar la autosucesión de Cristina: la reforma constitucional con mandato indefinido para el Presidente.
En cambio, si consigue entre el 40 y 50 por ciento de los votos, buscaría arbitrar la transición hacia un sucesor condicionado. Con el 30 por ciento que a la fecha le aseguran los estudios de opinión pública, el camino oficial sería uno más bien desconocido: el de la retirada y la concesión.
Como cualquiera de estos objetivos requiere de la unidad de la oferta electoral del oficialismo, los nombres de Daniel Scioli y Sergio Massa cotizan más que una novia esquiva.
En los cálculos previos, la elección de medio término tenía dos diseños posibles.
Si el eje político promovido por el kirchnerismo era la continuidad del liderazgo, la posibilidad de un nuevo mandato de la Presidenta (aun con el albur del mecanismo institucional que lo permita) la oposición encontraría unidad para su discurso, aunque vaya multiplicada en diferentes ofertas electorales.
Si, por el contrario, la iniciativa oficial era plebiscitar el modelo de gestión política y económica, las expresiones opositoras se fragmentarían no sólo en las boletas sino también en la propuesta. A estos efectos electorales, el modelo no ha sido otra cosa que una transposición simbólica tan elemental como falsa: consumir es producir. Pero ha funcionado como una máquina aceitada que, mientras deglutió la renta agroexportadora en un contexto internacional favorable, le tributó su hora más gloriosa al elenco gobernante.
Puede advertirse que aquellas dos opciones son mencionadas en tiempo pasado. Lo son, antes de nacer, porque el fantasma de la inflación sin control ha venido a enturbiar esos engranajes. El nuevo eje discursivo que la realidad le ha impuesto, a oficialistas y opositores, es el destino de la economía. Con una imprevisión que sólo podrían explicar los psicólogos, la Casa Rosada no cuenta con un libreto preparado para este conflicto, tan vastamente anunciado. Tampoco lo muestra, si lo tiene, la oposición.
Nada más parecido al alfonsinismo tardío que el último discurso de la Presidenta, en el que alentó a los consumidores a cortarle el rostro a los remarcadores seriales. Peor aún: Cristina recomienda a los ciudadanos controlar la inflación que, para su Gobierno, no existe.
Quien alguna vez fuera su vicepresidente, Julio Cobos, comenta ahora que quien lo sucedió en el cargo prepara su antigua imprenta para lanzar una nueva moneda.
Hay una joven generación de argentinos que no sabe que esa detonación de la unidad de valor es posible. Todas las otras se agarran la cabeza.

