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Están tocándole el hombro al sueño de hegemonía

Nadie le pide que abjure de sus convicciones, sino que gobierne también para quienes no las comparten. Es la brecha que distingue a un líder de partido de un presidente de la Nación. Edgardo Moreno.

09 de noviembre de 2012 a las 12:01 a. m.
Están tocándole el hombro al sueño de hegemonía
Demanda transparente. Unos 40 mil cordobeses les fueron a decir a las autoridades nacionales que rechazan sus políticas (La Voz / Sergio Cejas).

Mientras los últimos manifestantes emprenden el regreso y una primera, mezquina, brisa viene a aliviar la noche de Córdoba, la resonancia política de la protesta recién dispara la primera onda expansiva. Una concentración maciza ha señalado que no desespera de su país.Como el 13 de septiembre pasado, ahora con mayor contundencia, la multitud ha dicho que existe un proceso político que soslaya, actuando u omitiendo, a buena parte de sus representados. Ha dejado con transparencia esa demanda, en cada foro vacío que colmó. De nada sirvieron las descargas asestadas desde el poder. La agresión discursiva, la presión, el adjetivo. Tampoco las vacilaciones de los que, según el voto, trabajan como opositores en la construcción de una alternativa.Sin exclusión, no hay queja. Alguien ha venido a decir que su país también le pertenece. Que las opiniones diversassobre el curso del Estado y adversas al pensamiento oficial no son condición habilitante para que nadie se arrogue el derecho a expropiar ciudadanía.¿Por qué no habrían de sentirse excluidos losindignados de ayer si el Gobierno de su país les dice que pertenecen a otro; si se los aliena de a miles empujándolos a la frontera de un territorio oscuro, patria de los desleales a la Nación y al pueblo? El trayecto ideológico del Gobierno prefiere remachar esa expulsión. En su lógica medular, hay una operación transitiva: la Nación es lo mismo que elEstado, el Estado es patrimonio de la mayoría electoral y el contenido político de la mayoría es sólo la voluntad de quien la conduce.Tan férrea es esa secuencia reduccionista que, en su angustia de ayer, la señora Kirchner exhibía con sus dichos el brete en que se ha metido. Nadie le pide que abjure de sus convicciones, sino que gobierne también para quienes no las comparten. Es la brecha que distingue a un líder de partido, de un presidente de la Nación.La Constitución abreva en esta visión más amplia. Emergió de las cenizas de una guerra civil. Si ese contrato social no hubiese existido, la Nación argentina sería hoy una abstracción irrealizada o el mero recuerdo de una buena intención.Por eso, aunque oficialistas y opositores se devanen los sesos intentando descubrir el algoritmo de la protesta de ayer, la conclusión es clara y vasta: ese contrato no puede alterarse a partir de unaexclusión. Si el oficialismo desobedece la Constitución, se inhibe para reclamar obediencia. En otros términos: si la Presidenta cesara en su inocultable intento de reformar la Constitución para autosucederse, podría ver el Gobierno cómo esa válvula descomprime la presión. Porque la simple expectativa de dirimir las diversidades con el mecanismo de mandatos limitados que prevé la ley vigente habilita una discusión menos tensa sobre las políticas públicas en conflicto, como las referidas a inflación o inseguridad.Se objetará que si Cristina abdicara esa expectativa, su acumulación de poder se desgranaría. Pero es un simple y supuesto problema individual. Ni siquiera comprende a la coalición electoral de 2011. Los vecinos Lula y Dilma, lo pueden testimoniar.Más de un centenar de parlamentarios opositores ya entrevieron que su mejor esfuerzo es dejar claro ese límite. ¿Por qué, entonces, los indignados no apartan todavía a la oposición del pliego de sus enojos? Tarde y detrás no son atributos que califiquen en la disputa del poder.