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Eran alquilados, no comprados

El Obelisco lleno una vez; vacío 12 días después. Adrián Simioni.

21 de noviembre de 2012 a las 12:01 a. m.
Redacción La Voz
Eran alquilados, no comprados

El Obelisco lleno una vez; vacío 12 días después. El gobierno de Cristina Fernández ya no puede negar que dejó de ser dueño exclusivo de 
la calle. Una de las vigas maestras de tanta autosuficiencia cristinista –digna de mejores resultados– se cayó. Y hay que tragar el aceite de ricino aplicado en estos nueve años a todos los demás.

¿Se acuerdan de cuando Néstor Kirchner ordenaba bloquear a Shell? Ayer, Luis D'Elía había trasmutado de bloqueador paraestatal a bloguero oficialista. Se desgañitaba en la virtualidad de las redes sociales para decir que el paro era "un fra­caso total".

(Al margen: los que nunca se salvan del ricino son siempre los mismos. Ayer hubo amenazas, vidrios rotos y otro tipo de coacciones sobre trabajadores y empresas).

Pero sería un error creer que la sociedad civil se dispone a imponer sus reglas al Gobierno. No hay nada homogéneo entre la clase media movilizada y los aparatos sindicales. Ni siquiera lo hay hacia adentro de los grupos sociales que hicieron el 8-N o de las organizaciones que ayer produjeron el 20-N.

Lo que hay son agregados circunstanciales de políticos, sindicalistas, funcionarios, punteros, que pujan por el mango de sartenes estatales de tamaño diverso. El kirchnerismo es el primero de esos agregados.

Todos están sentados a la mesa en la que se va a repartir de nuevo la baraja, tras el apogeo de un ciclo económico que ya dio lo mejor. Por eso, esto sucede cuando –pese a la presión impositiva récord sobre hogares y empresas, el ajuste forzado en provincias, las trabas comerciales y cambiarias y la emisión monetaria del Banco Central–, el Gobierno no encuentra cómo encarar su déficit ni solucionar problemas estructurales que generó (como el energético o el de los servicios públicos en general).

Es un viejo modo de construcción política. No es un 
invento K. El problema es que esas alianzas circunstanciales, que sustituyen a los partidos, son carísimas.

Para hacer entrar a Eskenazi a YPF, hay que aceptar que Repsol no reinvierta (y después horrorizarse). Para tener de socio a Moyano, hay que asumir que el transporte de cargas será costoso y que no se promoverá el tren de carga. Para tener un Micheli o un Yasky, hay que resignar la reforma del Estado. Para tener piqueteros, hay que cederles políticas asistenciales que no son tales. Para tener a Carta Abierta, hay que reconocerle el derecho de autor de un relato distorsionado.

Al final, tales alianzas resultan impagables. Es lo que sucede hoy. Y frente a ellas, en la oposición, no hay nadie. Porque, sin control del Estado, ­nadie ha tenido los recursos ­públicos para tejer esas redes.

Si es ingenuo, el Gobierno debe estar sorprendido. Debe haber creído que había comprado para siempre a ciertos gremios. Pero ayer se dio cuenta de que les debe varios alquileres.