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El saldo de la intolerancia

Puede concluirse en que el Gobierno nacional no reprime, pero tampoco condena cuando lo hacen sus seguidores. Fernando Micca.

25 de octubre de 2010 a las 12:01 a. m.
El saldo de la intolerancia

¿Cuántos nuevos dramas faltarán para que los protagonistas de la política opten por el diálogo y no por la pelea? ¿O todo seguirá igual cuando los reproches bajen de intensidad y la sociedad haya asimilado el asesinato del joven Mariano Ferreyra? ¿Tal vez el próximo gobierno reconozca que los argentinos ya no toleran tanta confrontación? Hay más preguntas que respuestas. Y una certeza compartida por muchos: en una sociedad dividida, con fuertes enfrentamientos y bajo respeto por la ley, el saldo de un muerto tras el enésimo choque callejero no resulta extraño. Es la consecuencia de la violencia creciente.No sólo el Gobierno optó por la pelea, aunque su responsabilidad sea la más grande.Cristina y Néstor Kirchner destacan que el Gobierno no reprime la protesta social. Es verdad. Aunque la realidad es más amplia. Desde 2003, el Gobierno hace de la confrontación su herramienta. No puso frenos a grupos políticos, sociales y gremiales del oficialismo que cultivan la costumbre de la pelea y la provocación. Antes fue el piquetero Luis D'Elía el que a veces cruzó el límite. Ahora es Hugo Moyano, con el agravante de que preside la CGT y el PJ bonaerense.Es peligroso, además, que el Estado delegue el monopolio del uso de la fuerza. Cuando en octubre de 2006 el traslado de los restos del ex presidente Juan Perón a San Vicente terminó a los tiros, parte del operativo de seguridad era manejado por los gremios, no por la Policía. En la pelea del miércoles, un grupo de ferroviarios impidió el corte de vías y repelió la manifestación; otra vez, particulares organizados se atribuyeron el rol de la fuerza pública.Además, en la medida en que estos grupos responden de manera abierta al oficialismo, puede concluirse en que el Gobierno no reprime, pero tampoco condena cuando lo hacen sus seguidores.Pero también es válido que la memoria alcance a otros que tienen su parte en esta espiral de desencuentros. La oposición descalifica y denuncia con más facilidad que responsabilidad, lo cual también alimenta las antinomias. Ni hablar de la virulenta reacción del campo por las retenciones, en 2008.Pueden cotejarse dos ejemplos de intolerancia, tan peligrosos como absurdos. La semana pasada, Moyano amenazó con sacar su gente a la calle para protestar si Julio Cobos llega a la Casa Rosada. Hace dos años, dirigentes ruralistas habían instado a desconocer al Congreso si aprobaba las retenciones. Prepotencia gremial y empresarial. Prepotencia del que se siente fuerte e impune.El ex jefe de Gabinete Alberto Fernández, un kirchnerista crítico, advirtió que el próximo gobierno encontrará un Congreso más atomizado y estará obligado a buscar el consenso. ¿Hace falta llegar al límite de la gobernabilidad, además de tener que lamentar lo irreparable, para entenderlo?