El discreto encanto de la cadena perpetua
Un dislate del discurso o un síntoma de debilidad. Cristina y su mensaje por cadena nacional. Edgardo Moreno.
Que la máxima autoridad de un Estado deba recurrir a un mensaje a la vista de millones para explicarle a su funcionariado la lógica de las jerarquías administrativas constituye, en cualquier lugar del mundo, un dislate del discurso o un síntoma de debilidad. Si el método utilizado para la reprimenda es, además, una invocación al escalafón teológico que ejercitaban las monarquías absolutas, es toda una regresión política. Un siglo antes de que Cristóbal Colón fuese el embrión de un aventurero, se mentaba en Aragón el arrojo de Francisco de Vinatea, el noble que pronunció ante su rey la frase que luego se transformó en fórmula de rigor para todos los monarcas que prestaban juramento ante las cortes: "Nosotros, que somos iguales a Vos; juntos somos mas que Vos".Para encontrar similitudes con el último discurso de la Presidenta de la Nación, entonces, habría que remontarse a una tradición máslejana. O reencarnarse en un arquitecto egipcio. El discurso. El abismo de silencio e indiferencia ante el dolor ajeno en el que se hundió la señora Kirchner durante la tragedia de Once desembocó poco después en el más verborrágico mensaje que haya pronunciado ante la Asamblea Legislativa. Desde ese momento, su monólogo no ha cesado y ya acusa evidencias de desgaste. La Presidenta le ha tomado el gusto a la cadena permanente, al tiempo que ha comenzado a negarle a su proyecto político dos de los recursos más valiosos que supo aportar con tino: la precisión oratoria que construyó como congresista de oficio y la templanza que acompañó los primeros meses de su viudez. Tales circunstancias sólo serían defecciones de la retórica presidencial, en perjuicio de su propia cosecha, si los devaneos teológicos no derivaran luego en excesos del poder fáctico. Es la distancia que media entre una invectiva pública y un apriete de la Afip, una patoteada de Guillermo Moreno, o el pánico de Axel Kicillof, corriendo presto a fundir metales innobles. La acción. Cuando ese trecho se enangosta hasta que el discurso es el simple anuncio de una acción intimidatoria, ya no corresponde analizar desvaríos sino advertir desesperaciones: son losgobiernos temerosos los que acostumbran tentarse con el abuso de autoridad. Juan Bautista Alberdi, el progresista por cuya cabeza van ahora los profesores de Carta Abierta, solía recomendar a los gobernantes que no hacer sentir la autoridad, es el mejor medio de hacerla estimable. La fría acidez de las encuestas le está demostrando a la Presidenta la certeza de ese consejo, que bien lejos está de promover debilidad.Ocurre que entre la fuerza y el poder no sólo hay diferencias de grado. Quien divide y se aísla de los gobernados, comienza a padecer su propia impotencia. Tanto más autoritario el gobierno, tanto más siembra los gérmenes de su deterioro. Los motivos. Lo sorprendente es que los rayos descerrajados desde el atril del poder ocultaron lo mejor que tenía para mostrar. Los números de la balanza comercial y de la recaudación fueron más afables que en el primer semestre, pero el enojo de la mandataria seguía incendiando el vecindario varias horas después por Twitter. Se calmó con Techint después de empardar su investidura con la del empresario Paolo Rocca, en un intercambio epistolar en el que -contra la lógica de los antecedentes- el ingeniero le facilitó a la abogada los resguardos de estilo. Puede estar ocurriendo que la espera, desespere. Los tiempos electorales se acercan, la economía promete mejorar, pero no todavía; y no existe ningún liderazgo que el oficialismo considere para impulsar en 2015. Es lo que lleva a algunos a confundir los aspirantes al reemplazo, con promotores de una destitución, y a que añoren los gobiernos de linaje, donde, en apariencia, la sucesión nace mejor resuelta. La necesidad. Violín en bolsa con la siderurgia, la ira presidencial continuó con los gobernadores y el periodismo. Hoy, Córdoba comparecerá ante la Corte Suprema de Justicia para reclamar una deuda que sólo la obcecación de las autoridades nacionales permite transformar en escenario político. La bronca con el periodismo es más profunda todavía, pero se explica por sí misma: el insumo necesario de toda vocación autoritaria es el silencio del otro.

