Una conducción que ha perdido la construcción de la novedad
Que esas manifestaciones tampoco esgriman liderazgos nítidos no debería confundir al oficialismo. Aunque dispersas, les cabría el talle típico de una elección de medio término y podrían provocar herrumbres en las mayorías legislativas. Edgardo Moreno.
Se han acallado las versiones sobre un posible adelantamiento de las próximas elecciones nacionales.
La actual legislación prevé que se realicen dentro de un año, en una fecha fija que propugnó como senadora la actual Presidenta, en aras de una mejor calidad institucional. Un criterio acertado que el expresidente Néstor Kirchner desoyó en 2009, al resolver que se concreten en el mes de junio.
El cronograma electoral incluye ahora el desarrollo previo de las internas abiertas de los partidos políticos. Si piensa repetir la operación, el Gobierno necesitaría obtener, antes de fin de año, una ley. Para establecer, otra vez, una fecha anticipada “por única vez”. A menos que propugne derogar las primarias.
Nada parece indicar que esto pueda ocurrir y este dato es un indicio del diagnóstico que hace el oficialismo sobre la suerte que le esperaría en las urnas si no detiene el drenaje de su capital político.
Ese análisis se mantiene aislado del gorjeo de la propaganda oficial. A las vanaglorias las exagera el mercenariado, para justificar sus días de saqueo. En el centro del poder, los nervios son otros. Los conflictos proliferan y ha perdido la iniciativa política.
La narrativa oficial enarbola la cifra de cábala: el 54% de los votos que obtuvo Cristina hace doce meses. Buena parte de su confusión reside en contabilizar los daños sólo desde entonces.
En un balance menos creativo, la cuenta corriente del kirchnerismo se abrió en 2003. Para calcular desgastes, entre un año y nueve hay una brecha no menor. Los sondeos de opinión pública recientes revelan que la imagen de Cristina está hoy con el deterioro de los días previos a la muerte de su marido. En algún momento –entre ese ayer y hoy– concluyó para la gente el poderoso fuero del luto, como herramienta política.
El desgaste. Con frecuencia los gobiernos desconfían de la capacidad humana de marchar delante de sí. El kirchnerismo no creyó que la ciudadanía pudiese comprender que el ritmo de crecimiento económico podía ceder a comienzos de este año ante los vientos desfavorables de la economía global.
Como esto hubiese implicado reconocer el azar de una coyuntura no necesariamente vinculada a los méritos de gestión, la Presidenta eludió advertir sobre la tormenta. En cambio, se propuso dar cátedra al mundo sobre las singularísimas solvencias argentinas para sortear esas dificultades. Dilapidó así un tiempo de recomendable realismo.
Después comenzó a aludir a los efectos de la crisis, pero estimó que para enfrentarla alcanzaría con sus propias fuerzas. Cuando lo aconsejable en aguas procelosas es dialogar antes que reñir.
Resulta notorio, ahora, que el desgaste político de la Presidenta supera a la sensación de retracción de la economía.
Con un adicional: al inducir con apuro el debate de una eventual reforma de la Constitución detonó cualquier consenso inicial con la oposición y abrió una carrera anticipada por su sucesión.
No resultaría lógico esperar que sus adversarios –internos o externos– se sienten a sellar acuerdos cuando les anuncian el cambio de las reglas de juego iniciales de toda participación.
El destiempo. Tanta conducción política a destiempo podría obtener dispensa en un convento. En la política real, nunca deja de pagar las consecuencias. El conflicto con las fuerzas de seguridad no está cerrado y se abren otros: Moyano y Micheli prometen marchar juntos; para el día de la lealtad justicialista, el propio kirchnerismo promueve evocaciones divididas; e l aniversario del 27 de octubre será en Santa Cruz donde el gobernador Peralta le recomienda rinoscopias a La Cámpora.
Al 8 de noviembre le llaman 8N en las redes sociales. Es una convocatoria a la protesta que se propone ser masiva. El kirchnerismo ha resignado, también allí, la construcción de lo nuevo. Tan cómodo se ha sentido en el juego de los aprietes, que se ha dejado arrebatar –nada menos– la bandera de la libertad.
La estrategia de esperar decantaciones acumula capas de sectores sociales descontentos. Que esas manifestaciones tampoco esgriman liderazgos nítidos no debería confundir al oficialismo. Aunque dispersas, les cabría el talle típico de una elección de medio término y podrían provocar herrumbres en las mayorías legislativas, sin las cuales el sueño del tercer mandato se derrumbaría.
Sin política, el Gobierno apuesta todo a la recuperación económica de 2013. La soledad no le obsequiará consensos para llegar con mejor suerte hasta allí.

