Un resultado que anuncia el final
El oficialismo sufrió una dura derrota política en estas elecciones. Perdió en los principales distritos, en especial en la estratégica provincia de Buenos Aires.
Le guste o no al Gobierno nacional, las elecciones se ganan o se pierden por un voto. Todo lo demás es construcción política. Una de esas construcciones levantó anoche el kirchnerismo para decir que es la fuerza a nivel nacional que más votos obtuvo. Eso tiene muy poco de verdad, porque la de ayer no fue una elección de distrito único, con candidatos similares en todas las provincias.Con ese mismo criterio equivocado, podría decirse que de alcanzar hace dos años el 54 por ciento, los seguidores de Cristina Fernández, con todo el respaldo de una estructura política financiada por el Estado, bajaron a un alarmante 25 por ciento. Pero no pueden compararse peras con manzanas. Tampoco la oposición puede aseverar que dos de cada tres electores votó en contra de la Presidenta o que ella perdió 75 a 25, porque las motivaciones de cada ciudadano en el cuarto oscuro son muy diversas.Por encima de todas estas obviedades, las primarias abiertas, simultáneas y obligatorias (Paso) fueron una referencia obligada para lo que sucederá el 27 de octubre, cuando finalmente se definirá el reparto de las bancas que se renuevan este año. Con los resultados que se conocían anoche, es claro que el oficialismo nacional ha sufrido una dura derrota política. Perdió los principales distritos, como Capital Federal, Córdoba, Santa Fe, Mendoza y otros menores, y también cayó nada menos que la corona de la reina: la provincia de Buenos Aires.Si los números de ayer se repitieran en octubre, el resultado no sería tan significativo si se lo traduce en cantidad de diputados y senadores. Ocurre que el Gobierno renueva menos bancas que las que obtuvo hace dos años, traccionadas por la elección de la Presidenta. Lo trascendente es que con estos mismos resultados el kirchnerismo podrá empeorar o mantener igual su actual posición en el Congreso, y con eso no le alcanza para reformar la Constitución. En consecuencia, no podrá haber re-reelección de Cristina.Ese escenario significa que el kirchnerismo, tal como se lo ha conocido hasta ahora, comienza a retirarse del poder por las mismas vías por donde llegó: la voluntad popular. Cabe preguntarse, entonces, qué sucedió entre la gente y el Gobierno para que en un momento que no es el peor desde el punto de vista económico, la ciudadanía ya no apoye como antes la gestión oficial.La Presidenta se puso al frente de la campaña justamente para achicar esa brecha, en el entendimiento de que es ella la que acumula consensos importantes. Pero todo indica que ya no se la ve como esa mujer admirable, que debió superar con coraje el dolor de la pérdida de su esposo. Lleva casi tres años vistiendo luto para congelar aquella imagen que conmovió a muchas personas sin filiación política. Pero todo va teniendo su fin.Lo que importa, desde la perspectiva institucional, es cómo se desarrollará el proceso de sucesión en el poder. Por su naturaleza, el kirchnerismo utilizará cualquier medio a su alcance para no resignar lo que tiene. Tal vez el mayor déficit del personalismo de Cristina haya sido no haber creado las condiciones para delegar la posta en alguien del mismo palo.Seguramente la Presidenta habrá tomado nota de que el pueblo, en su gran mayoría, está deseando otra cosa. Ese pueblo fue a votar por otras fuerzas, por otras maneras de hacer política, por un cambio no sólo de nombres sino también de estilos políticos, menos confrontativos, más amigables.

