Dos políticas selectivas para evitar la devaluación
Cristina Fernández está modificando la política que ejecutaron las últimas dos administraciones y que multiplicó por más de seis el gasto público. Adrián Simioni.
Cristina Fernández está modificando la política que ejecutaron las últimas dos administraciones y que multiplicó por más de seis el gasto público. Cuando el aumento de los ingresos fiscales basado en el crecimiento de la economía y el empleo resultó insuficiente, pudo posponer un cambio creando y aumentando impuestos, reduciendo la participación de las provincias en los recursos fiscales, transformando el ahorro previsional en impuestos y utilizando dólares del Banco Central para pagar la deuda de la administración pública.El dinero se expandía (ver la base monetaria en el gráfico) porque, pese a la inflación que acompañó esa suba, el colchón cambiario que había dejado la megadevaluación duhaldista, más el boom de las materias primas, permitían que no cayera la competitividad de las empresas.Fue el milagro de los dos superávits gemelos: el fiscal y el comercial. Ahora, los dos están tecleando. El año 2011 cerró con un déficit fiscal de 30.664 millones de pesos. Y el superávit comercial pudo sostenerse en 10 mil millones de dólares, pero ya con los fórceps no escritos de Guillermo Moreno.Es una situación en la que se podría comprar algo de tiempo con una típica devaluación. En efecto, así se licuaría gran parte de la deuda pública (que ahora está mayormente en pesos y en manos del Banco Central y la Anses, entre otros), las importaciones se encarecerían, las exportaciones se incentivarían y los ingresos estatales atados a la inflación (IVA, Ganancias) o que se cobran en dólares (retenciones, regalías) serían un bálsamo para las arcas públicas.De paso, se evitarían las discrecionalidades. Los impuestos aumentarían igual para todos, los importadores verían aumentar los precios de todos los bienes que se traen y los exportadores percibirían la misma ventaja.Pero esa opción presenta problemas. Lo más determinante (el que llevó al Gobierno a desechar esta alternativa por ahora) son la inflación y la consiguiente caída de todos los ingresos. Con la capacidad instalada productiva en uso pleno, opina una buena mayoría de economistas de todos los colores, la inflación se trasladaría casi de manera automática a precios y salarios. En un par de meses, estaríamos igual.De manera que, en lugar del ajuste global por devaluación, Cristina optó por el ajuste focalizado. El Gobierno decidirá quién importa qué a medida que vaya viendo cómo se comporta el superávit comercial. Eso es lo que se puso en marcha ayer.Y también encarará el ajuste de las cuentas públicas, decidiendo a quién le corta y a quién no el chorro de subsidios y transferencias. Hay excepciones, como la muy notoria de una suba semestral de nada menos que el 17,6 por ciento para jubilados y pensionados, en cumplimiento de una ley del Congreso. La opción oficial está clara. En los próximos meses se verá si puede concretarla en la magnitud necesaria.

