El difícil acople argentino al nuevo escenario global
Argentina con poca flexibilidad cambiaria y dificultades para capturar inversión extranjera.
La crisis internacional desatada en 2008 está abriendo un nuevo capítulo en estos días, con Estados Unidos más confiado en su recuperación y –por ende– con un recorte de los estímulos monetarios que comenzaría antes de fin de año. La transición viene acompañada de turbulencias en los mercados emergentes, con aumento del riesgo país, devaluaciones y caídas bursátiles en la mayoría de los países. En el transcurso de las próximas semanas se verá si estamos sólo frente a una corrección de mercados o si la nueva política de la Reserva Federal estadounidense precipita la crisis de alguno de los “eslabones débiles” que conserva la economía mundial. Sería paradójico, como efecto de que lo “peor ya pasó” en los Estados Unidos, según la percepción de sus autoridades. Lo que preocupa es el desacople con la Eurozona, que sigue en recesión y con países emergentes que han venido recortando sus proyecciones de crecimiento. Así, la suba de las tasas de interés de largo plazo en Estados Unidos está resultando inoportuna para buena parte del resto del mundo. Esto incluye a la Argentina, que enfrenta la nueva situación sin suficiente flexibilidad en su esquema cambiario y con dificultades para capturar inversión extranjera directa, uno de los vectores que podría permanecer dinámico en los años por venir.
Pese a las turbulencias de los últimos días, el panorama no es tan negativo como durante la recesión de 2009 o los meses en los que parecía inminente una debacle en la zona del Euro.
El mundo está creciendo a un ritmo moderado, en torno a tres por ciento anual, en una meseta desde fines de 2011. Si no hay imprevistos, 2014 podría marcar cierta mejora, agregando 0,5 puntos porcentuales a ese guarismo. Este escenario difiere de la contracción de 2009 (caída del PIB mundial de 0,5 por ciento) pero también de los “años de oro” de 2003 a 2007, cuando la tasa de crecimiento promedió cinco por ciento anual. El asunto es que no sólo estamos en un andarivel intermedio, sino que, peligrosamente, el ciclo económico de la mayoría de los países no está sincronizado con el de los Estados Unidos. Cuando la Reserva Federal comience a “recoger el barrilete” de la enorme liquidez inyectada en los últimos años, éste será un acto prematuro para una gran porción del resto del mundo.
Muchas veces en el pasado la política monetaria de Estados Unidos produjo estragos en otros países: la década perdida de América latina en los ´80 se gestó tras una violenta suba de la tasa de interés decidida por la Reserva Federal, hasta un nivel cercano al 20 por ciento anual. De todos modos, actualmente la economía norteamericana presenta fragilidades, y la tasa de inflación es muy baja, por lo que esta vez cabe esperar gradualismo, con daños más acotados.
La globalización suele tener gusto amargo de vez en cuando. Sin embargo, hay que reconocer que, gracias a la actitud agresiva de la Reserva Federal de 2008 en adelante, el mundo pudo evitar una crisis como la de los años ‘30, en la que el comercio hizo implosión y los precios internacionales de las materias primas se derrumbaron. Si se observa cómo le fue a la Argentina en aquella y en esta crisis, no hay punto de comparación. Esta vez, a cinco años vista, los términos de intercambio han mejorado para el país 27 por ciento respecto del nivel previo a 2008. En cambio, durante la crisis del ‘30, para igual tiempo transcurrido, los términos de intercambio se habían deteriorado 31 por ciento. Nada menos que 58 puntos porcentuales de diferencia entre uno y otro episodio. Esto tiene que ver con el hecho que, en el presente, el comercio mundial se ha mantenido activo, sin que los principales países cedieran a las tentaciones proteccionistas. También por países emergentes que en los años ‘30 no figuraban en las estadísticas y ahora tienen una creciente ponderación en el mercado mundial: las importaciones sumadas de China e India, que en 2012 fueron de 2,35 millones de millones de dólares, podrían llegar este año a unos 2,6 millones de millones. El incremento de sus compras al exterior sería aproximadamente de 250 mil millones de dólares/año (pese a que crecen en forma moderada). Esto es el equivalente a tres años de exportaciones de nuestro país.
Si este habrá de ser el escenario, entonces países como la Argentina deberían trabajar para diversificar sus exportaciones, tanto por mercados como por productos y dedicarse a generar condiciones internas (infraestructura, capacitación laboral, calificación crediticia) para que los sectores y empresas que ya son dinámicos en el país puedan afianzarse, atraer más inversiones y generar más empleos.
Respecto de la política cambiaria, el actual esquema luce inadecuado frente a un escenario global como el que se perfila.
En el segmento oficial, el deslizamiento del tipo de cambio sigue imperturbable, cuando el vecino brasileño parece acomodarse al nuevo cuadro de situación con un real que se ha depreciado 10 por ciento en 45 días.
En cuanto a la brecha cambiaria, el aquietamiento de los últimos días podría estar alimentando alguna idea de “no innovar” en el tema. Pero debe subrayarse que este fenómeno tiene que ver con factores transitorios como el blanqueo de capitales, las ventas de bonos dolarizados por parte de la Anses y la suba de tasas de interés en pesos, o con el aliento de los funcionarios a los empresarios para que utilicen el “contado con liquidación” para realizar inversiones en el país. Por este mecanismo (que habría sido negado a la empresa brasileña Vale en su momento) se logra una paridad de 7,90 pesos por cada dólar atesorado en el exterior, contra 5,35 pesos del segmento oficial. Este resultado se obtiene comprando bonos argentinos en alguna plaza extranjera y transfiriéndolos al mercado de valores local, para después vender esos títulos contra pesos a contrapartes privadas. Si esta operación se generaliza, ya no habrá empresas que cambien sus dólares a través del Banco Central, salvo que se trate de exportaciones o créditos exclusivamente ligados al comercio exterior. Es cierto que alentar el uso de esta vía es un acto de pragmatismo pero es, al mismo tiempo, un reconocimiento de la distancia creciente que existe entre las fuerzas del mercado y la voluntad oficial.
*Economista.

