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Hora de rendir cuentas

Barack Obama consiguió una verdadera victoria cuando el Senado aprobó la semana pasada la regulación para el sistema financiero. Alejandra Conti.

18 de julio de 2010 a las 12:01 a. m.
Redacción La Voz
Hora de rendir cuentas

La nueva normativa regulatoria financiera aprobada en Estados Unidos es la más importante desde la crisis de los años ’30. El objetivo es dar más transparencia al mercado y evitar que se repitan las condiciones que precedieron a la crisis de 2008, que comenzó en ese país pero se extendió a todo el mundo.

Barack Obama prometió más de una vez que no habrá más rescates financieros con el dinero de los contribuyentes y que la gente común no volverá a pagar los errores de Wall Street. Esta reforma es el primer paso en dirección a cumplir esa promesa.

En su discurso tras la aprobación, Obama dijo que por primera vez en la historia los consumidores cuentan con verdaderas garantías para sus operaciones y que esta ley es el final de negocios oscuros acordados legalmente.

Con la nueva regulación, los bancos estarán obligados a disminuir los factores de riesgo y aumentar las garantías para los clientes. Se apunta a que no haya más hipotecas o créditos fraudulentos, como los que se otorgaron a personas insolventes.

No podrán participar en ciertas operaciones financieras de alto riesgo y no podrán invertir más del tres por ciento de su capital en negocios especulativos.

Entre otros puntos, se establece que las entidades más grandes deberán contar con capital suficiente para afrontar situaciones de morosidad de los clientes.

Una nueva oficina, creada ad hoc, se dedicará a la defensa de los consumidores frente a los abusos del sistema financiero, en especial en lo que hace a hipotecas y tarjetas de crédito.

Además, el gobierno puede tomar medidas para liquidar grandes empresas cuyas quiebras puedan poner en peligro o amenazar la economía.

En carne propia. A pesar de la oposición republicana, la reforma logró salir en una versión bastante estricta. La medida es popular. La gente siente en carne propia el costo de la crisis y cada tanto recibe nuevos recordatorios de que las cosas no cambiaron.

Un ejemplo: nunca desaparecieron, como se había anunciado, los escandalosos bonus que cobran los ejecutivos de las grandes empresas financieras. A lo sumo, ahora los cheques son por varios cientos de miles de dólares en lugar de los millones que llegaron a cobrar hasta 2008.

Por otra parte, la millonaria campaña (con avisos y lobbystas ) de las entidades financieras en contra de la reforma fortaleció la convicción de la gente.

No falta la crítica desde la izquierda demócrata, que acusa al gobierno de dejar flancos débiles que los bancos podrán aprovechar para volver a las andadas.

Pero mucho más impactan en la opinión pública las declaraciones de los republicanos, contrarios a que el gobierno elimine las exenciones impositivas al sector más rico de la población (heredadas de los gobiernos de George W. Bush) y aumente los beneficios para desempleados. No se puede aumentar el déficit, aseguran. En realidad, lo que les molesta es que sus votantes sean privados del enorme privilegio de la exención.

El Premio Nobel de Economía Paul Krugman decía esta semana en The New York Times que si los republicanos están diciendo lo que piensan es porque creen que el panorama para las elecciones de medio término de noviembre se presenta bien para la derecha. Auguran que la reforma financiera traerá desconfianza y falta de inversiones, caída del empleo y, palabras más o menos, un verdadero desastre.

La mirada apocalíptica no parece común a la mayoría. Es más, puede decirse que junto con la reforma al sistema de salud, la regulación financiera es la segunda gran victoria legislativa de Obama. No es poco y no se trata de reformas superficiales. Aunque para ciertos estándares puedan resultar insuficientes, las modificaciones en ambos campos tienen una enorme influencia y consecuencias sociales.

Las reformas son fundamentales para modificar las reglas de juego de un sistema individualista para las ganancias y colectivista para las pérdidas, y que cuando tiembla, hace temblar al mundo.