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El espejo de Kadhafi sobre un tablero pateado

En su arenga, el jaqueado líder alertó sobre un posible emirato conducido por Al Qaeda y advirtió sobre aspiraciones neocolonialistas frente al petróleo libio. Marcelo Taborda.

23 de febrero de 2011 a las 12:01 a. m.
Redacción La Voz
El espejo de Kadhafi sobre un tablero pateado

Su aparición no fue fugaz y casi furtiva como la de la noche anterior. Ayer habló durante más de una hora y en su arenga a las masas para que aplasten la revuelta, además de prometer "morir como mártir" y diferenciarse de los depuestos gobernantes de Túnez y Egipto diciendo que él no es un presidente sino "el líder de la revolución", Muamar Kadhafi, lanzó advertencias directas e implícitas hacia Occidente. A ese mismo Occidente al que se acercó en los últimos años con "gestos" simbólicos (pedidos de perdón) y materiales (pagos de indemnizaciones) por atentados y operaciones encubiertas que dejaron víctimas, Kadhafi le recordó episodios no tan lejanos, en los que diferentes estados se valieron de la fuerza para aplacar rebeliones o acallar disidencias. El gobernante libio fue desde la Rusia de Boris Yeltsin, bombardeando con los tanques al Parlamento, a la China que aplastó con igual virulencia la revuelta en la Plaza de Tiananmen. También aludió al esposo de la actual secretaria de Estado norteamericana, el ex presidente Bill Clinton o a su sucesor George W. Bush, con sus ataques lanzados contra Irak, Afganistán u otros sitios apuntados como "santuarios terroristas". Al momento de hablar Kadhafi y aludir a episodios en tres de las cinco naciones con poder de veto, el Consejo de Seguridad de la ONU discutía la actitud a tomar ante lo que distintas voces tildaban de baño de sangre o crímenes de lesa humanidad. A propósito del terror, el gobernante advirtió también en su discurso que la violencia "impulsada desde afuera" podría desembocar en una escisión del país o en el surgimiento de un nuevo emirato islamista con el cual se intentaría justificar una intervención armada. La hipótesis agitaba dos fantasmas al mismo tiempo: la posible irrupción de Al Qaeda, con Osama bin Laden y Aymán Al Zawahiri dispuestos a imponer un régimen como el talibán, convertiría cualquier reivindicación de modernidad escuchada por estas horas en las calles de Bengazi o Trípoli en una meta imposible; además supondría una amenaza integrista para los vecinos europeos de la otra orilla del Mediterráneo, un peligro que se apresuraron a abortar cuando el Frente Islámico de Salvación se convirtió en mayoría en Argelia. Pero Kadhafi también apeló al sentimiento nacionalista al decir que un país dividido sería fácil presa del apetito neocolonialista de algunas potencias, voraces ante su ubicación estratégica y su petróleo de alta calidad.Europa toda, pero en especial Italia, destino de más de un tercio del crudo libio y país con el cual Trípoli selló acuerdos migratorios para frenar el flujo de indocumentados miran con incertidumbre hacia África. Algunos dirigentes, como Umberto Bossi, parecían ayer más preocupados por el suministro de combustible o por la llegada de "sin papeles" que por determinar cuántos civiles han caído ya en Libia o quiénes han sido sus victimarios.Washington –que "avaló" la caída de Mubarak cuando su régimen hacía rato tenía certificado de defunción o que aplaude cada mínimo gesto de apertura de la monarquía de Bahrein– su aliado estratégico en el Golfo, advierte sobre una posible acción en Libia si la crisis se agudiza. Pero cualquier irrupción daría crédito a quienes creen que la agitación árabe tiene mucho menos de espontánea de lo que la pintan. Hillary Clinton dio un paso en falso al prometer dinero a los "activistas digitales" que llaman a protestas desde redes sociales.El tablero del mundo islámico fue pateado y aunque muchas manos quieren acomodar sus propias piezas, no está claro cómo ni quiénes protagonizarán las próximas partidas. Mientras, en el espejo en que se mira el jaqueado Kadhafi, aparecen sus fotos con Silvio Berlusconi o el mismísimo Barack Obama y el resto de los líderes del G8.