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El fanatismo religioso como factor de discordia

Jerusalén fue escenario nuevamente de manifestaciones de la intolerancia de los sectores ultrarreligiosos contra la ley del Estado. Alejandra Conti.

20 de junio de 2010 a las 12:01 a. m.
Redacción La Voz
El fanatismo religioso como factor de discordia

No es raro escuchar decir entre los habitantes de Israel que cuando el conflicto con los árabes termine (si es que eso ocurre), laicos y religiosos de ese país se enfrentarán por la supremacía de un sector sobre otro.

Esto, que se dice un poco en serio, un poco en broma, parece inadmisible de lejos, pero las fricciones entre ambas comunidades son frecuentes y no pocas veces violentas.

El último ejemplo de esto último fue la manifestación de 100 mil hombres ultraortodoxos que marcharon el jueves en Jerusalén para reclamar el imperio de la Torá (el Antiguo Testamento) sobre la ley del Estado. Eran sólo varones, ya que las mujeres no están autorizadas a participar en actos públicos, como tampoco pueden ir en los primeros asientos de los ómnibus.

Todo empezó con la determinación de la Corte Suprema de obligar a un grupo ultrarreligioso askenazi (originarios de Europa Central) a que acepte la convivencia escolar de sus hijas con niñas igualmente ultrarreligiosas pero sefardíes (provenientes de países árabes y el norte de África). El conflicto se dio en una escuela de la colonia Emanuel, en la Cisjordania ocupada. Los padres askenazis se escudaron en el supuesto menor grado de observancia religiosa de los sefardíes para justificar la discriminación. Sin embargo, los sefardíes y sus abogados consideran que hay factores racistas en la determinación de que las chicas tomen clases en aulas separadas, usen uniformes diferentes, entren a la escuela por puertas distintas y vayan al recreo en turnos opuestos, en un patio dividido en dos por una pared.

Este conflicto particular trajo a la luz pública un enfrentamiento plenamente vigente. Si en todas las sociedades democráticas sectores religiosos y laicos conviven más o menos civilizadamente, en Israel esta cohabitación parece estar siempre en riesgo. Los laicos son los que más se quejan. Los motivos exceden lo ideológico, ya que la influencia de los religiosos en la vida cotidiana es concreta e imponen aspectos de su modo de vida a los no creyentes.

Los ultrarreligiosos constituyen el 20 por ciento de la población. Tienen un crecimiento demográfico altísimo, como todas las comunidades religiosas fundamentalistas.

No pagan impuestos, no hacen el servicio militar (una obligación para el resto de los hombres y mujeres israelíes) y sus hijos van a escuelas religiosas financiadas por el Estado hasta en un 75 por ciento. Es decir, gastan, consumen, se benefician del Estado, no aportan e imponen sus condiciones. Es más, los rabinos pertenecientes a este sector pueden contradecir al Estado cuando de determinar la educación en las escuelas religiosas se trata. Esto resulta altamente irritante para buena parte de la población laica.

La causa siempre es política. El partido Shas (ultraortodoxos sefardíes) forma parte de la coalición del gobierno.

Gracias al sistema parlamentario israelí, el casi 10 por ciento de los votos que puede obtener un partido como el Shas lo convierte en un botín de guerra para los partidos mayoritarios cuando éstos deben formar gobierno. A esto hay que sumar el 3 ó 4 por ciento que aportan cada uno de los otros tres partidos religiosos.

En otras palabras, Benjamin Netanyahu no puede darse el lujo de enemistarse con los ultraortodoxos.

El precio a pagar no es bajo; a cambio de su participación impulsan leyes que obligan a los laicos a observar preceptos religiosos.

Por ejemplo, la prohibición de no trabajar en Shabat (sábado, el feriado semanal en Israel) derivada del precepto religioso que consagra ese día a Dios.

En Jerusalén son mayoría en el municipio. Muchos cines de la ciudad no abren ese día, parte del transporte público no funciona y en los barrios en los que viven los religiosos no está permitida la circulación de autos. No es raro encontrarse en los edificios que los ascensores suben y bajan automáticamente para que la gente no tenga que apretar el botón del piso correspondiente (los preceptos impuestos por los religiosos prohíben operar máquinas).

A medida que el panorama se oscurece, la población ultraortodoxa crece. Anshell Pfeffer señalaba en el diario Haaretz el viernes que hoy hay 300 mil chicos registrados en escuelas ultraortodoxas; 51 por ciento más que hace una década.

Más allá del conflicto interno, muchos ya imaginan en lo que se puede convertir Israel de aquí a 50 años, si los ultraortodoxos continúan con sus altas tasas de crecimiento demográfico. Simplemente en un país regido por fundamentalistas religiosos. Otros prefieren no imaginarse.