La crisis económica generó una nueva casta de pobres en Grecia
Yannis y Dimitris viven en las colinas con vista a la Acrópolis. 20 mil griegos se han quedado sin techo.
Atenas. En la colina de Filopapos, entorno natural privilegiado con vistas a la Acrópolis y lugar de encuentro de las ninfas, en medio de pinares y ocultos en las cavidades de la gigantescas rocas, viven Yannis y Dimitris. Ambos pertenecen a la nueva casta de pobres que engendró la crisis.
Los turistas que pasean por estos parajes siguiendo los empedrados caminos que llevan de un sitio arqueológico a otro difícilmente pueden imaginar que en este idílico lugar viven más de una docena de personas, ocultas en casas improvisadas entre matorrales o en pequeñas cuevas.
Yannis tiene 58 años y desde septiembre vive aquí con cuatro perros. Uno de ellos incluso tiene su propia caseta. Yannis, no. Él tiene un par de lonas, un pino y un arbusto, debajo del cual montó todo un hogar.
Hay una radio, un fogón, mucha ropa, un frutero con naranjas y hasta algún objeto de decoración. “Al mediodía me preparo unos huevos pasados por agua, ensalada, pan. Hasta tengo vino. Por la noche, como en la parroquia”, cuenta.
Yannis sabe de cocina. Es chef y ese es su problema. El año pasado, en el momento más acuciante de la crisis, el hotel donde trabajaba le anunció que le recortaba su salario a la mitad. Él no estaba acostumbrado a trabajar por mil euros, dice.
“Mi error fue no darme cuenta de que ya tengo 58 años. Pensaba que iba a encontrar un trabajo enseguida, pero no fue el caso. Al principio todavía pude tirar con mis ahorros, pero una vez que se me acabaron, me vine aquí”, explica.
Yannis consigue algún dinero recogiendo plástico y metales. “Cuando reúno 200 kilos, los vendo y me dan unos 200 euros”, explica.
Su historia parece acercarse a un final feliz. Para la temporada de verano griego encontró trabajo en varios hoteles, dice, lo que le permitirá reunir dinero para alquilar después un departamento.
Seis años bajo un árbol
Dimitris es su vecino más cercano. Vive a unos 100 metros, pegado al sendero turístico, lo que le causa muchos problemas con las autoridades arqueológicas, entre otras cosas porque durante los seis años que lleva viviendo aquí transformó su entorno natural en las paredes de su casa.
De los árboles cuelgan avioncitos de madera y hasta un cuadro con motivos florales.
Dimitris tiene 65 años, y no tiene esperanza –ni ganas– de regresar al sistema. Al igual que Yannis, es un hombre al que le gusta leer, no bebe, está perfectamente arreglado, la barba recortada, la ropa limpia.
Hace seis años perdió su último trabajo en una empresa de limpieza y desde entonces vive en este bosque. Él también va haciendo algún que otro trabajo. La comida se la trae todos los días un amigo que cuida de él.
Yannis y Dimitris no tienen mucho contacto entre sí, ninguno de los “colonos” de Filopapos parece haber hecho amistad con algún vecino. Como mucho se respetan.
Aunque se trate de casos muy particulares, estos hombres sólo son un ejemplo del costo humano que ha tenido la crisis.
Según un estudio de la organización Klimaka, el número de los sin techo en Grecia (país de 11 millones de habitantes) alcanza ya las 20 mil personas. Una de cada cinco posee un título universitario.

