Antes de que el Jordán se quede sin una gota de agua
La agenda de Obama desborda de temas urgentes, pero reflotar el proceso de paz en Medio Oriente es tan imperioso como salvar el río donde Jesús fue bautizado. Marcelo Taborda.
En la agenda de Barack Obama, durante meses condicionada por una reforma al sistema de salud que el presidente debió alterar en forma y fondo para lograr los votos suficientes de un Congreso renuente, emergía como prioridad una nueva ley financiera que evitara otra debacle como la que aún produce daños colaterales.
Basta con repasar las noticias que llegan de Grecia, donde el mismo paquete de rescate de 110 mil millones de euros aprobado por la UE y el FMI para salvar al país de la bancarrota puede ser el que derive en un estallido social que se lleve puesto al actual gobierno heleno. Y es que el ajuste al que se condicionó el salvataje hoy será resistido en las calles con una huelga general que amenaza con extenderse.
Pero volviendo a Obama y a sus urgencias, es pertinente recordar que, apenas envió su proyecto de reforma financiera, cosechó su primer revés con el rechazo de los republicanos a darle rápido tratamiento a la normativa.
Mucho más expeditivos se mostraron los republicanos para avalar una ley que acaba de equiparar a inmigrantes sin papeles con delincuentes comunes en Arizona.
No sería la única mancha que acecharía en el último tercio de abril a Estados Unidos. El día 22, una plataforma explotada por British Petroleum se hundió en el Golfo de México arrojando desde entonces más de 800 mil litros de crudo por día al mar. El desastre ecológico por esta marea negra, por la que sus responsables recibirán casi con seguridad penas ínfimas en relación con el daño causado, repite la ocurrida en 1989 en esa zona, con la compañía Exxon Valdez.
Casi al mismo tiempo que Obama se asomaba a la zona del desastre y prometía medidas marcando diferencias con las omisiones de George Bush en la Nueva Orleans devastada por el huracán Katrina, la Casa Blanca despachaba a su enviado a Medio Oriente para reflotar un diálogo de paz congelado.
Y mientras George Mitchell dibujaba los primeros pasos para acercar al israelí Benjamin Netanyahu y al palestino Mahmud Abbas, el pánico volvió a Nueva York a raíz de un fallido atentado.
Ante tamaña vorágine de sucesos, ni a Obama ni a sus asesores ni a casi nadie en el mundo, fuera de Medio Oriente, los habrá desvelado la noticia que dio una ONG hace dos días: el río Jordán se secaría el año que viene.
Así lo advirtieron los miembros de "Amigos de la Tierra de Oriente Medio", grupo que denunció que el otrora curso de agua dulce, que tenía un caudal de 1.300 millones de metros cúbicos al año, se ha convertido en un "hilo de aguas residuales, estancadas y salinas" por el que sólo fluyen entre 20 y 30 millones de metros cúbicos.
Volver a dialogar por la paz de esa región resulta tan urgente como hacer algo para salvar ese curso de agua que nace en el Mar de Galilea y se pierde, exiguo, en el Mar Muerto, luego de un sinuoso viaje de casi 220 kilómetros.
Israelíes (en mayor proporción), sirios, jordanos y, en menor medida palestinos, usufructúan el río que hoy agoniza. El mismo en el que, según los Evangelios, Jesús fue bautizado por Juan mientras descendía a él el Espíritu Santo como paloma.
Ojalá cada crisis tenga salida antes de que la sangre llegue al río y el Jordán no desaparezca antes de Jericó.

