Racionar por precio o cantidad, esa es la cuestión
Argentina no puede darse el lujo de abandonar el objetivo de lograr una distribución más pareja.
De cara a las legislativas de fin de mes, hay dirigentes del oficialismo que creen ver una pulseada entre una política redistributiva de ingresos, que es la que lleva adelante el Ejecutivo, y un enfoque “anti-distribución”, que sería el de la oposición. Sin embargo, la discusión es distinta. La redistribución de ingresos sigue siendo prioridad en la amplia gama de opciones partidarias, pero lo que se cuestiona (incluso dentro del Gobierno) es si ese objetivo puede lograrse a través de la política actual o si se requieren nuevos instrumentos, más sofisticados y menos dañinos sobre la inversión y la producción. La que luce agotada es esta forma de redistribuir ingresos, no el objetivo más general. Atrasar el tipo de cambio y las tarifas de servicios públicos sirvió para mejorar los salarios en dólares y ampliar la capacidad de consumo de las familias, pero al mismo tiempo esto derivó en falta de inversiones en los sectores afectados, con el consiguiente freno a las exportaciones y faltante de divisas.
Ante cada nuevo síntoma de escasez, el Gobierno eligió racionar por cantidades. Primero prohibiendo exportaciones de carne, después trabando importaciones y operaciones cambiarias. Tras las legislativas, ante una escasez que no cederá, y con la experiencia frustrante de los últimos dos años, es posible que gane fuerza la idea de apoyarse más en los precios que en los cupos como mecanismo de racionamiento. Hasta ahora no ocurrió por temor a la inflación, pero cada vez hay menos garantías que los controles a las cantidades puedan evitar una aceleración en la marcha de los precios. la Argentina es un país que no puede darse el lujo de abandonar el objetivo de lograr una distribución más pareja de los ingresos. Incluso las franjas más ricas de la sociedad deberían ser los primeros en empujar en esa dirección, ya que la calidad de vida del todo mejoraría más que la suma de las partes.Es más, está demostrado que no es necesario sacrificar crecimiento en aras de una mayor igualdad. En un mundo en el que la competitividad depende cada vez más de la calificación de los recursos humanos, los países exitosos en ganar mercados, caso de Alemania, Corea, Finlandia, se encargan de destruir los viejos prejuicios según los cuales los que promueven una economía más abierta y con más incentivos a la inversión están implícitamente buscando bajar los salarios. Todavía falta para que ese tipo de debates quede saldado en nuestro país, pero la experiencia de los últimos años permite ver lo contraproducente de intentar redistribuir ingresos manipulando precios clave de la economía, como son el tipo de cambio y las tarifas. No sólo se desalentó la inversión y se afectó la potencialidad exportadora, sino que, por esa misma razón, no pudo perforarse el núcleo duro de la pobreza. Es que estos indicadores sociales están asociados a la persistente informalidad de los empleos y a la irracional aglomeración de las grandes ciudades. Cuando los precios internacionales de los bienes que produce la Argentina eran irrisorios, una estrategia de crecimiento orientada a fortalecer el interior del país podía ser catalogada de voluntarista. Sin embargo, la irrupción de China e India en el mercado mundial han devuelto valor a las economías regionales, con lo cual también puede desplazarse el centro de gravedad de la política de redistribución de ingresos. Basta con dejar que los precios reflejen de un modo más nítido las señales de escasez y abundancia de los mercados, ocuparse a través de agencias reguladoras profesionales de actividades monopólicas y concentrarse en las medidas de mayor impacto distributivo: focalización del gasto social, formalización de Pyme y trabajadores, capacitación de jóvenes y acercamiento de las empresas a los mercados más atractivos. Mientras tanto, la escasez en el plano cambiario y energético debería dar lugar, después de las legislativas, a un debate más abierto acerca de los pro y las contras de los dos mecanismos alternativos de racionamiento, el que se apoya en las cantidades y el que lo hace en los precios. Sin cambios de política, entonces podríamos entrar en una etapa en la que las restricciones para importar se harían más intensas, lo que no es gratuito en términos de nivel de actividad. No sólo el faltante de piezas podría trabar procesos productivos, sino que la incertidumbre acerca del valor de reposición de los inventarios podría llevar a una retracción de la oferta (con impacto negativo sobre la actividad y los precios). En otro plano, si frente al déficit de la balanza de turismo se decidiera imponer cupos severos para el uso de las tarjetas de crédito en el exterior, entonces el efecto más probable sería una ampliación de la brecha cambiaria. Y esto acentuaría los malos incentivos, por los cuales el Banco Central termina perdiendo más divisas que las que retiene, sin olvidar que el "dólar blue" influye sobre las expectativas. Nuevamente, en este caso, racionar por precio (dólar turista) genera menos distorsiones que hacerlo por cantidad (cupos al gasto). Es lo que ya ocurre con las naftas y el gasoil en las estaciones de servicio.Sustituir controles a las cantidades por precios más realistas, aunque regulados, no es la panacea. Las filtraciones seguirían y tampoco habría amplia seguridad respecto que la oferta y la demanda se acomoden a un escenario más parecido al que surge de cotizaciones sin interferencias. Además, la experiencia de la Argentina con los tipos de cambio múltiples luce poco recomendable. Tanto en la década de los '70 como en la de los '80, los tipos de cambio múltiples fueron el preludio de aceleraciones inflacionarias, sin que tampoco hayan servido para aliviar restricciones externas. Si se introducen en un contexto de expectativas de subas crecientes de precios, pueden llevar a situaciones de "profecía auto-cumplida". De allí que racionar por precios en lugar de cantidades obliga a una política fiscal y monetaria muy cautelosa. Reconocer precios más realistas para el tipo de cambio y las tarifas es una opción que el Gobierno no ha considerado por temor a su impacto inflacionario inmediato. Sin embargo, deberá analizar cuidadosamente si continuar como hasta ahora no comporta el riesgo de tener una inflación análoga, con la desventaja de un deterioro mayor por el lado de las reservas del Banco Central y de los indicadores sociales y del mercado de trabajo.

