El río correntoso de la devaluación
Con ese criterio, en el peor de los casos, el automático aumento de pobres que dispara la pérdida del poder de compra del peso es apenas un dato estadístico, cuya corrección será tarea para quien venga después.
Salvo para quienes están vinculados con el mundo de los negocios, en la sociedad –y en particular en gran parte de la clase política– existe la percepción de que las devaluaciones traen aparejadas dificultades disimulables.
Con ese criterio, en el peor de los casos, el automático aumento de pobres que dispara la pérdida del poder de compra del peso es apenas un dato estadístico, cuya corrección será tarea para quien venga después.
El 23 de enero, el kirchnerismo produjo la mayor devaluación en apenas unas horas desde la gran crisis de 2001. Y cuando uno escucha a sus referentes oficiales, da la impresión de que no ha pasado nada. Para ellos, sólo fue una medida monetaria más, para tomar aire hasta que lleguen los famosos dólares de la soja. “Me extrañó que Kicillof devaluara”, dijo días atrás Miguel Teubal, director de tesis del ministro.
Además del aumento de la pobreza, que, bien medida, nadie sabe con precisión a cuánto llega, el cambio en la relación peso-dólar y un horizonte de expectativas pesimistas para la economía impactaron de un golpe en el precio de alimentos y bebidas. Para enfrentar el problema, el Gobierno lanzó los Precios Cuidados. Luego complementó la estrategia con el acuerdo de precios para insumos del plan Procrear, de difícil cumplimiento y al que las grandes bocas no adhirieron, simplemente porque no les cierran los impuestos frente a la competencia informal.
Pero aun considerando que estos planes –Precios Cuidados y Procrear– puedan ser una aspirina para la fiebre de la inflación, lo que no pudo hacer es incidir sobre los demás precios de la economía, factor que, combinado con la necesidad de evitar la salida de dólares por vía del recorte a las importaciones, deriva en una desorganización de los mercados.
Gomas y autos
Hoy, por ejemplo, es cada vez más difícil armar stocks de neumáticos, incluso de los producidos en el país. Con la importación a cuentagotas, el mercado se vuelca a lo nacional, pero la oferta no alcanza y se producen quiebres que obligan al usuario a penar por todos los barrios para conseguir lo que necesita.
El precio de los autos es otra muestra del desbande. El 70 por ciento de las piezas de un vehículo hecho en Argentina son importadas, con lo cual, el 24 de enero, los vehículos subieron entre 15 y 25 por ciento, las ventas se desplomaron y automotrices y autopartistas se frenaron.
A la alta gama, la tomó el doble efecto del dólar y el impuesto a los suntuarios. Las ventas hoy se cuentan con los dedos de una mano. “No me importa”, dirán quienes consideran innecesario ese lujo. Olvidan que cientos de argentinos trabajan ahí y que por estas horas cruzan dedos sobre su futuro laboral.
Pero estos son sólo ejemplos de lo que pasa con los mercados. Hay decenas en rubros como ferreterías, insumos industriales, motos, entre otros. Muestras de que el río subterráneo que corre por debajo de la devaluación, pese al disimulo, continúa muy torrentoso.

