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El deterioro de Brasil nos hace sombra

La experiencia brasileña nos está diciendo que hay vida después del cepo y la devaluación, pero si el déficit es alto y persiste la dominancia fiscal se trata de una vida gris, sin reactivación ni generación de empleo.

21 de septiembre de 2015 a las 12:01 a. m.
El deterioro de Brasil nos hace sombra

Inmerso en una crisis política y económica de magnitud, Brasil recibió recientemente un nuevo golpe: tras siete años ostentando el grado de inversión, la calificadora de riesgo Standard & Poor's rebajó la nota crediticia llevando sus bonos soberanos a la categoría de especulativos. Al mismo tiempo, actualizó su proyección económica desde un escenario estable a negativo, anticipando la posibilidad de una nueva rebaja en el futuro. Esta decisión estuvo fundamentada en las crecientes dificultades que atraviesa la administración de Dilma Rousseff para mejorar la deteriorada situación fiscal, que está erosionando la estabilidad macroeconómica: el desequilibrio en las cuentas fiscales obliga al Banco Central a subir la tasa Selic para controlar la inflación, con impacto directo sobre el costo del crédito y, por ende, sobre el nivel de actividad. Así, se espera que la economía se retraiga casi tres por ciento este año y que la recesión se prolongue el año entrante. Consecuencias Las consecuencias que el cambio de calificación tendrá de aquí en más no son menores. Perder la etiqueta de buen pagador no va a ser gratis para Brasil. El incremento en el costo del financiamiento va a potenciar los desequilibrios y se harán aún más evidentes las dificultades políticas y de coordinación en el manejo del gobierno que muestra el Planalto. Si la capacidad para corregir el déficit fiscal no mejora, la probabilidad de un mayor deterioro de la economía es creciente y esto podría traducirse en una nueva rebaja de la calificación en los próximos meses, con reversión sobre los flujos de capital que recibe el vecino país, en momentos en que necesita más de su entrada que de su salida. ¿Y por casa? Los nubarrones de Brasil no auguran nada positivo para nuestra economía. Por cada punto de caída del producto brasileño, la merma de los envíos a nuestro principal socio regional alcanza los 1.200 millones de dólares, casi la mitad del superávit comercial proyectado para este año. A esto se suma la mayor tendencia a la pérdida de competitividad cambiaria: mientras el real se depreció 70,6 por ciento respecto de 2014, el peso argentino sólo lo hizo en un 11 por ciento. Y las brechas inflacionarias agravan la situación. Aun si Brasil no depreciara su moneda, nosotros deberíamos depreciar la nuestra en relación con el real y en función del diferencial entre las tasas de inflación. Hoy estamos muy lejos de seguir esta regla. No es prometedor que la economía brasileña deba convalidar mayores tasas para atraer capitales. Y teniendo en cuenta la necesidad de la Argentina de acceder a los mercados e insertarse en el mundo, esto sólo significa un costo superior para el fondeo que anhela nuestro país. Algo positivo Sin embargo, quizás sí saquemos algo positivo de lo que está sucediendo en Brasil: podría ser útil para anticipar qué nos ocurrirá en 2016 si las nuevas autoridades buscaran devaluar sin atacar la cuestión fiscal. Anticipar qué hacer con el cepo es necesario y está bien. Pero con un desequilibrio fiscal que se mueve en torno del seis por ciento, la experiencia brasileña nos está diciendo que hay vida después del cepo y la devaluación, pero si el déficit es alto y persiste la dominancia fiscal se trata de una vida gris, sin reactivación ni generación de empleo.