La virulencia con la que el Gobierno salió al cruce de las opiniones del exministro de Economía Domingo Cavallo dejó varias lecturas.
Están quienes ven una innecesaria crítica pública del “padre de la Convertibilidad”, justo en un momento en el que el Gobierno cae en las encuestas de humor social y paga alto cada cuota de paciencia. Además, da la impresión de que el malestar se potencia cuando los golpes vienen por la derecha.
Otros advierten que el tenor de las respuestas, en especial las del ministro de Economía, Luis Caputo, y de su vice, José Luis Daza, estaría relacionado con el grado de atención residual que los inversores externos y los organismos internacionales todavía conservan de Cavallo.
Y también hay un grupo que piensa que el ida y vuelta por redes, tan típico de la gestión libertaria, sirve para correr del foco de atención del escándalo que rodea al jefe de Gabinete, Manuel Adorni, y que salpica sin filtros al presidente Javier Milei.
Es un momento muy particular para gestionar las expectativas. Incluso diferente al que tuvo que atravesar el oficialismo en la previa de las elecciones legislativas de 2025.
Si bien el pasado siempre está a mano para el rescate discursivo del “riesgo kuka”, nunca pesó tanto el presente para comprar futuro.
Algo de eso dejó por escrito la agencia Fitch Ratings cuando argumentó la mejora en la nota de la deuda soberana argentina. En el documento explicativo menciona que “la oposición se mantiene débil y fragmentada, aunque el bajo crecimiento y la inflación afectan la popularidad del gobierno”.
La calificadora optó por el vaso medio lleno, pero dejó constancia de que también mira lo que falta. “Argentina continúa siendo vulnerable a un shock de confianza, especialmente si la contienda electoral anticipa un cambio significativo respecto de las políticas actuales”, añadió.
Las velocidades cuentan
Lo cierto es que, entre tanta heterogeneidad, las velocidades cuentan. El Gobierno cree que la economía está empezando a salir de la curva lenta para poder encontrar, en algún momento, la recta en la que pueda acelerar. Ocurre que no todas las piezas responden al unísono y por eso se muerde la banquina.
Los indicadores oficiales marcaron un repunte en dos sectores sensibles como construcción e industria, aunque nada asegura que ese movimiento se sostenga en el corto plazo. Quizás abril no tenga el mismo ritmo de marzo. De hecho, hay analistas que anticipan un efecto serrucho.
Al comercio todavía le cuesta levantar la cabeza y ese fenómeno parece que pesa más en las grandes urbes, donde la dinámica de los sectores de producción primaria se ve lejos en la geografía y en el tiempo. Las disparidades sectoriales son también contingencias socioeconómicas.
Además, al motor le cuesta funcionar con los gases tóxicos de la inflación, que ahora parece retomar el sendero descendente, con un gradualismo esperable, por la indexación inercial, aun cuando esa explicación sea un breve consuelo para bolsillos agotados y sin la energía suficiente para, por ejemplo, reactivar la demanda por créditos.
Esta última herramienta es la que todos están mirando, incluso más allá de los hogares. Y si bien el Gobierno ha flexibilizado algunos parámetros financieros, todavía está lejos de encontrar una fórmula para dinamizar el crédito, sobre todo el que sea capaz de impactar en el sector productivo.
La cuestión es cómo alinear el descenso de las tasas de interés frente a un ritmo inflacionario que el mercado ya ubica en el 30% anual.
Para Osvaldo Giordano, actual presidente del Ieral de la Fundación Mediterránea, la clave pasa por “institucionalizar un esquema bimonetario que otorgue al dólar un estatus legal explícito”.
Eso implica afinar la hoja de ruta monetaria, cambiaria y financiera de largo plazo. Pero el Gobierno ha dado demasiadas muestras de la escasa permeabilidad a las opiniones externas.

