China altera el orden mundial
En un contexto de mayor incertidumbre, la capacidad de Argentina para resistir shocks internacionales –desde la imposición del cepo en adelante– se ha debilitado significativamente.
La devaluación del yuan del pasado mes, de alrededor del cinco por ciento, implicó mucho más que un simple cambio en la paridad de las monedas. Considerando que China es la segunda economía mundial, nada puede hacer sin que ello genere efectos, sobre todo en el escenario internacional. Más cuando tales decisiones son tomadas en un momento particular de su economía, con una transición de un modelo con crecimiento liderado por la inversión y las exportaciones a otro basado en el consumo. Las iniciativas del gigante asiático han prendido algunas luces de alarma en la economía mundial. Luego de la crisis de 2008, el mundo confiaba en los países emergentes y, sobre todo, en China, como motor del crecimiento global. Predominaba la idea de una economía internacional en dos velocidades: los emergentes haciendo la convergencia hacia el ingreso per cápita de los desarrollados y ayudando a estos a salir de la crisis. Este escenario se desdibujó desde 2012 en adelante. Pero la devaluación del yuan podría abrir otra nueva etapa. Mayor competencia En particular, podría estar diciendo que no sólo China y los emergentes van a crecer mucho menos sino que, además, van a competir de manera dura en los mercados internacionales. Uno de los logros más espectaculares luego de la crisis subprime fue evitar una guerra por "robarle" la demanda al vecino a través de devaluaciones como forma de salir de la crisis. El movimiento de la divisa china y las del resto de los emergentes, Europa y Japón desde 2012 hasta la actualidad, abre interrogantes en relación con esto. De aquí que se vuelva a hablar de guerra de monedas. Uno de los problemas más difíciles de resolver para el sistema internacional denominado habitualmente globalización es el de definir qué régimen monetario deben tener las economías nacionales para integrarse a los flujos de comercio y de capital mundiales. Hay ejemplos muy evidentes de esta dificultad: Argentina parecía que había encontrado la fórmula con la convertibilidad y terminó en una de sus peores crisis económicas. La Unión Europea avanzó hacia una unión monetaria y varios países de la periferia –encabezados por Grecia– están empantanados en una recesión que amenaza con convertirse en una década perdida. Brasil parecía haber encontrado la solución en un régimen de metas de inflación, pero hoy fracasa en cumplir con sus objetivos mientras su economía se deprime y, habiendo sido uno de los países que más bregó por evitar la guerra de monedas, hoy devalúa fuertemente para hacerse competitivo, aun cuando ello implica no respetar la meta inflacionaria. El cambio no anticipado que acaba de realizar China en su régimen de tipo de cambio administrado implica que tampoco encontró la fórmula para integrarse a la nueva situación de la economía global y que, ante la perspectiva de una caída del crecimiento, al igual que Brasil no dudó en devaluar. Se necesita un acuerdo Lo que pone esto en el centro del debate es el hecho evidente de que se necesita un acuerdo entre las economías más grandes para diseñar un régimen de manejo de la liquidez mundial que evite los cimbronazos cada vez que hay un problema de crecimiento. Puesto en otros términos: el mundo global necesita una moneda confiable y la devaluación china nos recuerda que estamos lejos de lograrlo. Esto, por supuesto, no debe entenderse como una visión apocalíptica de lo global. Todo lo contrario: implica que hay que estar atentos a los pasos que darán los países importantes para solucionar el problema. Todos tienen demasiado para perder si falla la coordinación de la liquidez mundial. Pero, eso sí, no se puede ignorar que la incertidumbre aumenta cada vez que un gran jugador mira más su juego que las consecuencias sobre el resto. Yendo a nuestro país, las autoridades harían bien en seguir con atención las repercusiones de estos eventos. En un contexto de mayor incertidumbre, la capacidad de Argentina para resistir shocks internacionales –desde la imposición del cepo en adelante– se ha debilitado significativamente. La devaluación de las monedas emergentes –y particularmente la de Brasil– hace mucho menos sostenible la regla para la administración del tipo de cambio que el Banco Central viene llevando adelante y no nos será para nada fácil resistir un mayor ritmo de atraso cambiario porque no contamos con reservas para hacerlo. Para peor, cuanto mayor sea la devaluación de quienes nos rodean, más alta quedará la vara de la competitividad, elemento crucial para mejorar nuestra inserción en el mundo. Claramente, no podemos esperar novedades de ningún tipo de este gobierno ya en salida, ni por el lado de los factores estructurales de la competitividad ni tampoco por el de una corrección cambiaria a una velocidad más rápida que en los últimos meses. Por lo que será una agenda abierta para la nueva administración que asuma en diciembre. Un desafío enorme, del que dependerá la suerte de nuestro país en los próximos años.

