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Relaciones internacionales. Zanahoria, garrote y un límite: la estrategia de Estados Unidos ya no alcanza

El discurso de Marco Rubio en Múnich no sólo describió un cambio geopolítico, sino que anticipó una forma de pensarlo. Pero la estrategia que vino después choca con un límite estructural: un mundo demasiado interconectado para reorganizarse sin altos costos.

21 de abril de 2026, 17:07
Santiago Arévalo
Zanahoria, garrote y un límite: la estrategia de Estados Unidos ya no alcanza
Marco Rubio, secretario de Estado de Estados Unidos.

En su momento, el discurso de Marco Rubio en la Conferencia de Seguridad de Múnich pasó casi como una intervención más dentro del repertorio diplomático occidental.

Sin embargo, visto en perspectiva, funcionó como un anticipo. No sólo describía un cambio en el sistema internacional; empezaba a construir el lenguaje necesario para hacerlo posible.

Muchas veces, las grandes transformaciones comienzan en el plano simbólico. Aparecen nuevas palabras, regresan viejas categorías y los líderes reorganizan el mundo. Primero en el lenguaje y luego en la práctica.

En Múnich, Rubio articuló tres campos semánticos claros: identidad (Occidente, civilización, historia compartida), crisis (rivalidad entre potencias, debilitamiento interno, cambio histórico) y respuesta (alianza, cooperación, reorganización).

Esa secuencia –identidad, crisis y respuesta– no es neutral; suele aparecer cuando se preparan decisiones más costosas y conflictivas.

Lo que en Múnich era lenguaje pronto adquirió forma política. La estrategia internacional de Estados Unidos, bajo Donald Trump, desplegó una lógica reconocible: presión extrema combinada con negociación, una variante del esquema de “policía bueno, policía malo”.

Desde el comienzo de su gestión, Trump encarnó simultáneamente el garrote y la zanahoria: aranceles contra China y amenazas a Irán, junto con ofertas de negociación y gestos de distensión. No se trató de alternar entre presión y acuerdo, sino de concentrar ambas dimensiones en una misma lógica. La zanahoria no corregía al garrote; lo complementaba como parte de un mismo movimiento.

Cuando el bueno no se diferencia del malo

En los últimos meses –especialmente en la dinámica del conflicto con Irán– ese esquema ha mostrado un desplazamiento. La zanahoria y el garrote ya no se presentan de forma secuencial, sino que aparecen juntos, casi superpuestos.

El problema no es la contradicción, sino la simultaneidad.

Cuando presión y negociación se exhiben al mismo tiempo, dejan de funcionar como etapas de una estrategia y pasan a operar como señales de un fenómeno diferente: la pérdida de direccionalidad. Más que un método ordenado, aparece una oscilación permanente.

Trump y su equipo de seguridad nacional (con Marco Rubio, en el medio) monitoreando los ataques a Irán.
Trump y su equipo de seguridad nacional (con Marco Rubio, en el medio) monitoreando los ataques a Irán. (La Voz.)

Esa oscilación se vuelve visible en la propia comunicación; declaraciones que se contradicen en cuestión de horas, anuncios que se corrigen, mensajes que no terminan de fijar una línea.

En el caso de Trump, esa dinámica aparece en su uso constante de redes sociales, donde la superposición de presión y negociación se ve en tiempo real.

Pero el fenómeno no es sólo personal: atraviesa a los distintos actores –Estados Unidos, Irán, Israel–, cuyas decisiones y estrategias comunicacionales también oscilan sin fijar un rumbo claro. La inestabilidad no es unilateral, sino compartida, y refleja la compleja red de consecuencias que la decisión de un actor puede tener en la arquitectura global.

El límite de la presión

La lógica del presidente Trump supone que el sistema internacional responde de manera directa a la presión de una gran potencia. Que escalar lo suficiente obliga al adversario a ceder. Pero este supuesto no siempre coincide con la estructura real del sistema en el que se busca incidir.

El mundo actual no es un tablero de piezas aisladas, sino una red de conexiones –económicas, tecnológicas, energéticas– donde cada intervención produce efectos múltiples. En ese contexto, la presión simplemente no funciona como se espera.

El caso de Irán es revelador. No respondió en la confrontación directa –donde es más débil–, sino en la interdependencia, operando sobre redes regionales y flujos energéticos. El conflicto deja de ser entre actores aislados y pasa a ser una intervención en una red donde cada movimiento genera efectos en cadena.

La presión no sólo encuentra resistencia; también produce efectos que la complican. Sanciones y amenazas obligan a los actores a reorganizarse, diversificar vínculos y desarrollar nuevas formas de operar.

El resultado es paradójico. Cuanto más se intenta simplificar el sistema en bloques claros, más complejo y difícil de controlar se vuelve.

Aquí aparece la contradicción de fondo. Reorganizar el mundo en bloques supone que ese mundo es separable. Pero la infraestructura global indica lo contrario. Durante décadas, la globalización construyó una arquitectura densa –cadenas de suministro distribuidas, sistemas financieros interconectados y dependencias tecnológicas cruzadas– cuya desarticulación implica costos y riesgos que no siempre entran en el cálculo político.

El problema no es sólo de poder, sino de diagnóstico. Se subestima la complejidad del sistema. Es relativamente sencillo endurecer el lenguaje, identificar adversarios y anunciar reorganizaciones. Mucho más difícil es reconfigurar un sistema que lleva décadas profundizando sus conexiones.

América latina lo muestra con claridad. Crece la presión para alinearse, pero las economías siguen insertas en redes globales. El resultado no es una elección limpia, sino una tensión permanente.

La dinámica que viene

Queda entonces una pregunta abierta. ¿La superposición de presión y negociación es un rasgo propio de Trump o anticipa una lógica más duradera?

Si esta lógica se consolida, Estados Unidos seguirá operando bajo un esquema dual. Hacia sus aliados, especialmente Europa, primero exhibirá la zanahoria –narrativas compartidas, cooperación, beneficios– y mantendrá preparado el garrote como instrumento disciplinador. Hacia sus adversarios invertirá la secuencia: primero la amenaza, luego la negociación.

No es una incoherencia. Es un método. Pero incluso los métodos más eficaces encuentran límites cuando el sistema sobre el que operan deja de responder de manera previsible.

El miedo que ordena

Si ese desplazamiento es real, la lógica actual puede no ser una anomalía, sino un anticipo. En un contexto de creciente polarización a nivel regional y local, las alianzas dejan de organizarse en torno a proyectos comunes y pasan a estructurarse en torno a amenazas.

Como ha señalado Yuval Noah Harari, las grandes formas de cooperación humana se sostienen en narrativas compartidas. Cuando esas narrativas se debilitan, emerge otra forma de coordinación: la oposición a un enemigo común.

En ese vacío, la polarización deja de ser un problema y se convierte en un recurso. Un dispositivo eficaz para ordenar, simplificar conflictos y producir consenso en torno a decisiones que, de otro modo, serían difíciles de sostener.

En ese contexto, a las sociedades no las ordena la afinidad ni un proyecto compartido. Lo hace, más bien, el peligro y el espanto.

Escritor