Una canción de libertad
Mandela tuvo la maravillosa certeza para detectar al peor enemigo de nosotros mismos: no son simplemente los otros hombres, sino los conceptos culturales que hacen que unos se sientan de un modo y otros de otro.
Cuando la humanidad amanezca en las calles de la justicia y de la libertad se elevarán melodías que nombren a Mandela. Habrá nuevas notas y palabras en su honor, y también se repetirán algunas de las tantas que hasta aquí, en un mundo todavía lacerado por la inequidad, se cantan en homenaje a uno de los más gigantes líderes de la humanidad, de la condición humana.
Es que Mandela será siempre el final de un verso inscripto en una canción para cantar en las plazas, en los templos, bajo el cielo y sobre la tierra, en las esquinas donde se reúne lo sagrado y lo mundano. Porque si en cada uno de nosotros hay algo de las dos cosas, en Nelson Mandela, antes en su corazón y ahora en el legado de su alma, estaba la esencia de lo más sublime del hombre.
Hay hombres que vienen a este mundo con el pecho abierto, dispuesto a dejar entrar el rayo de la claridad. Por que lo que vio Mandela cuando ya era abogado fue una inequidad tan obvia como inaceptable. Hoy, aquella inequidad del apartheid nos parece, a la distancia de los años y con la evolución de conceptos, como algo absurdo y hasta de un pasado irreal y fantástico, pero entonces era tan verdad como la fuerza bruta y el dominio psicólogico y cultural que los blancos ejercían sobre los negros en Sudáfrica.
Era una versión insultante de la condición humana, justamente en cercanías de donde había nacido la humanidad, en la sabana africana. Los blancos invasores, milenios después, habían venido a someter a los hijos de la naturaleza.
Para rebelarse contra ese estado de cosas, había que ser valiente y consciente, y para liderar la resistencia había que tener más cualidades todavía: primero ser dueño de una poderosa lucidez, de que esa que alumbra el pecho y la mente con convicciones profundas, y un compromiso definitivo.
Y Mandela era uno de esos seres únicos que la tierra da a luz cada tanto, y que por eso mismo se vuelven los instrumentos señalados para que los hombres se quiten algunos de los grilletes que no sólo los separan sino que los injurian, y pasen a respirar la dulce brisa de la dignidad.
Fue el preso más famoso y más popular de la tierra. “En prisión uno está frente a frente con el paso del tiempo. No hay nada más aterrador”, contaría él mismo hombre que recuperara su libertad en 1990, después de 27 años de cárcel. Pero, claro, ni siquiera se dejó aterrar por el tiempo, pues no era un prisionero más: las cadenas y las esposas sólo parecían adornar su aureola. Quien lo vieron en la cárcel, cuentan que la prisión iba por fuera, que no estaba ni en sus ojos ni su sonrisa.
“En una visita, lo trajeron a la sala donde nos reuníamos con los presos. Llegó escoltado por dos guardias delante, dos a cada lado y dos detrás. Lo increíble de Mandela es que nunca se comportó como un prisionero. Caminaba con la frente en alto y era él quien marcaba el paso a los escoltas. Cuando llegó me dijo en broma: George, permíteme que te presente a mi guardia de honor. Al menos uno de los policías no pudo esconder una sonrisa", recordaría su abogado Jorge Brizos.
Es que Nelson Mandela, donde quiera que estuviese, siempre sería un hombre libre.
Cuando finalmente en febrero de 1990 salió de la cárcel, todavía le restaba escribir uno de sus mejores capítulos: convencer a sus seguidores que los enemigos no eran los hombres blancos, uno a uno, sino el concepto de la superioridad blanca que enarbolaban.
“Cuando salió de la cárcel y nos habló de reconciliación nosotros pensamos: ‘Esto es una locura. No podemos reconciliarnos con criminales, que asesinaron a nuestros hijos, que mataron a prisioneros en las cárceles’. Entonces Mandela convocó a una reunión en la que nos dijo claramente: ‘Nuestro pueblo ha muerto innecesariamente. No queremos un baño de sangre. Porque la única sangre que correrá será la del hombre negro’. Fue entonces que entendimos que quería decir con reconciliación”, relataría tiempo después Albertina Sisulu, activista del Congreso Nacional Africano.
Y hubo más. Se convirtió en el hombre más poderoso de Sudáfrica, fue presidente y durante su gobierno cumplió muchos de los anhelos suyos y los de su gente. Sin embargo, en otro gesto de desprendimiento, renunció a un segundo mandato: ya era hora que los sudafricanos escribieran su historia sin él.
En la existencia de Nelson Mandela está la imprescindible promesa de que todos podemos ser mejores. Además, tuvo la maravillosa certeza para detectar al peor enemigo de nosotros mismos: no son simplemente los otros hombres, sino los conceptos culturales que hacen que unos se sientan de un modo y otros de otro, hasta que la libertad y la dignidad queden arrasadas en la naturalidad de los días.
Por eso es que Mandela será siempre una canción de justicia y libertad.

