Comicios generales. En Perú, la brecha entre política y economía signa la elección presidencial
El país andino va a las urnas en un escenario signado por la desintegración política, el alto rechazo popular a los candidatos y una economía sólida y en equilibrio pese a la profunda crisis institucional.
Perú va a las urnas el próximo domingo en un clima electoral que mixtura una singular rutina democrática con vértigo institucional. No es una novedad: en el país donde la economía aprendió a caminar sola mientras la política tropieza a menudo con la misma piedra y cae de cabeza sin poner siquiera las manos, cada elección es a la vez un trámite y un plebiscito sobre su propia fragilidad. La primera vuelta de los comicios generales abre un nuevo capítulo de esa paradoja persistente.
Esta vez -quizá como nunca- lo que está en juego es mucho más que el máximo cargo político del país. Los peruanos elegirán un presidente y dos vicepresidentes para el período 2026-2031, pero también renovarán completamente el mapa legislativo: 60 senadores, 130 diputados y cinco representantes al Parlamento Andino. Es, en rigor, una reconfiguración integral del poder político en un sistema que en la última década ha demostrado una notable facilidad para implosionar.
Complejidad mayúscula
El padrón electoral supera los 27 millones de ciudadanos habilitados para votar en una jornada que se extenderá de 7 a 17 hora local (9 a 19 hora argentina). El voto es universal, directo y obligatorio entre los 18 y 70 años y se emite de manera presencial. El debate sobre la digitalización del sufragio lleva años, pero todavía no se tradujo en cambios concretos. Así las cosas, la logística se vuelve un actor central: la Oficina Nacional de Procesos Electorales (Onpe) calificó estos comicios como “los más complejos de la historia”.
La razón de ese diagnóstico es tangible: más de 40 partidos políticos competirán en 35 boletas sábanas que los votantes encontrarán pasado mañana en el cuarto oscuro. El dato no es menor. La fragmentación extrema convierte el acto de votar en una experiencia casi laberíntica, donde la posibilidad de error crece en proporción directa al tamaño de la oferta. No se trata solo de elegir presidente, sino de navegar una papeleta que incluye candidaturas legislativas y regionales en una misma sábana extra large.
Surtido y asombroso
En ese escenario, 35 candidatos disputan la presidencia. La cifra, por sí sola, describe el nivel de dispersión del sistema político peruano. Pero más revelador aún es el perfil de la oferta electoral: conviven figuras tradicionales con outsiders de distinto origen, desde empresarios hasta militares retirados, pasando por comunicadores, un exfutbolista y hasta un prófugo de la Justicia. Entre ellos, la irrupción del comediante Carlos Álvarez introduce un elemento de ruptura que remite inevitablemente al fenómeno que llevó a Volodimir Zelenski al poder en Ucrania: la política como extensión del espectáculo, pero también como reacción a su descrédito.
En diálogo con La Voz, Héctor Villalobos explicó que esta vez las campañas proselitistas se desarrollaron más en redes sociales que en los espacios públicos, en sintonía con una época que desplaza los formatos tradicionales. Para el editor de Política del diario peruano El Comercio, este cambio no es solo tecnológico: expresa una ciudadanía cada vez más distante de las estructuras partidarias y más receptiva a mensajes directos, muchas veces simplificados, lo que deriva en una marcada volatilidad de las preferencias electorales.
Candidatos de bajo vuelo
En ese contexto, Villalobos advierte que los últimos sondeos muestran un escenario sin liderazgos consolidados. Keiko Fujimori aparece con una ventaja relativa para acceder a una eventual segunda vuelta, pero detrás suyo se configura un cuádruple empate técnico entre Ricardo Belmont, Carlos Álvarez, Roberto Sánchez y Rafael López Aliaga. La carrera, destaca, “es abiertamente impredecible: las intenciones de voto cambian casi a diario y, aun a horas de la elección, no hay certezas sobre quiénes podrían disputar el balotaje”.
El editor también pone el foco en un dato que altera cualquier lectura lineal: el peso del voto en blanco. En un escenario de saturación de candidaturas y desconfianza estructural, la decisión de no optar por ninguna alternativa se ubica muy por encima de los postulantes individuales, como señal de una profunda crisis de representación. A esto se suma un volumen importante de indecisos, integrado mayormente por sectores vulnerables -mujeres con menor nivel educativo, población rural y mayores de 55 años con poca instrucción-, es decir, grupos históricamente más expuestos a los efectos de las políticas públicas.
Sábana extra large
El tamaño y la complejidad de la boleta anticipan un volumen significativo de votos nulos y en blanco, lo que agrega una capa adicional de dificultad a un proceso electoral ya exigente. La democracia peruana no solo debe canalizar la voluntad popular, sino también interpretarla en un contexto atravesado por distorsiones operativas.
Sobrevuela, además, una sensación persistente de deterioro institucional cuyo origen no es único, aunque muchos señalan un punto de quiebre en 2016 con el proceso judicial por corrupción contra el entonces presidente Ollanta Humala que concluyó en condena. Fue entonces cuando el Congreso consolidó un poder que facilitó la destitución recurrente de presidentes. Desde ese momento, el país tuvo ocho mandatarios en menos de una década, en una dinámica que debilitó cualquier intento de estabilidad política.
En contraste, la economía muestra resiliencia. Perú mantiene un crecimiento moderado, inflación controlada y deuda pública manejable. Este desempeño se explica por reglas fiscales relativamente estables, un Banco Central autónomo y un modelo exportador apoyado en recursos naturales. Como uno de los principales productores de cobre, el país se beneficia del alza internacional de la cotización de los metales, mientras las agroexportaciones expanden mercados en Asia, Estados Unidos y Europa.
Sin embargo, este equilibrio es frágil. La inestabilidad política limita el potencial de crecimiento y la distribución de sus beneficios es desigual. Persisten altos niveles de exclusión social y la inseguridad se ha convertido en la principal preocupación ciudadana.

