La vida con el “abuelo venerable”
A mediados de los años ’90, Sudáfrica era un laboratorio de acción social y política.
A mediados de los años '90, Sudáfrica era un laboratorio de acción social y política. La construcción de una nación multirracial, capaz de avanzar hacia el siglo 21 sin profundizar diferencias, era el objetivo. Y fue Nelson Mandela quien recibió el mando para comenzar ese desafío entre 1994 y 1999 (ver Líderes del mundo evocaron a Madiba). La experiencia de desembarcar en esa tierra no sólo era enfrentarse a culturas diferentes, a otros tonos de piel, a animales de película o a una geografía agujereada como un gruyere por la minería, sino que también era ingresar a un camino abierto hacia el futuro. Madiba (abuelo venerable, en su lengua) gobernaba en realidad una bolsa de gatos hambrientos y en celo. Los blancos y los negros se odiaban desde siempre, pero los blancos también se querían autodestruir desde las guerras anglo-boer (holandeses). Los negros tampoco jugaban juntos, puesto que etnias y tribus tenían disputas ancestrales y siempre con sangre. En Johannesburgo se cocinaba el poder económico cimentado en el oro y los diamantes de las minas. Por aquel tiempo, esa ciudad era tal vez el fotograma que representaba la transición de un país que venía de medio siglo en el que las personas de piel negra eran consideradas apenas superiores a los animales.Desandar las avenidas de rascacielos vidriados o los barrios más humildes permitían observar que la gente aún no tenía muy en claro qué pasaba o qué iba a pasar. Los blancos se habían refugiado en ciudades satélites, custodiadas por gigantes que alardeaban sobre quién tenía la ametralladora más larga. Los negros, en cambio, caminaban por lugares a los que antes no tenían acceso y, casi por inercia, a las cinco de la tarde desaparecían. Entonces, la ciudad se transformaba en un desierto de acero, vidrio, concreto, chapas y cartones. No había gente, no había perros.Sobre Mandela, lo que se veía en aquel tiempo era la simpleza de un anciano sabio que, después de 27 años preso, se paró en la mitad de la cancha y hacía un profundo esfuerzo por curar las divisiones. Cuando terminó el mandato, simplemente dijo adiós.

