En Pakistán. Irán y EE.UU. cierran con optimismo la primera jornada de negociación
El diálogo histórico entre ambos países avanza con cautela, pero persisten fuertes desacuerdos sobre Ormuz, seguridad regional y condiciones clave para un acuerdo duradero.
En una escena que durante décadas pareció imposible, Estados Unidos e Irán rompieron ayer en Islamabad el silencio diplomático que arrastraban desde 1979. No fue un gesto menor ni una foto protocolar: fue un cara a cara, un diálogo directo sin intermediarios en medio de una guerra que, tras seis semanas, había mostrado más límites que resultados.
La jornada comenzó con desconfianza. Durante horas, las delegaciones se movieron en paralelo dentro del hotel Serena, intercambiando mensajes a través de mediadores paquistaníes. Esa diplomacia de mensajeros, que durante años evitó el contacto directo, parecía resistirse a desaparecer. Pero finalmente cedió. A las 16.55, hora local (8.55 en Argentina), el vicepresidente JD Vance y el presidente del Parlamento iraní Mohammad Baqer Qalibaf se sentaron frente a frente.

El encuentro, definido como “trilateral cara a cara” por la Casa Blanca, incluyó a Pakistán como anfitrión. La negociación se extendió durante siete horas, con pausas técnicas, recesos religiosos y una cena de trabajo que permitió sostener el diálogo hasta la noche. Al cierre, ambas partes intercambiaron las primeras actas de acuerdo. El tono, según fuentes diplomáticas, fue “moderadamente optimista”, lo que en términos diplomáticos ya representaba un avance.
Asperezas por Ormuz
Ese optimismo convivió con una realidad más áspera: las diferencias estructurales seguían intactas. El principal desacuerdo giró en torno al control del estrecho de Ormuz, la principal arteria energética global. Teherán defendió su derecho a administrarlo e incluso a imponer tarifas de tránsito. Washington, con instrucciones directas del presidente Donald Trump, exigió navegación libre e irrestricta, con garantías verificables. No era un matiz técnico, sino una disputa de poder.
Las “líneas rojas” terminaron de delinear el terreno. Irán condicionó su participación a incluir el frente libanés en la tregua y a la liberación de activos financieros bloqueados. Estados Unidos, en cambio, llegó con un mandato claro: asegurar Ormuz y cerrar cualquier posibilidad de desarrollo nuclear con fines militares. Dos agendas que, más que cruzarse, chocaban.
Afirmaciones y desmentidas
La tensión escaló a media tarde, cuando medios iraníes difundieron una supuesta concesión estadounidense para liberar fondos congelados. La noticia circuló como un triunfo anticipado en Teherán, pero fue rápidamente desmentida por la Casa Blanca. El episodio dejó al descubierto la fragilidad del proceso: una negociación capaz de avanzar en la mesa y retroceder en el terreno político.
En paralelo, el frente militar siguió filtrándose en la discusión. Irán negó de forma tajante que buques estadounidenses hubieran iniciado tareas de desminado en Ormuz, como había afirmado el Comando Central de Estados Unidos. La disputa por los hechos, incluso en tiempo real, reflejó el nivel de desconfianza que condicionaba cada movimiento.
Mientras tanto, Islamabad se transformó en una ciudad fuertemente custodiada. La llamada “Zona Roja” fue blindada por el Ejército, con controles estrictos y una logística diseñada para sostener un evento que desbordó lo diplomático. Cientos de periodistas, delegaciones técnicas y enviados especiales colmaron hoteles y centros de prensa. La capital paquistaní ocupó, por un fin de semana, el centro del tablero global.
Un anfitrión activo
Para el gobierno de Shehbaz Sharif, el éxito de la mediación no era solo político, sino estratégico. La estabilidad del estrecho de Ormuz impacta directamente en su economía y en su seguridad energética. De allí la presión para extender las conversaciones más allá del sábado y forzar avances antes de que expire la tregua de 14 días.
En ese contexto, en los pasillos del Serena y del Centro de Convenciones Jinnah comenzó a instalarse, con cautela, una palabra hasta hace poco lejana: alto el fuego permanente. No como certeza, sino como posibilidad. La negociación logró, al menos, desplazar la lógica de la confrontación hacia un terreno más incierto, pero también más productivo: el de la discusión técnica.
Ese cambio no garantiza resultados. Las diferencias sobre Ormuz, las exigencias económicas y la dimensión regional del conflicto siguen siendo obstáculos de peso. Pero el solo hecho de que Washington y Teherán se sentaran en la misma mesa ya modifica el tablero.
Este domingo aparecía así como una extensión natural de un proceso que, por primera vez en décadas, dejó de girar en torno a la amenaza para ensayar, aunque sea de forma precaria, el lenguaje de la negociación. El desenlace, como casi todo en este conflicto, seguía abierto. Pero algo había cambiado: el diálogo, aún frágil, ya era un hecho.



