Aniversario. Estados Unidos cumple 250 años: del sueño unificador de los fundadores a las grietas de la era Trump

Los festejos por el aniversario de la Independencia llegan en un contexto de fuerte polarización política, disputas sobre la identidad estadounidense y pérdida del liderazgo indiscutido en el contexto mundial.

03 de julio de 2026 a las 09:56 p. m.
Estados Unidos cumple 250 años: del sueño unificador de los fundadores a las grietas de la era Trump
Festejos por 250 aniversario de EE.UU.

John Adams, uno de los padres fundadores de Estados Unidos, dejó en una carta a su esposa en 1776 en la que decía que el aniversario de la Independencia debería celebrarse con “pompa y desfile, con juegos, deportes, armas, campanas, hogueras e iluminaciones de un extremo a otro de este continente desde ahora y para siempre”.

Aquellas palabras simbolizan dos emblemas de la identidad estadounidense: los fuegos artificiales –un show infaltable cada 4 de julio– y la idea de que EE.UU. es toda América.

Doscientos cincuenta años después, Estados Unidos celebra el cuarto de milenio de su nacimiento con una economía poderosa, un potencial militar sin comparación y una capacidad tecnológica que aún marca el ritmo del planeta.

Sin embargo, la percepción de su peso relativo en el contexto mundial aparece devaluada, por varios factores.

En el ámbito interno también llega con una fractura política, cultural y social que muchos historiadores consideran una de las más profundas desde la Guerra Civil.

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Disputas en todos los frentes

El aniversario 250 es uno de los mayores acontecimientos cívicos de la historia estadounidense.

Desde hace años, organismos públicos, museos, estados y organizaciones civiles preparan actividades que abarcan todo 2026, en marcha desde hace meses.

A eso se sumó la iniciativa impulsada por el presidente Donald Trump, que convirtió la conmemoración en uno de los ejes simbólicos de su segundo mandato.

Entre los actos centrales aparecen un gran espectáculo de fuegos artificiales sobre el National Mall de Washington, el desfile naval Sail 250 con grandes veleros históricos, la inauguración de la biblioteca presidencial dedicada a Theodore Roosevelt, celebraciones especiales en el Monte Rushmore, una feria nacional con representación de los 50 estados, restauraciones de sitios históricos vinculados con la Revolución y programas educativos en cientos de parques nacionales.

Sobre el papel, el programa busca recordar el nacimiento de la república y reforzar la idea de una identidad compartida. En la práctica, el aniversario refleja un país donde el patriotismo dejó de tener un significado común.

La división aparece en casi todos los temas que dominan el debate público. La inmigración es uno de los más visibles.

Trump convirtió el control de las fronteras y las deportaciones masivas en uno de los pilares de su gestión. Sus partidarios consideran que esas políticas recuperan la soberanía nacional y fortalecen la seguridad. Para el resto, los guardias ultrapertrechados del ICE pateando puertas y cometiendo otros excesos –que llegaron incluso al asesinato de sospechosos– no tienen nada que ver con la tradición estadounidense como tierra de inmigrantes, a la vez que deterioran derechos básicos.

Muere un adolescente inmigrante mexicano bajo custodia de ICE en Florida
Muere un adolescente inmigrante mexicano bajo custodia de ICE en Florida (AP)

La discusión también alcanza al papel del Estado federal. Los republicanos defienden una administración más reducida, menos regulaciones y mayor autonomía para los estados.

Pero eso provocó fuertes recortes en salud, educación, políticas ambientales y protección social, que muchos rechazan. La disputa excede las cuestiones económicas. Cada sector ofrece una definición distinta sobre qué significa ser estadounidense.

La educación es otro frente de conflicto. En numerosos estados gobernados por republicanos surgieron reformas para modificar contenidos escolares relacionados con historia racial, diversidad sexual y cuestiones de género.

El intento de recuperar valores tradicionales y evitar el adoctrinamiento político. Provócó intentos de censura y una visión parcial del pasado nacional.

Irán, una guerra impopular

La política exterior tampoco escapa a la confrontación. Trump profundizó una estrategia basada en el principio de "America First", con presión sobre aliados tradicionales, cuestionamientos a organismos internacionales y prioridad para los intereses nacionales frente a compromisos multilaterales.

El argumento fue defender al contribuyente estadounidense. Pero esas actitudes –a veces erráticas– contribuyeron a debilitar el liderazgo internacional construido después de la Segunda Guerra Mundial.

Un coche dañado se muestra en un conjunto residencial que, según las autoridades, fue alcanzado el 4 de marzo durante la campaña militar estadounidense-israelí, en el sureste de Teherán, Irán. (Vahid Salemi)
Un coche dañado se muestra en un conjunto residencial que, según las autoridades, fue alcanzado el 4 de marzo durante la campaña militar estadounidense-israelí, en el sureste de Teherán, Irán. (Vahid Salemi) (AP)

La reciente confrontación con Irán volvió a exhibir esa fractura. La narrativa oficial fue instalar la ofensiva como una demostración de fuerza destinada a impedir que Teherán alcanzara capacidad nuclear y a restaurar el poder de disuasión estadounidense en Medio Oriente.

Pero gran parte de la ciudadanía lo acusa de arrastrar al país hacia otro conflicto de larga duración, con altos costos humanos, económicos y diplomáticos.

Bipartidismo, todo o nada

Las diferencias también atraviesan el sistema judicial, la libertad de prensa, el alcance de las decisiones presidenciales y la confianza en las instituciones electorales.

Cada elección parece convertirse en un plebiscito sobre la legitimidad del otro sector político. Las encuestas muestran una caída sostenida de la confianza entre ciudadanos con distintas preferencias partidarias.

Para mucha gente, el adversario político representa una amenaza para el futuro del país, una percepción poco habitual en décadas anteriores.

Ese clima contrasta con el que predominó durante el Bicentenario de 1976. Estados Unidos atravesaba entonces una etapa difícil. La derrota en Vietnam aún dolía, el escándalo de Watergate había provocado la renuncia de Richard Nixon y la economía enfrentaba inflación y crisis energética. Sin embargo, el país conservaba una posición internacional sin rivales comparables.

La Unión Soviética constituía el único competidor estratégico, aunque su economía mostraba señales de agotamiento. Europa Occidental permanecía bajo el paraguas militar estadounidense. China todavía no iniciaba su transformación industrial. Japón aparecía como potencia económica, aunque sin capacidad para disputar el liderazgo político global. El dólar dominaba el sistema financiero internacional, Hollywood definía la cultura popular y las grandes innovaciones tecnológicas surgían casi siempre en suelo estadounidense.

El mundo de 2026 es un escenario muy distinto.

Con competencia, y sin acuerdos básicos

Estados Unidos conserva la economía más grande del planeta en términos nominales, el presupuesto militar más elevado y empresas líderes en inteligencia artificial, biotecnología y servicios digitales.

Sin embargo, ya no ejerce la supremacía casi absoluta.

El ascenso de China modificó el equilibrio internacional. Beijing desafía a Washington en comercio, infraestructura, innovación tecnológica y presencia diplomática. La competencia por los semiconductores, la inteligencia artificial y las cadenas globales de suministro expresan esa nueva realidad.

A eso se suma el fortalecimiento de grupos como los Brics, que buscan reducir la dependencia del sistema financiero dominado por EE.UU.

Tampoco existe el consenso interno que caracterizó otras etapas de la historia estadounidense. Durante buena parte del siglo 20, republicanos y demócratas compartían acuerdos básicos sobre el papel internacional del país, la economía de mercado y el funcionamiento institucional. Esos puntos de encuentro hoy aparecen mucho más debilitados, “gracias” a Trump.

La propia organización de los festejos refleja esa realidad. La comisión bipartidista creada por el Congreso para coordinar el aniversario comparte protagonismo con Freedom 250, la estructura impulsada desde la Casa Blanca por Trump.

Lo que en otras épocas hubiera funcionado como una celebración nacional unificada terminó atravesado por la lógica de la competencia política.

Hacia dónde va EE.UU.

Quizás la mayor diferencia entre 1776, 1976 y 2026 no resida en el poder militar, en la riqueza económica o en la influencia internacional, sino en la confianza compartida sobre el significado del proyecto estadounidense.

Los padres fundadores discutieron con intensidad, pero coincidían en la necesidad de construir una nación.

Hoy, una parte importante de la sociedad pone en duda tanto el rumbo interno como el papel que el país debe ocupar en el mundo.

En ese contexto surge un dilema que atraviesa buena parte del debate público estadounidense y también la mirada del resto del mundo: no está claro si el paradigma que representa Trump expresa la necesidad de aquel orgullo profundo que acompañó la construcción del país y alimentó la convicción de un destino excepcional, o si constituye una caricatura grotesca de esa tradición y, por ende, en el fondo más sincera.

Es decir, la imagen de un gigante atolondrado, convencido de que sólo puede avanzar a fuerza de romper equilibrios, deshacer acuerdos de manera caprichosa y convertir cada diferencia en un enfrentamiento.