Medio Oriente. Días y noches sin fin bajo el terror constante
Misiles disparados a toda hora, refugios abarrotados y agotamiento extremo marcan la vida diaria en Israel, donde la población civil enfrenta una guerra sin salida clara.
Vivo en Israel desde hace 37 años y nunca sentí algo así. La guerra con Irán no se parece a nada de lo que hayamos atravesado antes. Nuestra vida cotidiana se volvió una rutina de sobresaltos, de noches interminables y de cansancio acumulado. Dormir es casi un lujo. Las alarmas suenan a la 1, a las 2, a las 3 de la madrugada. Cada hora u hora y media vuelven los misiles o los drones, y uno ya duerme con un oído atento, listo para levantarse y correr.
No todos tienen refugio en sus casas. En mi caso, cada vez que suena la sirena tengo que salir apurado, bajar escaleras o correr hacia el refugio más cercano. La escena se repite en todo el país: gente en pijama, chicos asustados, adultos mayores intentando moverse lo más rápido posible. Hay edificios que dejan las puertas abiertas para que cualquiera pueda entrar si lo sorprende un ataque en la calle. Es una especie de código silencioso de supervivencia.
El agotamiento es total. Estamos absolutamente exhaustos, pero igual hay que seguir. Al día siguiente hay que trabajar, estudiar, ir al supermercado. Intentamos sostener una normalidad que en realidad no existe. Uno sale de casa sabiendo que es una lotería. Los misiles pueden caer en cualquier lado, y algunos explotan en el aire liberando múltiples cargas que se dispersan en un radio enorme. Incluso los restos de los proyectiles, que pesan toneladas, pueden provocar daños graves.
Angustia diaria
Lo más duro es ver cómo esto golpea a la gente común. Los que toman decisiones no viven esta angustia diaria. Somos los ciudadanos los que ponemos el cuerpo. Y no solo aquí: también pienso en la gente en Irán, que seguramente tampoco tiene acceso a información libre y vive bajo otro tipo de presión.
En el norte, además, están los ataques desde Líbano por parte de Hezbollah. Esos misiles son aún más difíciles de esquivar porque el tiempo de reacción es mínimo. Todo esto convierte cada salida en un riesgo calculado: uno ya sabe dónde estacionar, por dónde caminar y cuál es el refugio más cercano.
En las calles, pese al riesgo
Muchos están saliendo a protestar contra el gobierno de Benjamin Netanyahu, incluso con el peligro que implica concentrarse en la calle. Hay un hartazgo creciente, una sensación de que esto no tiene una salida clara. La guerra se siente como una prolongación de lo que empezó el 7 de octubre de 2023, y la confianza en las autoridades está muy golpeada.
La gente en lugares como Córdoba quizás no puede imaginar lo que es vivir así, en tensión constante. Es como una ruleta rusa diaria. Entrar en una guerra puede ser fácil, pero salir es otra historia. Y mientras tanto, somos nosotros, la gente común, los que seguimos contando las horas entre sirena y sirena.

