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Mundo

Pasado y presente. El ciclo interminable de la violencia política en Estados Unidos

28 de abril de 2026, 17:26
El ciclo interminable de la violencia política en Estados Unidos
El presidente Donald Trump, cuandó llegó a la sala de prensa James Brady de la Casa Blanca tras el tiroteo en la cena anual de la Asociación de Corresponsales de la Casa Blanca.

La violencia política no es un lugar nuevo en los Estados Unidos. Más bien, se trata de una historia repetida en varias oportunidades. Nueve presidentes en ejercicio –incluido Donald Trump- fueron víctimas de intentos de magnicidio. En cuatro de esos casos, los asesinos cumplieron con su cometido.

El primer magnicidio en la historia estadounidense fue el cometido el 14 de abril de 1865 por John Wilkes Booth en el Teatro Ford de Washington D.C., hacía poco tiempo que había terminado la Guerra Civil y Booth, que era un simpatizante de la causa confederada, asesino de un disparo en la nuca al presidente Abraham Lincoln.

A esto le siguieron los asesinatos de James Garfield, en 1881, el de William McKinley en 1901, y el más sonado y conocido por haber sido filmado y por el aura que rodea a su protagonista voluntario.

Disparen contra el presidente

Ya en el siglo 20, era asesinado John F. Kennedy, el 22 de noviembre de 1963, inaugurando simbólicamente una era llena de violencia política y convulsión social que se cobraría las vidas de su propio hermano, Robert Kennedy, y de dirigentes sociales como Martin Luther King Jr. o Malcolm X.

Mas acá en el tiempo, los presidentes Gerald Ford y Ronald Reagan también sufrieron intentos de asesinato, aunque estos fueron fallidos y los mandatarios pudieron continuar en sus cargos. Tampoco es la primera vez que Trump es víctima de un intento de asesinato.

El 13 de julio de 2024, mientras daba un discurso de campaña durante un mitin en Butler, Pensilvania, recibió un disparo que rozó su oreja derecha.

El tirador, identificado como Thomas Matthew Crooks, disparó con un rifle semiautomático AR-15 y fue abatido casi inmediatamente por un agente del servicio secreto. Lo que siguió fue la ya histórica fotografía de Trump levantando el puño, con el rostro ensangrentado y una bandera estadounidense flameando detrás.

Algunos meses después, ganaría las elecciones que lo llevarían nuevamente a la Casa Blanca.

El imperio de la violencia

El pasado sábado, Cole Allen abrió fuego durante la cena de corresponsales de la Casa Blanca en un hotel de Washington en donde se encontraba Trump, pero esta vez, no llegó a dispararle al presidente y fue aprehendido rápidamente por agentes allí presentes.

Al parecer, Allen, de 31 años, es un ingeniero y profesor, radicalizado políticamente, aunque sin registración partidista de ningún tipo. Allen dejó un manifiesto a su familia donde aseguraba no estar dispuesto “a permitir que un pedófilo, violador y traidor manche mis manos con sus crímenes”.

Tras los disparos, todos fueron evacuados, incluida la viuda de Charlie Kirk, el activista conservador asesinado en 2025, y Robert Kennedy Jr., quien perdió tanto a su padre como a su tío en hechos de similares características.

En una entrevista al programa 60 minutos, tras el atentado, Trump reconoció que la violencia política “siempre estuvo ahí” y que “no está seguro” si hay más ahora que en otros momentos de la historia del país.

Sin embargo, culpó directamente a los demócratas por lo que él y sus seguidores consideran un “discurso de odio peligroso”. Al afirmar esto, el mandatario, sin embargo, no parece hacerse cargo, ni por asomo, de su cuota de responsabilidad a la hora de haber aportado, con sus discursos y acciones, al actual clima político de polarización extrema que atraviesan los Estados Unidos y gran parte del mundo occidental.

Lejos de la unidad nacional

Los ataques permanentes a sus adversarios políticos, a la prensa, a artistas que lo critican, sus burlas y apodos tanto en redes sociales como en discursos o entrevistas, no muestran, precisamente, a un líder conciliador ni que persiga la unidad nacional.

La violencia política nunca surge de un día para el otro y siempre se retroalimenta hasta llegar a niveles complejos, donde es muy difícil pararla o predecir que va a suceder.

Actualmente, los Estados Unidos atraviesan un momento político de tal polarización y tensión social que solo puede ser comparado con la década de los sesenta. Toda la clase política tiene su buena parte de culpas al respecto.

No obstante, es la máxima autoridad de la Nación quien tiene que tomar las riendas a la hora de bajar los decibeles de la discusión y empezar a ordenar de manera sensata a una sociedad que hace tiempo parece haber perdido el rumbo. Dados los antecedentes del caso, poco y nada indica que algo así vaya a suceder.