
Marcha por Ni Una Menos: los abuelos de Agostina encabezaron la movilización en Córdoba
Por
Redacción La Voz
El femicidio de Agostina Vega volvió a sacudir a la sociedad argentina. Otra vez un asesinato a manos de un varón. Las estadísticas indican que en Argentina ocurre uno cada 31 horas. El número es insoportable porque detrás de cada cifra hay una vida, una familia y una comunidad atravesadas por el dolor.
La cobertura mediática volvió a exhibir algunas de las peores prácticas del oficio. Sin embargo, sería simplista responsabilizar únicamente a los periodistas cuando, en medio de la desesperación, los propios familiares de la víctima agradecían una y otra vez la presencia de la prensa. Somos necesarios. Más aún cuando la Justicia suele llegar tarde y la información pública termina dependiendo del trabajo periodístico.
Fue desgarrador ver cómo los familiares se enteraban por los medios del hallazgo sin vida de la joven. Y lo que vino horas y días después resultó todavía más desalentador y, en algún punto, explica algunas de las carencias que tenemos como sociedad.
El morbo estuvo a la orden del día y les dio letra a quienes siempre encuentran una forma de poner el foco en cualquier cosa menos en el agresor.
¿Por qué un cronista de televisión puso el foco en las cuentas de redes sociales de la víctima y se preguntó si era sexualmente activa? ¿Por qué un panelista señaló sin tapujos que la joven tenía la "soltura" de ir a un lugar que supuestamente conocía? ¿Por qué sabemos cada vez más detalles de la vida de Agostina y cada vez menos de la vida del femicida?
Más allá de comprender el trabajo de colegas que deben mantener horas de programación, buscar información, reconstruir los hechos y conseguir testimonios de quienes rodeaban tanto a la víctima como al victimario, una parte de lo que predominó en la conversación pública fue la violencia simbólica.
Al escuchar al aire un compilado preparado por Noelia Barral Grigera y Yamila Segovia con algunos de los fragmentos de la cobertura hecha por varones, Ernesto Tenembaum reflexionó este miércoles sobre lo ocurrido y aseguró que conoce muy bien las reglas de los medios.
“A veces frente a los micrófonos se pierde el registro del dolor del otro (…) Entiendo que este tema conmovió y entiendo las lógicas de la industria pero uno frente a eso tiene que tener una actitud de respeto (…) Entiendo el enojo del padre cuando ve todo esto”, aseguró el periodista en una larga editorial en la que invita a sus colegas a revisar sus prácticas.
Así, Tenembaum hizo referencia a la violencia que siguió reproduciéndose una y otra vez. El nombre de Agostina apareció reiteradamente asociado a insinuaciones, prejuicios y cuestionamientos sobre su vida privada y la de su familia. La revictimización se volvió parte del relato. Hasta que el propio padre de la joven asesinada puso un límite cuando le preguntaron por qué habían matado a su hija.
Como ocurre tantas veces, estos cuestionamientos suelen salir de la boca de varones. Son mujeres quienes terminan marcando el límite, quienes recuerdan que determinadas preguntas no corresponden y que ciertos comentarios no deberían tener lugar ni en una cobertura periodística ni en una discusión pública.
Del mismo modo, fue valiosa la intervención de Ofelia Fernández este miércoles en Gelatina. Horas antes de la marcha, la exlegisladora intervino el programa con un "kit de miedos" en el que mostraba elementos (Biblia, cuaderno universitario) para que –si alguna vez le pasara algo– crean que era una buena estudiante y no una puta. Más allá de la filosa ironía, Ofelia se quebró al recordar los casos de femicidios que marcaron su vida desde que era niña.
"Veo pibas muertas en el noticiero desde que tengo 5 años y siempre se encuentra una manera de justificarlas (...) La única vez que recuerdo algo diferente fue en 2015, cuando empezamos a marchar. Por eso es importante movilizarnos", sentenció.
A once años de Ni Una Menos, algunos medios siguen comunicando muchos de estos casos sin perspectiva de género. Pero el problema ya no puede reducirse únicamente a los medios.
También habla de una sociedad que sigue preguntándose qué hacía la víctima, cómo se vestía o con quién se relacionaba, antes de preguntarse por las responsabilidades del agresor y por las fallas institucionales y judiciales que permitieron que actuara.
Alcanza con recorrer los comentarios de cualquier publicación en redes sociales para comprobar que algo del tejido social está roto.
En medios, streamings y redes sociales volvió a ponerse sobre la mesa la mirada feminista. Otra vez fueron mujeres (periodistas, artistas, influencers, historiadoras, antropólogas, psicólogas y tantas otras) las que explicaron lo básico. Otra vez.
Durante un tiempo se acusó de manera peyorativa que el feminismo se había pasado tres pueblos, o mil pueblos. Si eso vuelve a suceder, no queda otra que tolerarlo. Porque la problemática sigue ahí. Y porque los resultados muestran que, evidentemente, no fue suficiente. Llevamos cien femicidios en lo que va del año.
Esta vez apareció en todo el sistema mediático y de plataformas un pedido adicional. Casi desde el hartazgo: que los varones nos involucremos. Que hagamos algo. Que dejemos de mirar para otro lado y salgamos del cómodo silencio.
“No todos los varones, pero siempre es un varón”, consignaron. Y, como mostró este caso, tampoco se trata de monstruos aislados ni de locos imposibles de identificar. Son hombres que tienen familia, hijos, trabajo, amigos, que van a la cancha y que se relacionan cotidianamente con otras personas.
Por eso resulta cómodo pensar que el femicida es una excepción. Un error del sistema. Un caso aislado. Pero muchas veces es exactamente lo contrario. Es el producto de una cultura que todavía premia ciertas formas de masculinidad: la demostración permanente de poder, la validación de otros varones, la lógica de la pertenencia y la violencia como forma de resolver conflictos. El recorrido cambia de caso en caso. El patrón suele repetirse.
Frente a ese pedido de involucramiento, algunos comunicadores recogieron el guante. Con mayor o menor profundidad, pusieron el cuerpo y abrieron una conversación necesaria.
Martín Garabal intentó reflexionar sobre la masculinidad y sobre las razones por las que tantos varones prefieren mantenerse al margen. Mario Pergolini mostró en Otro día perdido el iceberg de las violencias difundido por Amnistía Internacional para explicar cómo determinadas conductas naturalizadas forman parte de una cadena que puede escalar hacia formas más graves.
Eial Moldavsky cuestionó en Sería increíble (Olga) la figura del incel y analizó cómo ciertos discursos políticos funcionan como palabras legitimadoras para que adolescentes y jóvenes reproduzcan agresiones contra las mujeres.
La respuesta no tardó en llegar. Cuestionamientos, señalamientos y carpetazos para esos varones que alguna vez tuvieron en el pasado actitudes machistas. Y está bien. El feminismo incomoda. Ya no alcanza con decir que no sabemos qué hacer.
Eso mismo planteó Flor Halfon en su programa de Gelatina diciendo que la incomodidad de ciertos varones era un tema menor comparado con el miedo que sienten las mujeres y remató: "Si no contamos con los varones en esta discusión, va a ser muy difícil".
Por otro lado, en un programa de impronta machista-futbolera como El Tribunero, impulsado por Lucas Rodríguez, hubo una invitación a hablar del femicidio, de la necesidad de que los varones se hagan cargo y de que la tribuna del debate futbolístico incorpore más voces de mujeres.
Y cuando le pidieron una opinión sobre la selección argentina de cara al Mundial, una de las invitadas respondió: “No me preocupa el equipo; me preocupa que haya tantos convocados con denuncias de violencia de género”. Pocas frases sintetizan mejor la magnitud del problema.
La conversación empieza por reconocer que la problemática existe. Por entender que la lucha impulsada durante años por mujeres y disidencias fue fundamental para visibilizar estas violencias, conquistar derechos y modificar prácticas, sobre todo de aquellos que tienen alguna responsabilidad mediática.
Pero también por asumir que no alcanzó. Y que el debate debe abrirse nuevamente, porque no podemos soportar más femicidios.