Muy triste. Murió Daniel Melingo: adiós al último alquimista del arrabal

Fundador de Los Twist y Lions In Love, además de miembro destacado de Los Abuelos de la Nada, encontró en el tango orillero una expresión sublime.

30 de junio de 2026 a las 02:26 p. m.
Murió Daniel Melingo: adiós al último alquimista del arrabal
Daniel Melingo, en el estudio de fotografía de La Voz. (La Voz/ Archivo)

En la siesta de este martes, la noticia cayó con el peso de una milonga trágica en una Buenos Aires que ya se siente un poco más huérfana de mística, de esa bohemia indomable que ya no se consigue en las góndolas del consumo rápido. A los 68 años, se ha marchado Daniel Melingo, un artista inabarcable que no solo habitó el rock y el tango, sino que los transformó a través de una alquimia personalísima, donde la irreverencia y la academia convivieron sin fricciones, como dos extraños que se reconocen en la penumbra de un zaguán.

Melingo no fue un músico más, fue el arquitecto de una sonoridad fronteriza que logró lo imposible: devolverle al género ciudadano su peligrosidad, su elegancia marginal y esa “creíble congoja” que solo los que han caminado la noche conocen de memoria.

Nacido en 1957 y criado entre los ecos de Balvanera y Parque Patricios, Daniel Alejandro Melingo llevó siempre consigo una formación académica rigurosa que solía camuflar bajo una capa de desfachatez.

Su paso por el Conservatorio Nacional de Música “Carlos López Buchardo” y la Universidad Católica Argentina le otorgaron las herramientas de la musicología y la composición que luego usaría para deconstruir la tradición.

Pero Melingo sabía que el cartón pintado de la academia necesitaba el barro de la calle. Su viaje profesional comenzó lejos de las luces de Corrientes, integrando la banda de Milton Nascimento en Brasil, una experiencia que seguramente le afinó el oído para esa sensibilidad latinoamericana que luego volcaría en sus propios proyectos.

Al regresar a Buenos Aires, se convirtió en una pieza vital del engranaje creativo de los ‘80, una década que lo vio florecer como un dandy del rock. Como miembro destacado de Los Abuelos de la Nada, dejó una huella imborrable con el saxo, el clarinete y la guitarra, pero sobre todo con esa “genialidad hecha reggae” titulada Chalamán.

Sus propios compañeros lo reconocían como un bicho raro, un creador capaz de pasar de un espectáculo vanguardista como Juicio Oral y Público al Dr. Moreau a fundar, junto a Pipo Cipolatti, la banda que mejor leyó la ironía de la posdictadura: Los Twist. Con himnos como Hulla Hulla y Cleopatra, Melingo demostró que el rock podía ser una burla elegante, una “máquina del tiempo” que rescataba el rockabilly para escupirlo con una gracia cáustica que aún hoy resuena en álbumes fundamentales como La dicha en movimiento.

Su currículum de rockero de ley se completó al ser convocado por Charly García para la mítica presentación de Clics modernos y para integrar la banda que grabó Piano Bar, junto a próceres como Fito Páez y la santísima trinidad de Iturri, Toth y Guyot.

Espíritu inquieto

Melingo estaba en el centro del sol, pero su espíritu inquieto, ese que lo definía como un eterno buscador de nuevas texturas, lo llevó a España. Allí, tras colaborar con Los Toreros Muertos, dio vida a Lions in Love, una agrupación donde exploró la psicodelia y las psicofonías, anticipando quizá ese aire fantasmal que luego abrazaría en el tango.

Sin embargo, el Melingo más profundo, el alquimista definitivo, terminó de revelarse tras su regreso y su posterior inmersión total en el 2x4.

No fue un regreso nostálgico ni un refugio para la madurez. Fue una reinvención total del tango orillero y arrabalero. Lejos del esmoquin y el brillo de exportación, Melingo se sumergió en la poesía rea de Enrique Cadícamo, Celedonio Flores y Julián Centeya, pero encontró en el poeta Luis Alposta a su socio ideal para narrar la Buenos Aires que otros preferían olvidar.

Como bien se pudo contrastar en sus presentaciones en vivo, Melingo no se tomaba el tango como un "berretín" pasajero o un chiste de buen gusto. Su propuesta era un asalto a la corrección del género.

Sobre el escenario, su rictus pícaro, ese que oscilaba entre Javier Castrilli y el Conde Drácula, contrastaba con una voz áspera y sombría que le daba una autoridad absoluta a relatos sobre noches descarriadas, cocainómanos y travestis. Canciones como Siga cochero, Narigón o la litoraleña Flores del Paraguay no eran simples temas; eran viñetas de un inframundo poblado por personajes que caminan al filo de la legalidad.

Su voz, definida como una “voz de tango distinta”, se alejaba de todo estereotipo y alarde técnico. Melingo cantaba sus tangos como si hablara, infundiéndoles el ritmo de su propia respiración y una sinceridad que lograba emocionar sin recurrir al golpe bajo.

Fue esta autenticidad la que cautivó a la crítica internacional. Diarios británicos como The Guardian y The Independent no dudaron en llamarlo el “Tom Waits argentino” al mando de sus Ramones del Tango, destacando que Daniel Melingo era el hombre que estaba haciendo del tango algo “seriamente cool”.

A diferencia de los alardeos piazzolleanos que a veces saturan la escena, Melingo apostó por el arrojo interpretativo y por “saber decir”. Supo diseñar un gesto personal que, aunque evocaba a figuras de la talla de Edmundo Rivero, se movía en una sofisticación moderna. Su universo era una puerta de entrada al género para las nuevas generaciones, un puente que unía la irreverencia de Los Twist con la hondura de un poema lunfardo.

En otras palabras, hoy despedimos a un artista que supo ser muchos y uno solo a la vez. El que se movía con la misma naturalidad en un bondi color humo que en los escenarios más prestigiosos de Francia. Se va el creador de Tangos bajos y Maldito tango, el hombre que nos recordó que el tango nació en el lodo y que es ahí, entre los marginados y los pequeños parias, donde late su verdadero corazón.

Melingo ya no está para cantarnos al oído con esa “ahogada congoja”, pero nos queda su legado: una obra que es un mapa de la identidad porteña, trazado con la precisión de un cirujano y la pasión de un loco.

Su guitarra, su clarinete y su voz seguirán resonando como ejemplos de una sinceridad artística que no conoció de modas. Hoy, en algún rincón de Parque Patricios, el clarinete de Melingo marca el compás de un adiós que duele, pero que suena, irrevocablemente, a verdad.

Buen viaje, maestro, y que el eco de su Chalamán se encuentre en la eternidad con el susurro de sus tangos más oscuros.