
Indio Solari fue declarado Doctor Honoris Causa de la UBA: su guitarrista recibió el título
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Redacción La Voz
Hay músicos que no sólo ejecutan un instrumento, sino que terminan convirtiéndose en el tejido conectivo de la historia misma de nuestro rock. Fernando Nalé es uno de esos elegidos.
Poseedor de un currículum que marea por su peso específico, fue columna vertebral del funk de Illya Kuryaki and The Valderramas en sus años de mayor ebullición. Pero su leyenda se agiganta al ser el único capaz de haber transitado, con la misma solvencia y sensibilidad, dos veredas que durante décadas fueron extremos de una grieta absurda: fue el ladero de Gustavo Cerati desde Bocanada (1999) hasta el último suspiro de su carrera solista, y es, desde hace años, el encargado de custodiar el bajo en los dominios del Indio Solari.
Este sábado desde las 21, Fernando Nalé se presentará en el anfiteatro José Hernández de Jesús María junto a Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado. También referenciado con el acrónimo LFDAA, es el proyecto que mantiene encendido el legado del excantante de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, hoy replegado por cuestiones de salud, y al que entró por recomendación del fallecido baterista y productor Martín Carrizo.
“Así fue”, confirma el músico en el arranque de su entrevista con La Voz, realizada vía videollamada de WhatsApp.
“A Martín lo conocí de pasada cuando yo tocaba con los Kuryaki y él con A,N.I.M.A.L.. Nos cruzamos en un festival y hubo buena onda, pero nos conocimos más a fondo y empezamos a ser amigos cuando ambos entramos a la banda de Gustavo. Entramos casi juntos a ese mundo, grabamos disco (Bocanada), hicimos gira… Después, si bien entró Pedro Moscuzza a la banda de Gustavo, con Martín seguí muy vinculado y haciendo cosas. El disco de su hermana, por ejemplo. Él también tocó en dos shows míos como solista… Juntos, vivimos muchas cosas”, amplía.
“Me acuerdo incluso de que ambos fuimos parte de la banda de Lean (Leandro Fresco)… Y bueno, un día me llama y me dice: 'Fer, ¿te venís a probar con el Indio?'. '¡¿Cómo?! Ahí voy', remata en ese pasaje inicial.
–¿Y estabas familiarizado con el repertorio del Indio solista y de los Redondos? ¿Te interpelaba esa música?
–Sí, fue parte importante de mi vida. Sobre todo Los Redondos desde Un baión para el ojo idiota (1988) hasta La mosca y la sopa (1991), que fue el periodo que más los curtí. Después, por supuesto, se sumaron Oktubre (1986) y Gulp! (1985), pero me pegaron fundamentalmente desde el ‘88 hasta los primeros ‘90. Con el Indio solista solamente tuve un acercamiento en Porco Rex (2007). Me acuerdo de escucharlo con atención porque lo ponía permanentemente una compañera de tratamiento… Hice un tratamiento larguito de dos años y medio, en el que conocí gente muy copada como esta compañera que tenía a Porco Rex acompañándola durante su recuperación.
Fernando Nalé señala que le “parecía rarísimo” cómo sonaba ese disco: “Es que, claro, yo tenía el registro del Indio más asociado a La mosca y la sopa. Todo el periodo Luzbelito (1996), Último Bondi a Finisterre (1998) y Momo Sampler (2000) no lo había curtido porque estaba escuchando (y tocando) otras cosas. Entonces, fue un shock pasar de La mosca y la sopa a Porco Rex”.
“De todos modos, para el momento en que me llama Martín, obviamente, fue súper emocionante conocerlo al Indio y tocar algunos demos que ya tenía para El perfume de la tempestad (2010). Martín era como el coproductor e ingeniero de grabación, aparte de baterista, y estábamos solo el Indio, Martín y yo en esas primeras sesiones. Fue muy fuerte, muy emocionante”, destaca.
–En tu historia como músico tuviste que afrontar dos situaciones que se presumen muy estresantes: conocer a (e intercambiar ideas con) el Indio y a Gustavo Cerati, dos gigantes de nuestro rock que muchos los pensaron como extremos de una grieta. Sos un privilegiado…
–Sí, sí y sí a todo lo que dijiste menos a algo. Sí son dos personalidades imponentes, aun sin proponérselo. Hablamos de magnetismos naturales, porque cuando entraban a un estudio o a cualquier lugar, era como si se movieran las paredes. Respecto a la grieta, me parece absurda. Yo escuchaba a los Redondos y a Soda en los ‘80 cuando era chico, y todo me era permeable. Por otro lado, no es lo mismo interpretar las letras del Indio y de Gustavo a los 13 o 15 años que ahora. Pero si las escuchara ahora, no me alcanzaría para abrir una grieta. Hoy, con 51, las leo y pienso “okay, el Indio tiene un talento único para interpretar los signos de los tiempos (o para denunciar los fraudes de la humanidad y generar un espíritu de revolución) mientras que Gustavo iba por una cuestión más cósmica y sensorial”. Nunca las interpreté como expresiones contrarias.
–Por otro lado, recuerdo una charla con Richard Coleman en la que me contó que con Gustavo iban a ver a Los Redondos porque alucinaban con Skay y su sonido new wave; veían a Los Redondos como una banda nuevaolera.
–Te cuento yo, ahora. El Indio también me supo comentar en correos que, en los ’80, The Cure era una de las bandas que más escuchaba. Todos en esa época escuchaban The Cure, The Police, Television.
–Te saco de lo absurdo de esta grieta para llevarte a tu grado cero. ¿Cómo empezaste con el bajo?
–A los 10, en el ‘85, me hice muy fan de Duran Duran. Di un paso del pop hacia el pop rock, porque, como todos en esa época, estaba fanatizado con Michael Jackson. Pero a los 10 me explotó Duran Duran y me volví loco. Sobre todo por sus videos que, además de noquearte con sus looks, solían filtrar performances en vivo. Los temas están muy bien compuestos; si escuchás Duran Duran en la primera época, es un contrapunto permanente. Tiene algo de compositor clásico la banda, esa cosa de que uno tira un motivo y el otro lo responde; entre teclado, bajo, guitarra y batería trabajaban en esos términos. Me rompió la cabeza Duran Duran; y al ver a John Taylor dije: “Yo quiero ser bajista”.
–¿Lo conociste a Taylor? ¿Pudiste hablar con él?
–Pude saludarlo nada más. Me lo crucé y le tiré un “Nice to meet you”, nada más.
En sus inicios, Fernando Nalé tuvo a Guillermo Vadalá como maestro. “Lo conocí a Guille cuando todavía no tocaba con Fito (Páez) sino con el cuarteto de Lito Epumer. Yo tenía 12 años y él 19, pero ya se tocaba todo. En el ’88 él entra con Fito y las clases se hicieron más espaciadas, pero seguí yendo hasta el ’91, año en el que entré a los Kuryaki. Siempre era nutritivo lo que Guille me pasaba”, revisa.
–Si bien a Kuryaki entraste en la era de “Horno para calentar los mares” (1993) te pregunto sobre “Chaco”, que acaba de ser reeditado en vinilo. ¿Intuían que iba a ser algo grandioso o sólo documentaron el delirio creativo sin tanta expectativa?
–Sí que estaba toda la expectativa puesta porque veníamos con mucha fuerza. Horno... fue el disco con el que la banda empezó a convocar gente, a llenar Cemento, a ir a las provincias y al exterior. Fue el quiebre con el público. Recuerdo que, previo a eso, entré para la presentación de Fabrico cuero (1991), cuando los denigraban como “los raperitos producto”. Evidentemente, no se entendía bien la idea. Se los emparentaba con cosas que no tenían nada que ver, y no con Public Enemy o Beastie Boys, que de ahí venía la cuestión. Ya con la banda afianzada con Gaby Albizuri (que falleció hace unos días), Sergio Verdinelli y yo, IKV empezó a ganar otro público. En fin, no recuerdo escuchar a Dante decir “¡Vamos a romper y a conquistar todo con este disco!”, pero sí era evidente un crecimiento que nos ponía en un lugar interesante.
–Al mundo del Indio entraste por invitación de Martín Carrizo, pero al de Gustavo lo hiciste por iniciativa propia, según tengo entendido.
–Sí, se había separado Soda y con los Kuryaki tocábamos en un festival de dos días; uno era funk y el otro, electrónico. Nosotros tocamos el funk, claro, y al otro día tocaba Gustavo con su proyecto Plan V. Fui a verlo para ver qué onda y, en un momento al final, se cuelga la viola y salen Leo García y Flavio Etcheto (también, otra gran pérdida) en plan jam, zapada. Cuando tocaron Sueles dejarme solo y Tu medicina pensé “le falta la base, el bajo y la batería, quizás los necesite en algún momento”. Ahí fue que pedí hablar con él y me ofrecí como bajista. Estuve en sus últimos cuatro discos solistas.
–Detallame tus aportes.
–Entré en Bocanada e hice todos los shows y todos los discos. Fueron unos 260 y pico de shows (hasta el último) y participaciones en cuatro discos. En Siempre es hoy (2002) grabé en casi todos los temas menos en Sulky, donde al bajo lo tocó Gustavo. En Ahí vamos (2006) grabé en todos los temas a excepción de Medium, donde comparto con él. En Fuerza natural (2009) y en Bocanada, que son más collage, toqué en pocos temas porque hay mucho bajo de sintetizador o sample.
–Por último, te pido una consideración sobre el karaoke mágico que se produce en los shows de Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado. El público es un vocalista más.
–Nunca lo vi así. Fue muy inesperado todo. Yo entro con el Indio en escena, hice Olavarría y no me imaginé que íbamos a parar de tocar con él. El hecho de que toquemos todos sin él es fuerte, pero habla de una generosidad muy grosa de su parte. Nos dijo “Ustedes sigan, tienen que tocar”. Imaginate… un delirio, algo impensado. Nos hicimos cargo de la responsabilidad que eso significa; es muy loco el asunto y nosotros lo asumimos con mucha seriedad. Y que la gente cante… es así. He ido a los shows de Los Redondos y era así a medida que la convocatoria crecía. Esto de cantar los riffs, las entradas del bajo, los solos de saxo… ¡Se canta todo!
–Además de tocar, cantás algo del repertorio. ¿Qué temas?
–La primera vez que canté fue en el show que hicimos para juntar guita para el tratamiento de Martín. Canté Vamos las bandas en el que fue el primer show sin el Indio. Después, ya con la banda encarando el proyecto con el impulso del Indio, empecé a cantar Preso en mi ciudad, que es un temazo que siempre me conmovió muchísimo, y fui sumando Un Pacman en el Savoy, La bestia pop, Blues de la artillería, Canción para naufragios y Te voy a atornillar.